Lamento desilusionarlos
Hoy, después de una álgida primera vuelta electoral y ad portas de una segunda, aún más intensa, debo pedir disculpas por anticipado a millones de colombianos porque, con absoluta certeza, los voy a desilusionar.
Siento desilusionar a todos esos colombianos que hoy desean derrotar y humillar a esos otros millones de colombianos que consideran responsables de todos los males del país. Sospecho que están peleando la batalla equivocada y me preocupa que, en el afán de vencer a toda costa, terminemos derrotándonos todos.
Lamento desilusionar a quienes creen que Colombia está dividida entre guerrilleros y paramilitares, entre buenos y malos, entre patriotas y traidores. No logro verlo así. Tal vez porque he visto demasiado, he conocido demasiadas personas y he escuchado demasiadas historias para creer que un país tan complejo, contradictorio y diverso como el nuestro, pueda caber dentro de una caricatura tan pequeña.
Tampoco quiero encarcelar a quien piensa distinto, ni silenciar a periodistas, opositores, activistas, empresarios, profesores o estudiantes. Me cuesta entender esa creciente fascinación por destruir moral o físicamente al contradictor.
Pienso que las formas importan. Las palabras que usamos, la manera en que tratamos a los demás, los límites que respetamos cuando ejercemos el poder. La historia está llena de personas convencidas de perseguir nobles ideales que terminaron justificando atrocidades porque consideraban que el fin justificaba los medios.
Creo que Colombia es un país profundamente desigual, pero no creo que toda persona rica sea corrupta, ni que todo empresario sea un explotador. Conozco a muchos empresarios que generan empleo en condiciones absurdamente difíciles. Personas que hipotecan su tranquilidad, su patrimonio y muchas veces su salud mental para sostener una empresa abierta en un país que parece empeñado en castigar a quien produce.
Considero que la empresa privada es indispensable y también creo que necesita reglas, vigilancia y responsabilidad social. Creo en el mercado, pero no en la codicia sin límites; en el Estado, pero no en un Estado omnipotente; en la libertad individual, pero también en la solidaridad; en la competencia, pero también en la cooperación.
Siento desilusionar a quienes necesitan que uno escoja una trinchera definitiva. No odio a nadie. No desprecio a quien piensa distinto. No creo que la empatía sea una muestra de debilidad, ni que escuchar al otro sea una traición. No creo que reconocer un acierto del adversario sea una rendición y tampoco creo que todo el que votó diferente a mí sea un ignorante manipulado.
Lo que sí creo es que Colombia lleva demasiado tiempo alimentándose de la ira y del miedo. Y la ira y el miedo pueden servir para ganar elecciones, movilizar multitudes y acumular seguidores en redes sociales, pero no sirven para construir una nación.
Al final del día, son más las cosas que nos unen que las que nos separan. Somos millones los que hemos enterrado seres queridos y sufrido la incompetencia de los gobiernos. Millones los que hemos visto cómo manipulan nuestras emociones para convertirnos en soldados de causas ajenas y también los que trabajamos todos los días intentando sacar adelante a nuestras familias, mientras otros convierten nuestras angustias en combustible político.
Y mientras todo esto se desborda, mientras el país polarizado amenaza con regresar a los tiempos de la violencia bipartidista vestida con un nuevo ropaje, conviene que aquellos que hoy son llamados tibios, moderados o ingenuos, permanezcan atentos. Porque los incendiarios suelen desaparecer cuando el incendio arrecia y los que se quedan son otros. Los que recogen los cuerpos y reconstruyen las instituciones. Los que vuelven a tender puentes entre vecinos que aprendieron a odiarse. Los que entierran a los muertos e intentan explicarles a sus hijos por qué volvimos a cometer los mismos errores. Y serán precisamente ellos, los que todavía creen en la sensatez y la convivencia, quienes tendrán que salir otra vez, como tantas veces en la historia, a curar las heridas, reconstruir los puentes y tratar de recomponer lo que quede de esta maltratada República.