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Talento natural, inteligencia artificial

Hace ya bastantes años empecé a ver cómo, la que fuera una capacidad exclusivamente humana -la inteligencia- comenzaba sospechosamente a trascender las fronteras de nuestra propia especie. Edificios, ascensores, teléfonos, neveras, billeteras, textiles, todo se volvió “inteligente”. La inteligencia, que hasta ese momento parecía un don cuasidivino, una condición envidiable, ofrecida en principio por la genética y cultivada, afinada y potenciada por la educación, la disciplina y el esfuerzo, resultó replicable en la suela de un zapato de marca, fabricado en alguna maquila del mundo. Presenciábamos, entonces, el inicio de la depreciación total de la inteligencia como aspiración máxima. La belleza física y sus aliados químicos y quirúrgicos, tenían la autopista cada vez más libre para convertirse en el santo grial, en la cúspide de la pirámide aspiracional humana.

El tiempo ha pasado y las circunstancias, que antes comentaba con amigos en tono de burla o ironía -vaya ingenuidad- han cambiado drásticamente, a una velocidad abrumadora. La inteligencia ya no sólo se deshumanizó, sino que se está tercerizando y ya no consiste únicamente en la capacidad de un objeto de realizar tareas básicas que “facilitan” nuestra vida, sino en la existencia de una tecnología que está ganando autonomía y aprendiendo a una velocidad difícil de comprender. La era de la inteligencia artificial ha comenzado y en los próximos años se definirá si somos sus gobernantes o súbditos.

Talento o destreza que se terceriza, se pierde. Ejemplos hay muchos a lo largo de la historia e indudablemente, bienvenidas muchas de esas “pérdidas”. Facilitar ciertas labores nos brinda tiempo para aprender cosas nuevas y más relevantes. Pero, por ejemplo, después de haber desarrollado infinidad de tecnologías posteriores al ábaco, la educación lo ha recuperado. Estudios varios afirman que el milenario ábaco ayuda a desarrollar una mayor flexibilidad cognitiva, fomenta la creatividad, mejora la memoria e incrementa la concentración. ¿Quién no se ha descubierto casi que imposibilitado para escribir a mano, después de haber tercerizado todo nuestro ejercicio de escritura al omnipresente teclado?. Por supuesto, no escribo esta columna con una pluma en papel pergamino. Pero, nuevamente, múltiples estudios han señalado la importancia de la escritura a mano en el desarrollo cerebral, la memoria, la concentración y el aprendizaje. Los avances ocultan retrocesos que hay que enmendar. Por eso, de un tiempo para acá, intento tomar notas y escribir a mano con más frecuencia. A veces ni siquiera entiendo mi propia letra, pero he descubierto que recuerdo más lo que anoté.

Toda tercerización de nuestros talentos, destrezas y habilidades, es transaccional. Sin embargo, cualquier transacción que implique mayores pérdidas que ganancias, coincidirán conmigo, es un fracaso. Y con eso no quiero decir que le cerremos la puerta a la inteligencia artificial, porque además, esa puerta ya está abierta de par en par y ninguno de nosotros tiene la llave. El reto, como especie, es decidir que entregamos a cambio de las infinitas posibilidades que ofrece esta nueva tecnología.

Paul Graham, un interesante y ecléctico programador, capitalista de riesgo y ensayista, que además de ser licenciado en Filosofía en Cornell University y Doctor en Ciencias Aplicadas de Harvard, estudió pintura en la Escuela de Diseño de Rhode Island y en la Accademia di Belle Arti en Florencia, sostiene que la IA, palabras más, palabras menos, producirá humanos brillantes y muy exitosos, o completos estúpidos con el cerebro atrofiado, todo depende de cómo se nos eduque.

El mundo se va a dividir, agrega Graham, entre los que saben escribir y los que no, porque escribir es pensar. Y, obviamente, si a la escritura le añadimos su contraparte, la lectura, estímulo esencial para el cerebro humano y el desarrollo de la imaginación, creo que podremos estar a la altura del nuevo mundo que ya llegó. Un mundo que deberá fomentar, nutrir y estimular, el talento natural, así como lo hace con la inteligencia artificial, si no queremos convertirnos en seres obsoletos, más preocupados por mejorar nuestro cuerpo, es decir, nuestro hardware, que en potenciar el hermoso y complejo software de nuestro cerebro, que nos ha llevado de las cavernas, a los misteriosos confines del universo.