Ante tan creciente inseguridad, es deber ‘no dar papaya’
Barranquilla, la que en época no tan remota fuera ‘Puerta de Oro de Colombia’ se está volviendo invivible. Y no precisamente por el elevado costo de los servicios públicos, que no se hasta dónde se van a trepar, o de los alimentos, que tras esta ola invernal han alcanzado elevados precios. Tampoco por el pésimo estado de gran cantidad de vías, que además de ocasionar daños severos al bolsillo de los propietarios de automotores pueden favorecer la ocurrencia de accidentes. Pero nada de ello es comparable con los efectos de la inseguridad que día tras días deja el reguero de víctimas por todas las localidades del distrito.
Cuando dos o más personas se reúnen, uno de los temas que obligatoriamente se tocan es precisamente ese. La inseguridad.
Y cada quien aporta la historia de su vivencia personal, o de lo que le pasó al familiar, al amigo, al compañero de trabajo, al jefe. Todas las historias, con algunas variantes de forma, concluyen en el mismo efecto. Ciudadanos de bien despojados de sus pertenencias. Es una forma de exorcizar lo sucedido, de sacar el terror que aún corroe los recuerdos, de aportarle a los otros para que eviten situaciones similares o redoblen su atención cuando van por la calle.
Antes, los antisociales esperaban la oscuridad. Los más osados salían a hacer sus fechorías antes de que se ocultara el sol. Aprovechaban sus últimos rayos para elegir, al azar, sus víctimas. Ahora lo hacen sin titubear, a plena luz del día, con armas de fuego a la vista. No les importa atracar a un peatón o a quien va conduciendo un automóvil. Prefieren, eso sí, a las mujeres. Aunque no desprecian la posibilidad de atracar a cualquiera del género masculino, si da papaya.
Y aunque no les guste a muchos lo que voy a escribir, como una constante matemática aparecen los motociclistas en la mayoría de los actos delincuenciales. Ello no significa que todos los que se movilicen en moto sean antisociales. Desgraciadamente las cualidades de las motos en cuanto a facilidad y rapidez de desplazamiento son bien valoradas por quienes se dedican a actividades ilícitas y se valen de este medio para hacer de las suyas y huir, como si nada hubieran hecho. Como dulces e indefensos angelitos.
Este vertiginoso crecimiento de la inseguridad en nuestras calles me lleva a entender las razones que asisten a muchas elegantes damas para llevar de su hombro una Louis Vuitton, Dior, Prada, Gucci, Fendi, Miu Miu, Balenciaga o Tous, de imitación, por supuesto. Porque pese a la insistencia de quienes las venden en llamarlas réplicas, justificando con ello unos pesos de más en su precio, no son más que bolsos chimbos. Imitaciones. Que por una u otra causa revelan su origen ilegítimo. Al igual que los lentes. Dolce Gabbana, Cartier, Ray Ban, Prada o la marca que se te ocurra. Lo mismo sucede con los relojes. Se ven muñecas adornadas con relojes de finas marcas. Desde Patek Philippe, Rolex, Baume Mercier, Raymond Weil, Tag Heuer, IWC, Omega, hasta Cartier. Todos de 10 dólares. De esos que venden en la Quinta Avenida de Nueva York pero que al ser utilizados por rimbombantes caballeros estrato 6 no hacen dudar de su originalidad. Aunque con esta inseguridad hacen bien. Si los hacen pasar el susto de un atraco que por lo menos se lleven su desencanto al pretender vender el botín.
En estos días he sabido de unos puntos de nuestro entorno cercano que se están convirtiendo en los favoritos de delincuentes motorizados. Uno es el semáforo de la carrera 53 con calle 85. Mientras se espera el cambio de la luz roja a la verde, se acercan al carro y pegan su cara a la ventanilla. En una rápida evaluación van pidiendo lo que ven más atractivo.
‘Dame los aretes, sin hacer escándalo y rápido’ le dijeron a la mamá de una amiga. La señora en un acto de loca osadía bajó el vidrio de su auto y empujó al motociclista, que iba sin parrillero de refuerzo. Para fortuna de ella, la luz cambió a verde y el antisocial, novato a mi gusto, la dejó ir.
Me contaron que en ese mismo semáforo, a las 7 de la mañana, cuando se dirigía al colegio de la hija, a una señora le pasó algo similar. El hombre, arma en mano, cara pegada al vidrio de la ventanilla, hizo un rápido inventario. En la silla del copiloto iba el celular. Un blackberry. ‘Dame el celular’ le increpó. Ella, asustada, bajó un poco el vidrio y se lo entregó. No contento aún, siguió mirando. ‘Dame la billetera’. La señora la llevaba, como un trofeo, en medio de las dos sillas delanteras. ‘Dame el celular de la niñita’ la afanaba. Ella le respondió que la niñita no tenía celular. ‘Si tiene. Ahora las niñitas usan celular’ le insistía. En eso cambió la luz y ella pisó el acelerador como si de ello dependiera su vida. Creo que así era. Esos tipos van a lo que van. A las que sean. No les produce remordimiento disparar y matar por cualquier cosa. A la larga, se ha vuelto una triste realidad la letra de esa hermosa canción que dice, en una de sus estrofas “La vida no vale nada/si escucho un grito mortal/y no es capaz de tocar/mi corazón que se apaga”, porque eso es otra cosa. Presenciamos hechos como estos sin decir esta boca es mía, sin intentar siquiera defender a la víctima. Quizá por un mal entendido sentido de conservación. Quizá creyendo que nunca seremos nosotros los que estemos en situaciones similares.
Otro punto álgido es el de la carrera 51 con calle 80. Pese a ser de elevado tráfico vehicular y de no contar con semáforo, al día por lo menos dos personas son víctimas de hechos delincuenciales. Bien sea que van a pie o que intenten abordar sus automóviles. Como de la nada surgen las motos con la pareja a bordo. El parrillero armado, apuntando a la víctima. El conductor alerta. Los porteros de los edificios del sector cuentan que eso es pan de todos los días. A cualquier hora. Y que casi siempre las víctimas son mujeres.
Lo mismo sucede a la vuelta, en la Virgencita que está en la esquina de la calle 80 con carrera 51B. Donde mucha gente del sector acude con sus mascotas en los paseos diarios de evacuación intestinal.
Las zonas escolares son también un manjar para la delincuencia. Aprovechan la hora de entrada o salida de los jóvenes para hacer de las suyas. Les quitan celulares, computadores portátiles, morrales, balones de fútbol o baloncesto. Hasta los libros de texto les roban para ir a venderlos probablemente, en los alrededores de la antigua Telecom del centro. El sector donde se ubican el Liceo de Cervantes, La Enseñanza y El Buen Consejo, es atacado con sevicia por esa gentuza. Y se denuncia. Pero no pasa nada. Siguen impávidos sembrando terror.
Les dejo a nuestras autoridades de policía la inquietud de esos puntos. ¿No será viable que se disponga de agentes de civil para identificar a los malhechores y capturarlos en flagrancia? Y además, programar rondas de vigilancia por parte de patrullas? Hay que hacer algo por devolvernos la seguridad a los ciudadanos.
Y mientras se logra el control efectivo de la situación, señoras, señores, señoritas, jóvenes, sigan usando sus imitaciones. No dejen la cartera a la vista. Resulta preferible guardarla en el baúl del vehículo. El celular ni en chanza lo dejen en la silla del copiloto. Camúflenlo en el compartimiento que traen las puertas de los vehículos. Los accesorios llévenlos guardados. Se los colocan al llegar a sus sitios de trabajo. Sin olvidar quitárselos a la salida. Ni por casualidad le bajen el vidrio a nadie. Ni a los que ofrecen baratijas, ni a los que piden una monedita por amor a Dios, ni a los limpiavidrios. Mejor pecar de desconfiados a que por exceso de confianza nos den materire. Es indispensable que tengamos el cuidado de no dar papaya. Ese, dicen muchos, es el onceavo mandamiento.