A cargar baterías, señoras
La hermosa Navidad ya entró en la recta final. En poco más de una semana ya estaremos en torno al árbol y al pesebre, intercambiando en familia los detalles elegidos siempre con mucho cariño y muchas veces con menos dinero del que hubiéramos querido gastar. En algo más de quince días estaremos diciendo adiós a este año, que pasó con una velocidad meteórica, dejando mucha gente sumida en una profunda tristeza.
En realidad este ha sido un año difícil. Para casi todos. Para los que tienen y por supuesto, aún más para los que no tienen tanto y peor para los que nada tienen. El embate del invierno ha hecho estragos. Por todos lados de la geografía de Colombia, pero muy especialmente en nuestro terruño. Los municipios del Atlántico aledaños al Río Grande de la Magdalena, están convertidos casi, en pueblos fantasma.
El agua inundó las calles, arrasó el ganado, ahogó las cosechas. Arrancó a mucha gente de la tierra donde ha vivido toda la vida. Arrojó de las vidas de todos la tranquilidad y la estabilidad que proporcionan el saber que tenemos un techo seguro.
Sin embargo, no es de eso que me proponía escribir esta semana. Pero no me pude abstener de dejar ese corto comentario sobre la situación en que han quedado tantos hermanos y que por lo menos ha servido para despertar la solidaridad de la gente buena.
Aunque me encantan diciembre, la Navidad, los pesebres, los adornos, las novenas, la decoración de la época, a medida que pasan los días va bajando el encanto. Entonces empiezan los días de ‘los pelos de punta’. Y esa situación es general. Es el factor común que nos agobia a todas las que tenemos la fortuna de tener un hogar.
Se preguntarán cómo la magia puede ceder y convertirse en horror. Pues sencillo. Para esta dulce época, preñada de villancicos, sonajeros, luces y escarcha, nuestras cada vez más escasas ayudantes, ingenieras domésticas, amas de llaves o como quieran llamarlas, resuelven tomar vacaciones. ¡Horror! Vacaciones.
Justo en la época de las opíparas cenas, donde abundan los más variados platos de la gastronomía, que dejan además de cuatro o cinco kilos que pesan más de una tonelada en el alma, el reguero de utensilios sucios, de botellas vacías y bolsas llenas de basura.
Además, las vacaciones de nuestras manos derechas coinciden con las de nuestros hijos, quienes aprovechan para dormir hasta algo avanzado el día, porque según argumentan algunos “cuando estoy en la u me tengo que trasnochar estudiando para dar buenos resultados”.
Entonces a las sufridas mujeres de hogar que también tenemos la felicidad de tener un trabajo remunerado, nos toca, antes de salir para él, dejar listo el desayuno de los retoños y el señor de la casa, recoger el desorden a la vista, dejar la ropa en la lavadora –para ponerla en la secadora al medio día– y a algunas, hasta adelantar algo para el almuerzo.
La hora del medio día suele ser fatal. Entre terminar de preparar algo para el almuerzo de la familia o comprarlo hecho en alguno de los sitios –que hacen su ‘agosto’ en diciembre–, servir, recoger, poner la ropa en la secadora, arreglarnos y volver al trabajo se nos va la escasa hora y media de que disponemos.
La tarde se va volando. Al llegar la noche, más trajín espera por nosotras. El aseo, así sea ‘por donde pasa la suegra’. La lavada de los baños, esa sí a conciencia. Pero antes, debemos detenernos en algún lado a comprar lo que se va a cenar, porque las energías no dan para tanto.
Eternos e interminables. Así suelen ser nuestros días sin ellas a la mano. Las añoramos a cada instante. No importa que se lleven comida, que se peguen al teléfono en conversaciones interminables, que se marchen antes de 3 de la tarde y regresen pasadas las 7:30 a.m. O que 'pidan prestados' $20 mil que nunca devuelven.
No importa que tengamos que devanarnos los sesos dándoles el menú diario. Ni que debamos ser nosotras las que organicemos su trabajo –los lunes arreglas los closets, los martes limpias las ventanas, los miércoles…los sábados, limpieza general de cocina– Tampoco importa que la salida ya no sea cada quince días sino todas las semanas y tampoco interesa que no trabajen domingos ni festivos. No importa. ¡Nada de eso importa!
Los días pasan. Crece nuestra tortura. Se van agotando nuestras reservas de energía doméstica. Entonces empezamos a añorarlas. Las queremos de vuelta, ¡rapidito! Es en ese momento cuando se produce un fenómeno inusitado. El calendario empieza a marchar con una lentitud que exaspera. Los días son semanas y las semanas meses. Comienza entonces el ciclo de angustia. Recurrimos hasta a la oración para que no se les antoje quedarse unos días más en el pueblo. Y no volvemos a respirar con tranquilidad hasta que las vemos regresar, con las huellas del sol en su piel, el cabello reseco y un poco más delgadas.
Es definitivo, una de las razones por las que no aspiro ni espero mudarme a una nación desarrollada es el no poder contar con una asistente permanente. ¡Ni de vainas! Me quedo en el subdesarrollo pero con la invaluable ayuda de quien muchas veces llega a convertirse en una más de nuestras familias. Que aprende a interpretar hasta nuestros silencios. A ella, mi gratitud. Y a los demás miembros de las familias, un llamado a la colaboración. También se debe ser solidario con las mujeres trabajadoras que nos quedamos sin ayudante en fin de año y año nuevo.