Lo siento, pero me importa un c... tu opinión
Durante mucho tiempo se nos vendió la idea de que opinar era una virtud cívica. Tener algo que decir y decirlo, era sinónimo de participación y conciencia. Nos convencimos de que el mundo necesitaba escuchar lo que pensábamos. Y, sin pensarlo mucho, empezamos a decirlo todo en voz alta, todo el tiempo. Luego llegaron las redes sociales y el fenómeno se disparó. El mundo digital democratizó la palabra, sí, pero también la trivializó. Opinar se volvió automático, compulsivo, adictivo. Y en ese ejercicio masivo de expresión sin filtro, abandonamos la posibilidad de ser ciudadanos opinantes, para volvernos fabricantes de ruido. Un ruido constante, impaciente, invasivo. Un ruido que no deja espacio para pensar.
Vivimos en la era de la sobreopinión. Opinamos de política, medicina, ciencia, arte, urbanismo, psicología y espiritualidad, sin haber leído un libro. Opinamos sobre vidas ajenas que no entendemos, y lo hacemos con vehemencia y arrogancia. Con la firme convicción de que nuestra visión del mundo no solo es válida, sino indiscutible.
Las redes sociales no inventaron la opinión, pero sí la convirtieron en performance. Ya no opinamos para pensar en voz alta, para dudar o matizar. Opinamos para ganar. Para marcar territorio y conseguir aplausos. Para que nos sigan, nos compartan y validen. La utopía de la opinión reflexiva, o al menos argumentada, se convirtió en pancarta, trending topic, contenido. Y en ese mar de opiniones gritadas y alharaca, ¿qué lugar queda para el silencio?, ¿para el matiz?, ¿para decir “no lo sé”? Casi ninguno. La duda ha sido desterrada del debate público. Hoy, hay que tener postura para todo y tenerla rápido. Si no opinas, no existes. Pero si opinas diferente, eres enemigo y si cambias de opinión, un vil traidor.
Hay una violencia invisible en todo esto. Una violencia disfrazada de libertad de expresión. Porque no nos interesa la verdad, ni la conversación, nos interesa tener razón. Nos interesa el post, no el pensamiento. Y por eso, aunque suene grosero o arrogante, no me interesan las afirmaciones huecas. No porque desprecie el diálogo o me crea dueño de la verdad, sino porque estoy cansado de fingir que toda opinión tiene el mismo peso, legitimidad o valor. No es cierto. No toda opinión es válida. Así que, frente al reto de administrar lo mejor posible mi presencia en este planeta, me niego a valorar la opinión del racista que se esconde detrás de la “libertad de expresión”, del homófobo que cita la Biblia con rencor selectivo, o del youtuber que nunca ha leído un ensayo pero se burla de la filosofía como si la ironía fuera argumento. Tampoco me interesa lo que tenga que decir el conspiranoico de cabecera que descubrió la “verdad” en un video de TikTok, el coach que confunde autoestima con ego inflado o el opinador profesional que cambia de causa según la moda del algoritmo. No me interesa el “me parece” sin fundamento. El “yo creo” sin lectura. El “yo opino” como sinónimo de “yo existo”.
El filósofo y educador español, José Antonio Marina, cuyos planteamientos, profundamente argumentados, me convencen unos más que otros, opina y yo coincido: “Una sociedad que no se preocupa por la calidad de sus opiniones acaba siendo gobernada por la estupidez colectiva.” Marina sostiene que la inteligencia no es solo saber, sino saber usar lo que se sabe para convivir mejor. Y que opinar es, también, un acto de inteligencia o de ignorancia. De construcción o de daño.
Sin embargo, el problema va más allá de la ignorancia, es la arrogancia sin base. La seguridad con la que hablamos de lo que no sabemos. Y lo peor es que lo sabemos. Lo sabemos y lo seguimos haciendo, porque opinar es fácil, rápido y digitalmente rentable, pero pensar no. Pensar es lento, duele, implica silencio, contradicción e incomodidad. Nos obliga a revisar nuestras creencias, desmontar certezas y dar espacio al otro. Y eso no factura en redes.
Por lo tanto, si tu opinión no tiene contexto, si no escucha ni suma, si es un acto de vanidad o de mercantilismo cínico, si carece de humildad y no es capaz de verse al espejo o cambiar de forma cuando se encuentra con otra, entonces lo siento, pero me importa un c… tu opinión.