Apaga y vámonos
Desde hace un rato ya me distancié del periodismo deportivo y del recurrente hábito que me llevaba a escribir sobre mi equipo del alma, el Junior, quizá por el deseo de abordar temas de más relevancia o quizá por una simple convicción acerca de mi proceso evolutivo como columnista. Sin embargo, los desarrollos recientes dentro de nuestra institución me han llevado a retomar mi vieja pluma deportiva y exteriorizar el huracán de emociones que se ha venido gestando desde hace ya mucho tiempo dentro de mi, como dentro de cada hincha juniorista.
La crisis interna no es noticia nueva. El hecho que el equipo esté convulsionando es probablemente una amarga costumbre para el hincha longevo. Pero el desabrimiento perpetuo en el que nos hemos visto encerrados durante los últimos 9 meses ha sido dotado de un carácter que lo condiciona a ser uno intolerable.
Como muchos alegan, este no es el típico caso de una serie de situaciones que se vienen dando repetidamente hasta que cae la gota que derrama el vaso. No es la primera vez que un técnico con credenciales hace un oso con el equipo (lo vimos con Alexis García), ni la primera vez que el equipo se le rebela a su técnico (lo vimos hace 2 años con Comesaña), ni la primera vez que cambiamos de técnico a medio torneo (lo vimos hace 3 años con la destitución del ‘zurdo’ López). El disturbio que ha estallado en los últimos días es la reacción a lo que hemos vivido los últimos dos semestres.
Todo inició con lo que hubiese sido el comienzo del cuarto semestre con Alexis Mendoza al frente del equipo, un verdadero caballero con amor por la institución y un proyecto destinado para cosas grandes. La directiva no le cumplió con los fichajes que pidió a pesar de que los recursos estaban y luego, en un acto de soberbia y cinismo, el máximo accionista del club salió decidido a difamarlo ante los medios para lavarse las manos por la situación de los refuerzos. Como cualquier hombre razonable, éste renunció y la hinchada quedó atónita viendo como la directiva sacaba por la puerta de atrás a una leyenda de la institución y a quien pudiese haber sido el mejor técnico que hemos tenido en los últimos años.
Aquí empezó a hervir la tetera. Luego, tras un semestre catastrófico donde vimos a nuestro máximo rival levantar trofeo en nuestra casa, nos ilusionaron con un proyecto nuevo, con un técnico exitoso y un plantel competitivo. Las ilusiones se hicieron más vividas con los primeros partidos de Copa Libertadores donde vimos a un equipo organizado y dinámico con ganas de competir pero estas se fueron diluyendo y derivaron en lo que hoy vemos: un estilo sin norte alguno y decisiones tácticas que carecen totalmente de sentido. Poco a poco los “pechiches” de Pacheco pasaron a ser los del “Chusco” Sierra y lo que una vez fue una disputa a golpes entre un delantero y el asistente paso a ser un enfrentamiento entre el capitán y el entrenador.
Ha sido una autentica desgracia. Los malos hábitos que antes se veían se quedaron iguales y los que no, empeoraron llegando a niveles desastrosos. Ya la esperanza ni siquiera está detrás del equipo, la hinchada se siente engañada y los recuerdos del Junior que siempre luchaba en lo más alto son cosa del pasado del cual ni sombra queda. Somos penúltimos en la tabla, no hay buen juego y la directiva reemplaza a nuestro entrenador con uno que hace 2 años dejó al equipo en crisis.
Es con la lágrima en el ojo y el puño apretado que escribo esto, pues el amor que en un momento nos dio causa para celebrar ahora solo es motivo de ira, tristeza y decepción.
El Junior ahora es indefendible y sin un salvador a distancia próxima que nos pueda rescatar. Dan ganas de apagar la luz, cerrar la puerta e irnos sin mirar atrás.