“Paisano, tráteme serio”
Recurro a esta frase del habla coloquial cartagenera para enmarcar el tema de estas notas.
Los organizadores del Carnaval siempre nos han querido ‘vender’ la Gran Noche de Guacherna como un espectáculo nocturno, donde se le rinde homenaje al folclor, a la tradición y al patrimonio, y un gran tributo a Esthercita Forero, quien logró recuperarla y anexarla en las vísperas de las fiestas.
De esos inicios, que los historiadores y hombres de una memoria envidiable, como la de Alfredo De la Espriella (q.e.p.d.), recuerdan, la Guacherna tuvo su inicio a comienzos del siglo XX en el barrio Abajo.
De las pocas calles con la que contaba ‘La Arenosa’, en horas de la noche, vecinos y pequeños grupos alumbraban con lámparas de gas y recorrían las calles a ritmo de tambores y cumbias, anunciando la llegada de las fiestas. Un gran tropel que iba creciendo como una bola de nieve.
Con ‘guache’, instrumento de percusión que produce un sonido similar al de la maraca, recorrían las calles, tomándole el pulso al ánimo carnavalero. Año tras año se dio esta tradición, pero fue quedando en el olvido.
En 1974, Esthercita Forero, ‘La novia de Barranquilla’, con varios de sus amigos, decidió recuperar esa tradición.
Desde el siglo pasado, con el tsunami de reglamentaciones que le han introducido a nuestro Carnaval, ya no todos éramos hacedores: pasamos a unos actores que desfilan y unos espectadores sentados en improvisados palcos o sillas.
Como si fuera poco, a ese desfile folclórico y de tributo a la tradición le sigue inyectando una fuerte dosis de marcas comerciales.
Con el pretexto de ‘financiar’ algunos grupos folclóricos, esas grandes empresas, comerciales y de servicios, algunas de manera disfrazada, venden los cupos, cuyos montos oscilaban este año entre $300 y $400 mil, para que cualquiera pudiera desfilar. A cambio le daban un disfraz y una botella de ‘guaro’.
Esos colectivos, cuyos integrantes ni saben el significado antropológico del disfraz ni conocen la ritualidad de la fiesta, se convierten en comparsas de borrachos que caminan o corren saludando y haciéndose selfies, y, lo que es peor, ‘dedicándole la pea’ a los que los observan desde palcos o sillas.
En esta sociedad, donde prima lo liviano y la cultura de la selfie, en la Guacherna han querido convertir en personajes del Carnaval a malos cuentachistes, algunos narcisos, y otros graduados de cantantes ante la decadencia del Festival de Orquestas, eclipsando a los verdaderos actores y hacedores de la fiesta.

Algunos lectores dirán, “pero este señor sí que les da lidia a los organizadores del Carnaval”. En efecto, en calidad de periodista he estado en la orilla de los defensores de la fiesta, y en funciones de servidor público, instauré tutela y obtuve medida cautelar para que se le respetaran al público sus espacios en la Vía 40 y disfrutaran de los desfiles sin pagar palcos y minipalcos. También, como agente del Ministerio Público, instauré una acción popular para que el Distrito de Barranquilla recuperara el control de la organización, a la que los gremios de la época la habían convertido en un club privado, para ellos y sus amigos. (No es mi estilo, pero a veces hay que exhibir ciertas charreteras para que a uno no lo descalifiquen)
Pero estas notas no tienen otro motivo que ayudar a mejorar.
Es imposible que Carnaval S.A.S. o el Distrito de Barranquilla ‘atajen pollos’ y eviten que la ‘financiación’ de las empresas se convierta en un burladero para promover sus marcas y hacer negocios.
A esas empresas y particulares que busquen hacer negocios, ‘financiando’ o ‘vendiendo cupos’, Carnaval S.A.S. y la Secretaría de Cultura y Patrimonio del Distrito deberían exigirles una certificación de un director de grupo folclórico o escuela de danzas en la que conste que van a desfilar con un motivo carnavalero, tras cumplir con los ensayos respectivos.
Además, deben amonestarlos, sancionándolos y prohibiéndoles desfilar en las próximas carnestolendas, si incurren en ese espectáculo grotesco de ‘pelar el cobre’.
Es una especie de medida disuasoria en busca de fortalecer la tradición y el patrimonio intangible por el cual la Unesco reconoció al Carnaval en Barranquilla como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.
El desfile de la Guacherna de este sábado 22 fue muy vistoso y bien organizado. Con algunos ‘baches’, pero es normal. Dan tiempo para degustar un elixir de la alegría y lo que se vio. Pero si se le pone el zoom (es nuestra obligatoria labor como periodista) quedan develadas estas verdades.
Buena por los organizadores, liderados por Juan José Jaramillo, un ‘gorila’ que se transformó en ‘congo’, a los Reyes del Carnaval y a todos los ‘monarcas’ de 'todos los estilos' que convoca el Carnaval, y en especial felicitaciones a este público barranquillero que baila al son que le toquen.
Es una alerta. A tiempo para desactivar o controlar las malas prácticas que atenten contra nuestras festividades. Deseo que mis nietas disfruten de un verdadero Carnaval, pues, preservar la tradición, estoy seguro, es lo que quiere la mayoría de los barranquilleros.
¡Abro el debate. Con altura y respeto!