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Ángeles vs. Brujas

Ya casi finaliza el mes de octubre y me asalta una inquietud.  ¿Algún niño barranquillero celebrará este año el día de los Angelitos?

En mi feliz infancia la fiesta de los angelitos, práctica transmitida por tradición oral y muy arraigada en los sentimientos de la gente de la región Caribe, era la que “mandaba la parada”.  En la mañana del 1 de noviembre,  mi abuelo materno, “Pipa”, llegaba con una bolsa de papel con bolas de coco y de tamarindo, trozos de caña de azúcar cuidadosamente pelados y bollos de coco.  Después de recibir tan apetecible cargamento, salíamos a las casas vecinas buscando más dulces.  No usábamos antifaces ni disfraces. Sólo nuestras inocentes caritas de niñas que con dulce voz entonábamos el estribillo enseñado por mi madre:“Àngeles somos / del cielo venimos / pidiendo limosna / pa’nosotros mismos”

En casa de la niña Eucaris siempre cantábamos: “Esta casa es de rosas / donde viven las hermosas” porque ella nos daba un generoso puñado de dulces. Lo mismo pasaba donde los Strack. Sin embargo, en algunas otras casas vecinas debíamos cantar “Esta casa es de espinas / donde viven las mezquinas”,  o "Esta casa es de agujas / donde viven las brujas"  porque no atendían nuestro inocente pedido. Así, por seis o siete años, repetía anualmente el  ritual que dejaba dulces mi paladar y mi corazón.

Aunque en reseñas históricas se indica que el halloween, fiesta de origen celta llevada a Estados Unidos en el siglo XIX por los irlandeses, fue introducido en nuestro país a mediados de la década del 60, mi memoria registra el año 1972, como el primero en que empecé a ser testigo de una feroz batalla. De un lado los tradicionales angelitos. Del otro, criaturas nada celestiales, traídas de Miami para adornar los  salones de los clubes sociales, donde las clases altas celebraban a puerta cerrada para mostrar algunos días después, en las páginas sociales de El Heraldo o El Diario del Caribe, sus pequeños carnavales ambientados con calabazas, velas, máscaras y pelucas.

El comercio fue decisivo en el arraigo de esta celebración en nuestro medio, desplazando la propia de nuestras tradiciones, hasta lograr imponerse. Sin violencia. Haciendo que las clases populares desearan vivir lo mismo que se vivía en los clubes, ponían a su alcance gran variedad de antifaces, adornos y disfraces alusivos a la fecha. De esta manera atrapados por el consumismo, seducidos por la posibilidad de ser brujos o demonios por unas horas, enterramos en el olvido el día de los angelitos.  Hace algunos años, la curia y las autoridades civiles hicieron equipo para promover la “resurrección” de esa celebración. Pero los esfuerzos no fueron suficientes.

Y aunque las dos fiestas se relacionan con lo sobrenatural, lo ancestral, lo ritual, por ser propias de diferentes culturas,  han provocado diversas reacciones. Hay quienes rechazan la influencia extranjera y reclaman el retorno a lo nuestro. Otros atribuyen al halloween características satánicas, vinculándolo con el robo de niños para sacrificios humanos. Pero la mayoría se dejó seducir por la modernidad y ha adoptado como propia, la celebración de la noche de brujas.  

Yo, de mi parte, quisiera poder escuchar a mis nietos entonando el dulce estribillo “Ángeles somos / del cielo venimos / pidiendo limosnas / pa’nosotros mismos”