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Islandia y Petro

Es humillante que Donald Trump confunda el nombre del siguiente lugar que planea invadir.

En el reciente encuentro del Foro Económico Mundial, el mandatario estadounidense se refirió reiteradamente a Groenlandia como Islandia. La importancia de esto no es el “lapsus” geográfico, sino lo que nos recuerda sobre el carácter de la persona más poderosa del mundo.

Días antes de su intervención, Trump había recibido como ofrenda el Nobel de Paz de parte de su legítima ganadora. O, más exactamente, como aclaró el propio Comité, había recibido la medalla —bien empacada, con un bonito lazo— porque el premio no es transferible. Sea como fuere, lo cierto es que ese “maravilloso gesto” (como lo llamó él) bastó para que cambiara radicalmente su discurso frente a Corina Machado: pasó de sembrar dudas sobre el respeto y respaldo que tiene, a expresarse de ella en términos mucho más prometedores.

Al final, su discurso contra Machado fue parte de una simple transacción para hacerse con lo que quería, como lo que hace ahora respecto de Groenlandia y como lo es todo para Trump: una negociación en la que ganar no es el medio, sino el fin.

¿Qué quiere Trump con Groenlandia, Islandia o como quiera que se llame ese “pedazo de hielo mal ubicado” (en sus palabras)? En el fondo, eso no importa. Lo quiere y hará todo lo que esté a su alcance por obtenerlo.

Trump ha hecho su misión mostrarle al mundo que es muy peligroso medir fuerzas con el Tío Sam. Él quiere dejar claro que todos vivimos con su permiso y que todos somos actores secundarios de su gran historia americana. Por eso, me preocupan mucho los encuentros suyos con otros actores con afán de protagonismo. Especialmente, cuando pueden tener repercusiones directas para nosotros.

En específico, a mí todos estos episodios me mantienen muy nervioso con respecto al anunciado encuentro de Petro con Trump.

Gustavo Petro le ha dicho a Trump dictador, ha llamado a sus fuerzas militares a la desobediencia y ha denunciado en cuanto escenario puede aspectos clave de la política nacional e internacional de su gobierno. Trump, por su parte, incluyó a Petro en la “Lista Clinton”, ha insinuado que es adicto a la cocaína y ha dicho que le “suena bien” una intervención militar similar a la de Venezuela sobre Colombia. 

¿Qué ocurrirá cuando Trump —siendo Trump— le exija a Petro que se disculpe? ¿Y si deciden televisar el encuentro, como ocurrió con Zelenskyy? Ya sabemos que a nuestro jefe de gobierno no le incomodan las polémicas televisadas. Pero esta podría salir muy, muy mal para nosotros.

Petro tiene un delirio incansable de mártir. A Trump, en cambio, le luce bien el papel de matón. Son la combinación perfecta para incendiar aún más la relación entre ambos países. De un lado, un conquistador que habla de países soberanos como si fueran bienes raíces. Del otro, un ideólogo dispuesto a inmolarse —y a su país— en la lucha que ha sido su historia de vida.

Mi preocupación es que cuando estas dos personalidades se encuentren cara a cara no haya diálogo ni respeto, sino una pelea de narrativas y egos con consecuencias geopolíticas reales. Trump querrá demostrar que su hegemonía no es solo sobre Medio Oriente o Europa, sino principalmente sobre lo que considera el patio trasero de su casa. Petro querrá demostrar que su revolución ética y política no se doblega ante presiones imperialistas. Y los demás presenciaremos, con preocupación, un espectáculo de boxeo egocéntrico que se pagará con estabilidad económica, soberanía nacional y tranquilidad diplomática.

Para que exista un chance de que esto salga bien, es fundamental que esa reunión no degenere en un episodio de reality geopolítico en el que ambos se disputen el protagonismo. Colombia no puede darse el lujo de improvisar dignidad ni de confundir la soberanía con soberbia. Si algo debe llevar Petro a esa mesa no es su épica personal, sino un guión sobrio, un plan concreto y la conciencia de que, en la diplomacia, el silencio estratégico vale más que el discurso de balcón. Con Trump no se gana gritando: se le arrulla siendo predecible, frío y aburridamente racional. Todo lo demás —los gestos heroicos, las frases para la historia y las peleas televisadas— puede ser muy rentable para el ego, pero suele ser carísimo para las naciones.