Sentir que es un soplo la vida
"Me estaba avisando que llegó bien porque no nos pudimos despedir, porque salió desde temprano. Y hasta ahora tenía datos. La última vez que me escribió eran las 8:52 de la mañana".
Ese testimonio de Lizett Oliveros al tratar de exorcizar los demonios que la agobian desde que acabaron con la vida de su esposo, el universitario Martín Salvador Caballero, asesinado el sábado para robarle un celular, no deja de taladrarme los sentidos.
Incluso, en medio de la alegría colectiva y desbordada que se vivía en Barranquilla el sábado por la Lectura del Bando de nuestra Reina Stephanie Mendoza Vargas, no dejaba de pensar en la tristeza que también mantenía sin vida a Lizett.
Martín iba a cursar octavo semestre de ingeniería eléctrica en la universidad CUC. Al igual que muchos jóvenes, que salen adelante a puro pulso, tenía muchos sueños. Pero la incursión de asesinos, en el papel de atracadores, acabó con esos sueños.
Es sorprendente cómo el espiral delincuencial ha ido arrinconando a la gente de bien de esta urbe procera e inmortal.
En el siglo pasado, con el azote de la marimba, la guerrilla y también de la delincuencia común, lo que más nos preocupaba era el llamado ‘raponazo’ callejero y el ‘cosquilleo’ en los buses y en el Paseo Bolívar.
Después, al despuntar el siglo XXI, nos fuimos encerrando en nuestras propias casas, con rejas infranqueables, por temor a los ladrones que se habían vuelto más retadores e intrépidos.
En esa época teníamos la visión errónea de que eso no ocurriría nunca en nuestros sectores. Lo sentíamos como una canción lejana. Pensábamos que eso solo ocurriría en la periferia, donde la presencia del Estado es casi invisible y los delincuentes la han convertido en tierra de nadie.
Pero a todos en Barranquilla y su Área Metropolitana nos pasó como con el poema de Bertolt Brecht: “Primero se llevaron a los comunistas, pero a mi no me importó porque yo no lo era/ enseguida se llevaron a unos obreros, pero a mí no me importó porque yo tampoco lo era/ después detuvieron a los sindicalistas, pero a mí no me importó porque yo no soy sindicalista/ luego apresaron a unos curas, pero como yo no soy religioso, tampoco me importó/ ahora me llevan a mí, pero ya es demasiado tarde”.
Ahora la inseguridad ciudadana avanza como una locomotora desbocada. Sin control. Destruyendo. Matando. A pesar de los esfuerzos de las autoridades, cada día es mas grave la situación.
¿Qué nos pasó? Es la pregunta que todos nos hacemos.
Destrucción de los valores familiares, narcotráfico y pérdida de principios son las consabidas excusas para tratar de entender que un asesino le quite la vida a un joven para robarle el celular. O que el esposo asesine a su mujer, a la que le juró amor eterno y ayudó a procrear unos hijos. O el que le propina un tiro a un contertulio porque le negó una cerveza.
Es inadmisible también la excusa de falta de trabajo o de oportunidades. Los ladrones y asesinos no atracan, roban y matan para llevarle comida a sus familias. No son ningunos Robin Hood modernos. Lo que ganan con sus actividades ilícitas lo gastan a manos llenas en burdeles, drogas y fiestas privadas.
Nada de eso podrá sacar del fondo de la tristeza a Lizett, esa estudiante de enfermería que animaba a su esposo a seguir adelante en medio de tantas angustias. Ella se convirtió en depositaria de las alegrías de Martín, quien minutos antes le había manifestado que había llegado bien y estaba feliz por su nuevo trabajo. Cuando conversaba con ella aparecieron los mensajeros de la muerte.
Cada vez que muere alguien, en cualquier circunstancia, se me viene a la mente el poema de John Donne, que conocí al leer a ‘Por quién doblan las campanas’ de Ernest Hemingway
“¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?
¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.
Me duele mucho la muerte de Martín a quien no tuve el placer de conocer ni apoyar para hacer posible sus sueños y metas. Me conmueve la tristeza de Lizett, a quien le extiendo mis condolencias y solidaridad. Me duele la suerte de esta familia. Solo nos queda seguir reclamando justicia y ver a los asesinos, en su rol de atracadores, pudriéndose en una cárcel segura.
Sentir que es un soplo la vida. Es lo que me recuerda este terrible drama.