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El fenómeno de las “democracias indignadas” en América Latina

Hay indicios en toda nuestra América Latina de lo que las ciencias políticas vienen definiendo como “Democracias Indignadas”, en algunos casos la situación es aún más evidente y los elementos que definen a estas experiencias se presentan con mucha claridad.

De acuerdo con la información proporcionada por la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, el concepto de “democracias indignadas” define un fenómeno de indignación ciudadana, con una mirada crítica hacia los partidos políticos, acompañada de un alto nivel de desafección hacia los partidos tradicionales. Las consecuencias tienen relación con fenómenos que no son muy ajenos a la realidad política de nuestra región, como por ejemplo la nueva emergencia del populismo, ingobernabilidad, crisis de representación, estallidos sociales, pero también un fenómeno más reciente y que tiene relación con la alta volatilidad electoral y la alternancia de posturas cada vez más extremas.

Lo último, explica en gran medida los giros políticos que presenta la región, mucho más acentuados que en otros períodos, ya sea hacia la izquierda o hacia la derecha, como por ejemplo el fenómeno que se vive a partir de la década de 1990, y muy especialmente en los inicios del siglo XX, en que las tendencias progresistas se alimentaron de las contradicciones del modelo neoliberal que había campeado en la región.

Gobernantes como Luís Inácio Lula da Silva, Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Cristina Fernández, Evo Morales, Pepe Mujica, Rafael Correa, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, sólo por nombrar a los más característicos, se impusieron con un discurso que reclamaba una mayor intervención del Estado en la economía, expansión en el gasto social, programas para erradicar la extrema pobreza, crítica a los Estados Unidos y el reflotamiento de una mayor intervención de los Estados en el manejo y control de los recursos naturales estratégicos en las economías nacionales.

También es cierto que no toda la izquierda latinoamericana fue igual, algunos lo intentaron por las vías institucionales, siendo Chile y Uruguay los ejemplos más representativos, mientras que otros adoptaron estilos más confrontacionales o autoritarios como es el caso de Venezuela.

A partir de la década de 2010, hubo una reacción hacia posturas más liberales y conservadoras, la derecha llegó al poder con Mauricio Macri, Jair Bolsonaro, Iván Duque y Sebastián Piñera, obteniendo la adhesión popular producto de una combinación de fenómenos políticos y económicos que no son tampoco extraños a la región, como la desaceleración económica, la corrupción y el desgaste de los gobiernos de izquierda. Es, además, la época en que la derecha se adueña de un fenómeno que en los últimos años ha tenido un impacto electoral enorme, el de la inseguridad ciudadana.

El giro a la derecha también tenía un discurso transversal con orientaciones hacia un mayor énfasis del mercado y el sector privado en la economía, con políticas fiscales más restrictivas, un discurso de tolerancia cero ante la delincuencia, todas canalizadas como aspectos representativos de las críticas al socialismo latinoamericano.

En los inicios de la década del 2020 volvió a aparecer una ola de triunfos de izquierda o centro izquierda con triunfos en México, en Chile, Colombia y el regreso de Lula al poder en Brasil. La novedad era que, a los lugares comunes de su discurso, se abrían nuevas narrativas asociadas a los temas ambientales, las críticas a los enfoques de los partidos de izquierda más tradicionales y que, convivían con gobiernos de derecha en la región.

En algunos debates políticos se ha planteado que, de las últimas 21 elecciones en América Latina, presidenciales y parlamentarias, en 15 de ellas ha triunfado la derecha. La emergencia de Javier Milei, de Daniel Noboa, Santiago Peña y José Antonio Kast serían referentes de esta situación, incluso podríamos incorporar el triunfo en primera vuelta en Perú de Keiko Fujimori, en un país donde la democracia parece presentar problemas más profundos que el fenómeno asociado a las “democracias indignadas”.

El panorama, bien general por lo demás, que he tratado de describir, nos habla de una realidad en América Latina, los llamados giros ideológicos, ya que cuando un modelo pierde apoyo por crisis económicas, corrupción, desgaste político, muchos de los electores buscan una alternativa en el lado opuesto del espectro político. La novedad en los últimos años tiene relación con la velocidad e intensidad del fenómeno, la desafección ciudadana con lo votado ni siquiera se expresa al término de una administración, ya, en los primeros meses de asumido un nuevo gobierno parecen perder el apoyo ciudadano y pasan gran parte de su mandato con percepciones ciudadanas negativas. Quienes se alimentan de dicho descontento parecen no ser los partidos tradicionales, son en su mayoría movimientos emergentes que leen con mayor rapidez dicho descontento, que no tienen que dar cuenta por administraciones pasadas, incluso buscan diferenciarse de ellas e instalan un discurso mucho más polarizado para uno u otro eje del espectro político.

La realidad nos empieza a hablar de ciudadanos con poca paciencia, críticos de los partidos tradicionales, alejados de las meta narraciones construidas por años en cada sector y con una alta desconfianza en las instituciones democráticas.

Los espacios de corrupción, que hoy se instalan con mayor rapidez en la opinión pública gracias al impacto mediático de las redes sociales, intensifica el deterioro democrático. Las tendencias nos hablan de más visibles y nuevas expresiones del crimen organizado, de la mayor sensación de inseguridad y, en no pocos casos, como por ejemplo en El Salvador, en una clara erosión de las libertades ciudadanas. Toda la indignación social se manifiesta en votos de rechazo, manifestaciones ciudadanas que trasladan el meollo de la actividad política a las calles y a las manifestaciones de protesta social.

Mirando el vaso medio lleno podríamos afirmar que las “democracias indignadas” muestran una paradoja, la ciudadanía sigue valorando votar, utiliza los espacios de participación ciudadana para hacerse escuchar y pautear a la clase política tradicional, lo complicado es que se materializan en un ambiente más conflictivo y de desconfianza profundan de quienes gobiernan y de las instituciones democráticas.