Pollo, patria y pantalla
En medio del habitual frenesí digital que nos define como país, Frisby se convirtió, por unos días, en el símbolo de nuestra autoestima nacional. Un restaurante fundado hace más de cincuenta años en Pereira, con olor a pollo frito y sabor a historia familiar, terminó envuelto en un litigio por uso de marca en España. Y en cuestión de horas, las redes sociales se llenaron de mensajes de solidaridad, frases grandilocuentes, logos intervenidos y declaraciones de amor patrio. Marcas importantes se sumaron al movimiento, miles de usuarios replicaron el gesto. El orgullo colombiano encontró, una vez más, su excusa perfecta.
Pero como toda tendencia, también trajo su cuota de artificio. Un estruendoso alud de oportunismo digital, necesidad de figurar y miedo a quedar por fuera de la conversación. El apoyo a Frisby fue sincero, en muchos casos, pero también fue útil para ganar likes, validación social y una dosis de exposición. El orgullo se volvió viral, pero como pasa con la mayoría de los contenidos virales, una pregunta sigue flotando en el aire después del tsunami: ¿y ahora qué?
Frisby es una rareza. Una marca colombiana sólida, querida, consistente. Llena de historia, identidad y conexión emocional real con su audiencia. Una de esas compañías que no necesita disfrazarse de multinacional para ganarse el respeto. Pero, a pesar de su trayectoria, su historia circula más en la memoria afectiva de quienes la consumimos, que en los discursos oficiales sobre éxito empresarial. Tuvo que llegar una amenaza externa para que la miráramos con el respeto que merecía desde hace décadas.
No es la primera vez que nos pasa. Lo hemos hecho con artistas, deportistas, científicos y emprendedores. Aplaudimos cuando ya es evidente. Apoyamos cuando el éxito está garantizado o cuando alguna injusticia nos indigna brevemente. Pero poco entregamos nuestro apoyo cuando debe ser diario, sostenido, sin ruido y sin aplausos. Nos falta todavía convertir el amor por lo propio en una práctica cotidiana y no en un gesto estético.
Y eso tiene raíces profundas, porque si somos honestos, en Colombia existe una pulsión arraigada de desconfianza hacia lo nuestro. Crecimos convencidos de que lo bueno venía de afuera, que la excelencia era importada y nuestras ideas eran simpáticas, pero poco competitivas. A la industria local la tratamos como una curiosidad o una alternativa de bajo costo. Sólo cuando alguna de esas marcas cruza fronteras, la recuperamos y la vestimos de orgullo.
El caso en mención también revela otra verdad incómoda: que no hemos construido el ecosistema necesario para que haya muchos Frisbys. No bastan el talento y la persistencia, hace falta una estructura que permita soñar y escalar. Un entorno empresarial menos hostil, una cultura del consumo que valore lo propio, un sistema educativo que fomente la creatividad, una política pública que no sólo subsidie, sino que apueste a fondo. Porque una empresa no se sostiene con aplausos virales. sino con crédito justo, formación, infraestructura, alianzas, impuestos bien invertidos y confianza.
En un país donde tantas ideas mueren antes de nacer, Frisby es una excepción luminosa. Pero no debería serlo. El verdadero aprendizaje no está en lo que hicimos cuando nos lo quisieron arrebatar, sino en lo que estamos dispuestos a hacer para que existan muchas más historias como esta. Empresas que no dependan de la polémica para ser visibles, que no necesiten validación extranjera para ser valoradas, que no estén solas en su lucha diaria por existir.
Esta no es una defensa de una marca, es una defensa de un modelo posible. Una invitación a repensar lo que celebramos, cómo lo celebramos y por cuánto tiempo. A decidir si queremos que nuestro orgullo sea profundo o performático. Si vamos a seguir reaccionando cuando nos tocan una fibra o si, de una vez por todas, decidimos tejer una red que no se rompa con cada nuevo algoritmo.
El verdadero amor por lo nuestro, no es un post, es una cadena invisible de coherencias. Y Colombia, si quiere de verdad tener más Frisbys, tendrá que dejar de aplaudir por moda y empezar a construir por convicción.