La mentira nos hará libres
Recientemente, el doctor en astrofísica y reconocido comunicador científico, Neil deGrasse Tyson, soltó en una entrevista, con tono sereno y científica certeza, una frase demoledora: en unos pocos años los deepfakes serán tan sofisticados, que ya nadie confiará en nada de lo que vea en Internet.
No creo que pretendiera señalar una amenaza mortal o dibujar un paisaje apocalíptico. Es más, percibí alivio cuando planteaba su hipótesis. Después de todo, quizás, ese sea el punto de quiebre que necesitamos. Cuando la mentira y la verdad tengan el mismo ropaje, dejaremos por fin de creerlo todo y empezaremos a pensar mejor.
En estos tiempos, el problema no es solo que nos mientan. Es que nos dejamos mentir con demasiada facilidad. Un titular escandaloso, un video fuera de contexto, una frase manipulada, una imagen generada por inteligencia artificial y listo, ya tenemos verdad emocional, indignación automática y juicio inmediato. Compartir es más fácil que contrastar. Viralizar es más atractivo que preguntar.
Lo que Tyson advierte no es solo una evolución tecnológica, es una crisis cultural. Una saturación de estímulos que nos empuja a dejar de confiar, no porque seamos escépticos, sino porque ya no sabremos en qué creer. Un paisaje de desinformación tan denso que incluso los más crédulos empezarán a sospechar. Hasta los que hoy defienden teorías de conspiración con el fervor de quien defiende una religión, tendrán que detenerse a pensar: “¿y si esto también es parte del engaño?”. Y ese, curiosamente, podría ser el principio de algo bueno, porque quizás en ese colapso de credulidad recuperaremos una forma de pensar que habíamos olvidado: la duda razonable. El deseo de entender. La voluntad de verificar. Tal vez, cuando todo parezca sospechoso, volvamos a valorar el conocimiento de fuente directa, la conversación cara a cara y el testimonio real, no viral.
Claro, mientras tanto, seguiremos viendo al Papa en chaquetas de Balenciaga, a presidentes diciendo lo que jamás dijeron y a celebridades haciendo cosas que nunca hicieron. El problema no es que esos contenidos circulen, sino que cada vez cuesta más distinguirlos. La pregunta ya no será si algo es real, sino si es importante que lo sea.
Siendo así, más allá de la tecnología, lo que estamos enfrentando es un dilema ético. Hemos entrado a una era en la que la veracidad va a tener que ser demostrada, no asumida. Una era donde la carga de la prueba ya no estará del lado de quien denuncia una manipulación, sino de quien produce cualquier contenido. ¿Este video es verdadero? Pruebe que lo es. ¿Esta imagen no fue generada por IA? Certifíquelo. ¿Este audio no fue sintetizado? Verifíquelo.
Así que, espero con ansias ese día en que ya no podamos creer en nada. El día en que los videos conmovedores necesiten más que una música triste para convencernos y que las imágenes impactantes nos despierten más preguntas que clics. El día en que, después de ver algo increíble, nuestra primera reacción sea: “¿y esto de dónde salió?”, y el día en que tengamos que reaprender a distinguir lo humano de lo artificial, no desde el miedo, sino desde la conciencia. Porque ese día, aunque todo parezca más complejo, también seremos más libres, más críticos y menos manipulables. Y si tenemos que pasar por el colapso de la credulidad para lograrlo, bienvenido sea. La mentira sostenida, descarada, vulgar y sistematizada, nos hará libres por fin. Y quizás lo que venga después no sea una nueva era dorada de la verdad, pero sí un tiempo más lúcido, donde la credulidad no sea sinónimo de conexión. Donde el pensamiento vuelva a pesar más que la viralidad. Y donde, al menos por instantes, nos reconozcamos menos como consumidores de contenido y más como personas con criterio.