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Historia y Navidad

En más de alguna oportunidad ha surgido la pregunta sobre los elementos históricos que rodean esta fecha tan significativa para la humanidad, aspectos que se cruzan con situaciones tan concretas como la fecha de la celebración, la historicidad de Cristo, la relevancia histórica de los Evangelios y la relación entre judaísmo y cristianismo.

Con relación a la primera problemática podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la historicidad de Cristo es un tema no resuelto. La mayor parte de las fuentes que nos hablan de la vida de Jesús, son fuentes cristianas (Los Evangelios en especial y que algunos dudan de su valor histórico), salvo los aportes bien colaterales de los relatos de un judío,  Flavio Josefo y de Tácito, el historiador Romano, que hacen referencias básicamente a la existencia de Jesús bajo la administración de Poncio Pilatos en Palestina y al bautismo por parte de Juan. Incluso la referencia misma a la fecha se ha puesto en entredicho y, a partir de información indirecta, se establece que el nacimiento de Jesús podría haber sido varios años antes de la fecha en que lo celebramos. Una de las referencias más utilizadas son aquellas que hablan de que Herodes el Grande habría muerto 2 años antes de nuestro kairos de referencia (el supuesto año 1) y, por lo mismo, Jesús debería haber nacido antes de la matanza del Día de los Inocentes (entre el 4 y 6 años antes de la fecha que utilizamos).

También se encuentra muy cuestionada la fecha de la Natividad y esta no se habría producido un 25 de diciembre, sino que esta es una fecha muy posterior, establecida por la Iglesia católica y que emparenta el nacimiento de Cristo con una tradición pagana muy difundida en la Antigüedad y que tiene relación con la Fiesta de la Luz. Con posterioridad al 21 de Diciembre (Solsticio de invierno para el hemisferio Norte,  en que se registra la noche más larga y el día más corto del año) los días empiezan a durar siempre un poco más (hasta el solsticio de verano en junio siguiente). De esta relación surgiría  la expresión, “Jesús es la luz del mundo” y también la costumbre, muy medieval por lo demás, de que las catedrales orientaran su ábside hacia el Este, desde allá proviene la salida del sol y permitiría que, a través de sus ventanas y vitrales las primeras luces del amanecer iluminaran el interior del templo.

Lo históricamente comprobable y sin duda que por evolución,  es que hacia esas fechas se produjo un quiebre definitivo al interior del Judaísmo. El pueblo Judío, el pueblo harto oprimido venía predicando por siglos la venida del Mesías liberador. La llegada de Jesús vino a tensionar el concepto y a poner en conflicto la teología. Para la Ortodoxia Judía no se cumplieron una serie de elementos, descritos en la Torá, que justificaran que Jesús era el Mesías (construir el Tercer templo, reunir a todos los judíos de regreso en la tierra de Israel o traer una era de paz mundial, entre otras); los planteamientos cristianos contradicen la teología Judía ( el Dios único hebreo entra en conflicto con el dogma de la Santísima Trinidad cristiana); el hecho de que Jesús no fuera descendiente del Rey David por la línea paterna (recuerden que el dogma cristiano de la virginidad de María exime a José de participación en la Concepción) y; por último, que la enseñanza de Jesús (registradas en el Nuevo Testamento) habrían negado al menos seis mandamientos originales. Desde una perspectiva profesional me permito expresar una reflexión al respecto, la historia del pueblo Judío nos presenta, incluso a sus hombres más santos (por ejemplo el Rey David y Salomón), como seres no exentos de pecado. Cuando el verbo se les hace carne (Jesús) les resultó imposible separar su concepción de la naturaleza humana pecaminosa de la figura de su Mesías (estamos hablando del mesías no de un profeta)

La relevancia de este hecho es que a partir de este momento aparecen dos religiones monoteístas y abrahámicas, que comparten un período común (el Antiguo Testamento) y que desde el nacimiento de Cristo se bifurcan. Se les reconoce una serie de características similares: son religiones mesiánicas, misionaristas y escatológicas. Es en este último punto donde surge una diferencia fundamental: el centro de la historia para el judío es un hecho que no ha acontecido, que aún se espera, a diferencia del kairos cristiano que, por lo mismo, no deja de ser escatológico ya que espera la Parusía, o Segunda venida de Cristo donde ha de juzgar a los vivos y a los muertos, con un plausible mayor peso histórico, ya que esta segunda venida estaría avalada por la primera.

La pregunta que resulta, asumiendo la historicidad del Cristianismo, es ¿Cuán preparados nos encontramos para aceptar la Segunda venida de Cristo? ¿Más o menos   que hace más de dos mil años cuando se habrían escenificado los más relevantes episodios históricos? Sin duda que la respuesta es muy difícil, pero, como reza el Nuevo Testamento sobre la relevancia de asumir una postura (“El reino de los cielos es para los fríos o para los calientes y no para los tibios”) estoy dispuesto a asumir el desafío. Creo que, al revés de lo que con mediana claridad arrojaría el pensamiento histórico que (después de más de dos mil años de Cristianismo) estamos menos preparados para aceptar y reconocer la Segunda venida de Cristo. El contexto histórico desacralizado, secularizado y materialista nos ha alejado de los valores espirituales más profundos y el mismo comportamiento de la Iglesia Católica a los largo de la Historia ha ayudado poco a ello. Solo por recordar, los hombres que habrían convivido con Jesús creían en los misterios helenísticos que les hablaban de la resurrección; estaba muy aceptada la filosofía Estoica que conectaba con el Cristianismo en la valoración por el desarrollo de una vida interior como medio para alcanzar la felicidad verdadera y;  para el común de los habitantes del Imperio Romano, el Príncipe, desde Octavio en adelante, era Augusto, que significa “venerado y sagrado”, es decir reconocían en un hombre de carne hueso características espirituales muy relevantes. Lamentablemente hoy no creemos en casi nada y más allá de la postura religiosa personal (desde mi perspectiva necesaria y respetable) cuanta falta nos hace creer.