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Una política sin ideas no tiene futuro

Las elecciones al Congreso de 2026 dejaron un mensaje claro para quien quiera leerlo con honestidad: la política que renuncia a las ideas termina perdiendo futuro.

El país entró en una etapa de mayor definición política, y los resultados del domingo reflejan con claridad ese proceso.

El Pacto Histórico obtuvo una votación histórica que le permitió alcanzar 25 curules en el Senado (4.413.636 votos) y 40 en la Cámara de Representantes (4.242.412 votos), consolidándose como la fuerza política más importante del nuevo Congreso.

Más allá de la aritmética parlamentaria, este resultado tiene una explicación política. Durante los últimos años el progresismo ha insistido en una agenda clara: reducción de las desigualdades, ampliación de derechos sociales, fortalecimiento del Estado social, transición energética y desarrollo regional. Agenda que ha logrado conectar con sectores populares, jóvenes y amplias franjas del electorado que pide cambios estructurales.

Mientras tanto, el otro gran hecho político de estas elecciones fue el retroceso de los partidos tradicionales. La U, Cambio Radical, el Partido Conservador y el Partido Liberal sufrieron pérdidas significativas que confirman una tendencia que ya se venía gestando: la pérdida de identidad política.

El caso del Partido Liberal es particular, porque las causas progresistas son las causas históricas del liberalismo, pero como partido estamos en mora de renovarnos y alinearnos nuevamente con las banderas que nos hicieron grandes.

Durante demasiado tiempo estos partidos abandonaron el debate ideológico para convertirse en estructuras electorales. En lugar de proponer una visión de país, terminaron refugiándose en una narrativa que se redujo a una sola consigna: el antipetrismo.

El problema de esa estrategia es evidente. Cuando un proyecto político se define únicamente por oponerse a otro, el debate público se vacía de contenido. Y en ese vacío, quien termina capitalizando es el opositor por naturaleza.

En este caso, el uribismo.

La victoria de Paloma Valencia en la consulta de la derecha, con 3.236.286 votos, confirma que el Centro Democrático logró consolidarse como la principal fuerza opositora del país, ya que, pese a no alcanzar los votos suficientes en el Senado para llevar nuevamente a Álvaro Uribe, su máximo líder, de vuelta a Congreso, obtuvieron 17 senadores y 28 representantes.

Mientras los partidos tradicionales intentaban competir en el terreno del rechazo al gobierno sin una narrativa propia, el uribismo mantuvo un discurso más disciplinado y reconocible para su electorado.

Este resultado también reordena el panorama dentro de la propia derecha, que hasta hace poco tenía a Abelardo de la Espriella como su candidato más fuerte. Sin embargo, la votación obtenida por Paloma Valencia la posiciona con una legitimidad política difícil de ignorar y deja a De la Espriella frente al desafío de redefinir su lugar dentro del bloque de la derecha.

Pero las consultas también dejaron una sorpresa política: Juan Daniel Oviedo.

El exdirector del DANE obtuvo 1.255.510 votos en la consulta de la derecha, una cifra significativa para un candidato sin maquinaria tradicional. Su estrategia fue interesante: en lugar de sumarse al discurso frontal del antipetrismo, optó por reconocer algunos avances sociales del gobierno. Ese gesto le permitió conectar con votantes independientes e incluso con sectores progresistas moderados.

Parece ser entonces que el voto progresista es más amplio y hay espacio para crecer más allá del Pacto Histórico, cosa contraria pasa en la derecha, concentrada hoy casi por completo en el Centro Democrático.

La pregunta que surge ahora es inevitable: ¿esos votantes de Oviedo lo acompañarán si termina alineándose con la candidatura de Paloma Valencia?

El otro gran derrotado de la jornada fue el centro político, que volvió a evidenciar su dificultad para construir una identidad clara.

El caso de Claudia López es particularmente ilustrativo. Su trayectoria política  es más cercana a la centroizquierda y el progresismo, e incluso respaldó a Gustavo Petro a la presidencia. Sin embargo, durante buena parte de esta campaña decidió alinearse dentro del discurso antipetrista.

Esa ambigüedad terminó pasándole factura. Cuando un liderazgo intenta ocupar simultáneamente dos lugares del espectro político, corre el riesgo de quedarse sin ninguno.

Por otro lado está Roy Barreras, cuya candidatura quedó muy lejos de consolidarse dentro del panorama presidencial. Se confirma nuevamente la lección: las maquinarias regionales pueden ser eficaces en elecciones legislativas, pero tienen límites claros cuando se trata de disputas presidenciales.

Y de cara a las presidenciales el escenario empieza a aclararse, perfilando un posible duelo político entre Iván Cepeda y Paloma Valencia.

Cepeda llega fortalecido después de haber ganado la consulta interna del progresismo, y de que su partido alcanzara una votación histórica a Cámara y Senado, consolidándose como el candidato presidencial indiscutido de la izquierda y el oficialismo.

Sin embargo, el triunfo de la izquierda hace cuatro años se gestó por la conformación de un Frente Amplio democrático y plural, algo que hoy se vislumbra lejano a causa de las decisiones políticas de Cepeda, como su elección vicepresidencial, que parecen apelar únicamente a consolidar las bases de su partido.

Es innegable que el Pacto es la principal fuerza política del país, pero ni a ellos ni a nadie le alcanza para llegar solo a la Presidencia y mucho menos gobernar. Esa amplitud que demostró Petro debería adoptarla Cepeda.

Paloma, por su parte, emerge como la figura más competitiva dentro de la derecha, y si logra acercar la figura de Oviedo, terminaría, paradójicamente, apelando a una posición moderada dentro del debate, dándole una necesaria amplitud más allá de su voto duro. 

Lo claro es que la campaña presidencial estará marcada por una mayor claridad ideológica: dos proyectos de país distintos, dos visiones sobre el papel del Estado, la economía y la justicia social.

Y quizá esa sea la verdadera lección de estas elecciones.

Durante años muchos sectores intentaron hacer política sin ideas, confiando únicamente en maquinarias, cálculos electorales o discursos de rechazo. Pero los resultados del domingo muestran que esa estrategia tiene límites.

Porque al final, en democracia, los proyectos que sobreviven son los que logran representar causas, propuestas y visiones de país. Una política sin ideas no tiene futuro.