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La función no se suspende

Hace unos días llegó a mis manos el estudio La función no se suspende, elaborado por la Fundación Alternativa, referente de la escena teatral argentina, junto con Enfoque Consumos Culturales. Es el sexto trabajo que realizan sobre públicos, y en esta ocasión se detienen en una pregunta urgente: ¿cómo se sostienen las artes escénicas en tiempos de crisis económica? La respuesta, respaldada por datos y testimonios, es tan contundente como inspiradora. Incluso cuando el bolsillo aprieta, la gente busca la manera de acceder a la cultura. Ajusta gastos, recorta salidas, cambia hábitos, pero no renuncia.

En Argentina, el 95 % de los encuestados asistió al menos a un espectáculo escénico durante el último año, aunque tres de cada cuatro redujeron su gasto cultural. Cambiaron las dinámicas de acceso: funciones con aporte voluntario, espectáculos gratuitos, descuentos, preferencia por salas independientes o estatales, selección minuciosa de la obra. Pero el deseo de ver, escuchar y sentir junto a otros, se mantuvo intacto.

Mientras leía el informe, pensaba inevitablemente en Barranquilla. Aquí el reto no es solo el bolsillo del público, es mejorar e incrementar la oferta. Hemos visto cerrar salas, reducir temporadas, enfriar proyectos que parecían consolidados. En los últimos años, buena parte de nuestra vida cultural se ha concentrado en unos cuantos escenarios, con programaciones esporádicas y sin estrategias o iniciativas que conecten, de manera sostenida, la producción artística con toda la ciudad. Muchas entidades y espacios han librado una valiente batalla, con recursos limitados, para que podamos expandir nuestra oferta cultural, más allá del Carnaval.

Por eso, este momento es tan crucial y me llena de optimismo. La reapertura del Teatro Amira de la Rosa, la recuperación de Bellas Artes, la optimización reciente de la Fábrica de Cultura y la tan esperada inauguración de la nueva sede del Museo de Arte Moderno, no son sólo buenas noticias, son el resultado de una ciudadanía que ha luchado durante años por contar con estos espacios y de administraciones que han decidido escuchar. Son señales de que el deseo sigue vivo, de que hay un público esperando. Y que, si se le ofrece una programación sólida, relevante y de calidad, responderá activamente.

Pero no basta con abrir las puertas. La experiencia argentina lo deja claro: la respuesta del público no depende solo de la oferta, sino también de cómo se comunica. El marketing cultural no es un adorno, es una herramienta estratégica para visibilizar, emocionar y convocar. Si la calidad de la programación es el corazón de un proyecto cultural, la comunicación efectiva es su voz. Una voz que debe llegar clara, constante y convincente, a todos los rincones de la ciudad.

Ese público que hoy espera es real. Lo hemos visto en el pasado llenando auditorios cuando la pertinencia y la excelencia se alinean. Lo vimos con la danza, con la música, con el teatro independiente cuando encuentra un lugar y una voz. Barranquilla no es una ciudad indiferente al arte, es una ciudad que a veces no sabe dónde encontrarlo. Y ahí está el verdadero desafío.

Creo firmemente que, si ese deseo y esa necesidad ciudadana se atienden con inteligencia, desde la curaduría hasta la difusión, pueden convertirse en la principal herramienta para alcanzar un nivel importante de autosostenibilidad del ejercicio cultural. Un público satisfecho vuelve, recomienda, defiende. Y al hacerlo, construye un ecosistema donde los proyectos no dependen únicamente de la ayuda externa, sino también de la fidelidad y el compromiso de su audiencia. No es fácil, ni se logra en un día, pero es posible y debemos apuntar a ello.

El momento es ahora. Tenemos la oportunidad y el deber, de pasar de ciudad festiva a capital cultural activa. No podemos depender solo de espectáculos masivos ni de la temporada alta de Carnaval. Los barranquilleros quieren ver teatro, escuchar música, recorrer exposiciones, sentir que su ciudad le ofrece algo más que centros comerciales y fiestas de calendario. Si logramos que esa oferta exista con menos incertidumbre para sus gestores, que la calidad sea cada vez mejor y que la comunicación la haga brillar, la respuesta de la ciudadanía terminará siendo masiva.

La función, como dice el título del estudio, no se suspende. Pero tenemos que ofrecer más y contarlo mejor. La cultura barranquillera merece un escenario encendido todo el año, con butacas llenas y una ciudadanía orgullosa. Porque un escenario encendido no es solo una sala iluminada, es una ciudad despierta. Una ciudad que, al verse reflejada en su arte, se reconoce, se respeta y se proyecta. Y ese brillo, cuando es auténtico, no se apaga nunca. Al contrario, se vuelve la luz que guía el camino.