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Amoríos de oficina: en su mayoría, fatales pasos en falso

 

Sin lugar a dudas es mucho el tiempo de la vida que se pasa en el lugar de trabajo. De todos es bien sabido que es más escaso el tiempo que interactuamos con quienes integran nuestro hogar que con los compañeros de labores.

Ello conduce a que, en ocasiones y a pesar de tener conciencia de las implicaciones que traen consigo los amoríos de oficina, algunos compañeros de trabajo no sean capaces de detenerse antes de dejarse envolver en el torbellino que desatan. Y que induce a sus protagonistas a empezar creyéndose perdidamente enamorados y a terminar con el corazón centrifugado.

El entorno laboral no siempre es fácil. Con el paso de los días la camaradería y el compañerismo con alguien de la oficina  suele transformarse en amistad. Y  también en ocasiones, ese sentimiento inicial se entremezcla con  una relación sentimental que puede acabar en matrimonio. Construyendo nuevos hogares e incluso, tristemente, destruyendo matrimonios existentes, dejando olvidadas las promesas matrimoniales y privando de presencia y afecto a los hijos, que de la noche a la mañana se convierten en huérfanos de padres vivos.

No podemos negar  una realidad.  El compartir tantas horas al día –mínimo ocho-, tantas a la semana –de cuarenta a cuarenta y ocho- y tantas más al mes –alrededor de 180-,  uniendo esfuerzos, intercambiando opiniones, compartiendo intereses de trabajo, es probable que se encienda la llama del romance.   Y del coqueteo se avanza a una relación que probablemente empieza  silenciosamente, pero con los días se convierte en tema de dominio público.

Dicen los que saben mucho del tema, que quienes  buscan amor en el trabajo sufren carencias afectivas y falta de atención en sus hogares. El encontrar que alguien les halaga, está pendiente de ellos, le prodiga detalles, produce un encantamiento que, por lo general, no es verdadero amor.

Por fortuna, no todos se dejan llevar por sus impulsos. Sin embargo, cuando éstos se imponen,  la oficina puede convertirse en el nido donde se forma un romance que puede tener un final feliz.  O en el escenario del drama cuando se trata de una relación clandestina, cuando uno o ambos protagonistas están casados.  O  en campo de batalla cuando el conquistador, sea el varón o la hembra, pone sus ojos en alguien más.

Y como nada más cierto y sabio que aquel refrán que dice ‘En pueblo chico, infierno grande’  los  protagonistas de relaciones amorosas en la oficina deben prepararse para la andanada de morbo que se levanta.  Los chismes que van y vienen. E incluso, las llamadas anónimas a casa de uno o ambos involucrados enterando a sus respectivos cónyuges –que casi siempre son los últimos en enterarse- del  desliz en el que anda su bien amado(a).

Cuando el enamoramiento inicial pasa y bajan los niveles de estrógenos,  testosteronas, adrenalina y endorfinas propios de esa fase,  los actores de la novela empiezan a ver la realidad de su coprotagonista.  El peso de más o de menos le pone a pensar.  La complicidad entre ambos comienza a esfumarse. Las mariposas que revoloteaban en el estómago se transforman en murciélagos. Ya no se disfruta tanto de la compañía del otro.  Sus reacciones y comportamientos  empiezan a molestar. ‘Es muy gritona’ o ‘No me presta suficiente atención’.  Se empiezan a descubrir defectos en lo que antes era un paraíso de virtudes. Es entonces cuando el camino sembrado y perfumado de rosas se transforma en un viacrucis de martirio. Y de las rosas solo se percibe el dolor que causa el contacto de sus espinas.  Hasta que uno de los dos, o ambos,  vuelven  a recuperar la cordura y deciden poner punto final.

Entonces se da la ruptura. Situación que no deja de revestir un grado de dificultad. No debe ser fácil seguir siendo compañero de trabajo de quien fuera compañero de almohada –aunque clandestino–. Entonces la amnesia debe invadir esa parte donde se atesoran los recuerdos de lo que se vivió en el papel de amante. Hay que volver a comportarse como un simple compañero, lo que debe suponer un profundo esfuerzo ya que generalmente se causan heridas tras el deterioro de la relación.

Por eso y a pesar de algunas tendencias actuales que ven las relaciones entre compañeros  de trabajo como algo benéfico para la empresa pues favorecen  un mayor rendimiento laboral y crean un ambiente más distendido, desde mi óptica considero que vale la pena contar del uno al millón antes de empezar una relación sentimental en el sitio de trabajo, puede suceder que nos traiga mayor cantidad de consecuencias negativas, cuyos efectos involucren otras esferas de la vida. Puede suceder que sólo se trate de pasos en falso que conduzcan al abismo.