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El Caribe que juega, el Caribe que emplea: ¿por qué Barranquilla debe apostarle a los videojuegos?

Este 4 y 5 de julio, Cajacopi sede Prado se llenará de consolas, cascos de realidad virtual, mazos de cartas y familias enteras en el Gamer Geek 2026. A simple vista, parece una feria de entretenimiento. En realidad, es la fotografía de una industria que ya mueve más dinero que el cine y la música juntos, y que el Atlántico tiene la oportunidad histórica de convertir en motor de empleo para sus jóvenes.

Las cifras no dejan lugar a dudas: el mercado global de videojuegos supera los 180 mil millones de dólares anuales, según Newzoo, y sigue creciendo de la mano de la inteligencia artificial, la realidad aumentada y el streaming. Detrás de cada torneo de Valorant o Fortnite que veremos este fin de semana hay programadores, diseñadores de arte, guionistas, músicos, ingenieros de sonido, community managers y entrenadores deportivos. Es, ante todo, una cadena productiva.

Barranquilla ya dio los primeros pasos para no quedarse mirando desde la banca. Con Cracktive Lab como Distrito de Innovación especializado en videojuegos, eventos como la Caribe Game Jam, y el reciente reconocimiento legal de los eSports como disciplina deportiva oficial en Colombia (Proyecto de Ley 026 de 2024), el Atlántico cuenta hoy con un ecosistema naciente que combina industria, comunidad y, cada vez más, academia.

Ahí es donde entra Iditek. Como universidad de tercera generación —pensada no solo para transmitir conocimiento, sino para generar innovación con impacto económico y social— Iditek ha entendido que la cultura gamer no compite con la educación superior: la potencia. Un joven que compite en un torneo de League of Legends está entrenando disciplina, trabajo en equipo y toma de decisiones bajo presión. Uno que participa en una Game Jam de 48 horas está aprendiendo a prototipar, validar una idea y trabajar contra el reloj, exactamente las competencias que hoy piden los estudios internacionales de videojuegos y las empresas de tecnología que llegan a Colombia por el nearshoring.

La empleabilidad es, precisamente, el argumento que la sociedad civil no puede seguir ignorando. La demanda de talento digital en la región ha crecido de forma sostenida en los últimos años, y buena parte de esas vacantes —programación, arte digital, animación, producción de audio, marketing de contenidos— pueden cubrirse con formación vinculada a videojuegos. No hablamos de un hobby para adolescentes:

hablamos de empleos remotos, en dólares, para jóvenes del Caribe que hoy no ven esa puerta abierta porque nadie se las ha mostrado.

Por eso un Centro de Desarrollo Tecnológico y Prototipado de Videojuegos, Software, Música y Storytelling en Barranquilla no es un capricho gremial: es infraestructura educativa y productiva. Un espacio así permitiría llevar proyectos desde la idea (TRL 3) hasta el prototipo probado con usuarios reales (TRL 7), certificar a estudiantes, atraer estudios internacionales de testeo y, de paso, convertir el Atlántico en sede permanente de campeonatos nacionales e internacionales de eSports, con toda la derrama económica que eso implica en hotelería, turismo y comercio.

Gamer Geek es la prueba de que la demanda ciudadana ya existe: miles de familias, jugadores y creadores de contenido llenando un recinto un fin de semana completo. Lo que falta es que esa energía se traduzca en exigencia colectiva ante gobernación, alcaldía, universidades y sector privado para que el Centro de Videojuegos del Atlántico deje de ser un proyecto en papel y se convierta en una realidad construida entre todos.

La pregunta ya no es si los videojuegos son una industria seria. La pregunta es si Barranquilla va a seguir siendo espectadora de esta revolución económica o si, de una vez, decide sentarse en la mesa de los que la están construyendo. Este fin de semana, en Cajacopi, miles de barranquilleros ya respondieron esa pregunta con los pies.