¿Y la cultura democrática?
Muchas veces la realidad se demuestra contradictoria (algunos dirían que la vida misma mucha veces lo es), por ejemplo no son pocas las críticas a la forma democrática de gobierno y al mismo tiempo son muchos los que adhieren a los valores que esta forma de organización representa. Esto es, por el sencillo hecho de que la democracia ha desbordado los moldes de la organización política y se ha elevado al nivel de un valor que como sociedad buscamos destacar. Es por ello que la democracia se ha instalado como una forma de vida y que, por lo mismo, exige condiciones similares a la institucionalidad vigente.
Como lo ha estudiado el politólogo estadounidense Francis Fukuyama, la democracia no es una forma de organización de mucha tradición para la mayoría de los países del mundo. Sin ir más lejos, en la mayoría de ellos la democracia no supera el centenario (recuerde que la monarquía absoluta perduró por más de tres siglos en Europa) e incluso no son pocos en cuyas estructuras sociales, económicas y culturales, la forma democrática de organización no adhiere con naturalidad.
Es por lo anterior que debatir por el desarrollo de una cultura democrática resulta de especial interés, con el fin de someter al juicio crítico las relación entre la organización institucional (del nivel que sea, desde lo local y hasta lo global) para con nuestras conductas, actitudes, muy en especial, las respuestas concretas a nuestros principales desafíos.
Es en este último punto en donde me interesa profundizar, podemos advertir el desarrollo de una cultura democrática cuando somos capaces de encontrar las soluciones a nuestros principales problemas dentro de la democracia y no fuera de ella. El ejemplo más concreto es la realidad alemana pos Primera Guerra Mundial, la falta de cultura democrática llevó al país por el camino del fascismo totalitario al no ser capaces de resolver sus graves y grandes problemáticas dentro de la República de Weimar y terminó como todos ya conocemos.
Pero demos una vuelta por el barrio de nuestra realidad latinoamericana: un porcentaje relevante de jóvenes menores de 15 años estarían dispuestos a reducir niveles de libertad a cambio de estabilidad económica (como plantea Fukuyama, parece que la economía resuelve el problema ideológico); existiendo una institucionalidad internacional, variados gobiernos sudamericanos buscan intervenir en la compleja situación venezolana a través de posturas individuales y abiertamente ideológicas e incluso buscan crear una institucionalidad alternativa que responda a sus intereses políticos y personales (PROSUR); millones de brasileños eligen a un candidato que en su discurso representa la antítesis de los valores democráticos (discriminación, exclusión, violencia y misoginia, entre otros) y que llevan a que esos planteamientos personales se conviertan en política de Estado (el ciudadano Bolsonaro es ahora el Presidente de la República); los personalismos son capaces de rebasar la institucionalidad, ¿por qué figuras como Maduro, Toledo, Fujimori, Evo Morales, y los hermanos Castro se perpetúan en el poder e incluso llegan a crear conceptos que buscan legitimar, a través de eufemismos (Democracias Populares), sus gobiernos que vivencian, sin duda, prácticas antidemocráticas; Estados latinoamericanos que con el fin de combatir el terrorismo o el narcotráfico están dispuestos a reducir importantes cuotas de soberanía en manos de la potencia continental y ; estructuras de participación puramente electoral que niegan mayor poder y representatividad a las fuerzas sociales y elitizan la toma de decisiones y el control de la administración del Estado (Ricardo Lagos en Chile cuando expresa “dejemos que las instituciones funcionen”). Es importante detenernos a pensar en nuestra real cultura democrática.