Firmes… ¿pero por cuál de las tres patrias?
Ninguna palabra ha enviado a más seres humanos a morir por otros seres humanos que la palabra patria. Y pocas poseen una fuerza simbólica tan intensa que, cuando son pronunciadas, millones de personas dejan momentáneamente de preguntarse si aquello que se hace en su nombre es verdadero, justo o siquiera razonable. Patria es una de ellas.
Quizás por eso convenga desconfiar de quienes la invocan demasiado. No porque la patria sea una ilusión. Todo lo contrario. Porque es una de las metacreencias más poderosas construidas por la humanidad. Una de esas ideas capaces de transformar individuos dispersos en comunidades de destino.
Las grandes metacreencias humanas no sólo organizan la cooperación, también enseñan a obedecer. No solo crean comunidades crean jerarquías. No sólo permiten construir proyectos colectivos, también pueden legitimar relaciones de poder y formas diversas de dominación. Su fuerza histórica proviene precisamente de esa doble capacidad.
La nación fue una de las más extraordinarias de esas construcciones. Ningún ser humano nace sintiéndose colombiano, italiano, francés o estadounidense. Nacemos en pequeños círculos de afecto, supervivencia y cuidado. La nación amplió esos círculos hasta escalas antes inimaginables. Gracias a ella, millones de desconocidos aprendieron a reconocerse como parte de una misma comunidad. Pero toda ampliación del círculo de pertenencia crea simultáneamente una frontera.
Desde sus orígenes más remotos, la humanidad ha oscilado entre dos impulsos contradictorios: cooperar y dominar. La misma capacidad que permitió proteger a los miembros del grupo fue utilizada para excluir, someter o destruir a quienes quedaban fuera de él. De allí surge la paradoja patriotera.
Las mismas sociedades que exaltan el amor a la propia patria han justificado con frecuencia la depredación de otras patrias. Imperios, colonialismos, expansionismos y guerras fueron emprendidos en nombre de nobles ideales patrióticos. Por eso no toda patria es igual.
Existe una patria tribal. Es la patria del amigo y el enemigo. La que necesita sospechosos, traidores y amenazas permanentes para mantener su cohesión. La que convierte al adversario político en una amenaza existencial.
Existe una patria republicana. No pertenece a una etnia, una religión, una clase social ni una ideología. Pertenece a todos los ciudadanos. Su fuerza no proviene de la unanimidad sino de la convivencia. Es una patria protectora e incluyente. Protege las instituciones comunes, protege el derecho a discrepar y reconoce que quienes piensan distinto siguen formando parte de la comunidad política.
Y existe una tercera patria. La patria humana. La que reconoce que los grandes desafíos contemporáneos desbordan todas las fronteras. El cambio climático, la degradación ecológica, las pandemias, las guerras, las migraciones masivas y los riesgos tecnológicos nos recuerdan que compartimos un destino común.
Si la historia humana puede interpretarse como una ampliación progresiva de los círculos de pertenencia —de la familia a la tribu, de la tribu a la ciudad y de la ciudad a la nación—, el nacionalismo excluyente representa la tentación de detener ese proceso.
Más aún. El nacionalismo excluyente no representa una superación de la tribu, más bien su retorno bajo formas más sofisticadas, más poderosas, más peligrosas y, precisamente por ello, más destructivas para sus semejantes.
Estas reflexiones resultan particularmente pertinentes cuando algunos proyectos políticos convierten la patria en el eje central de su identidad pública.
El actual debate suscitado por un candidato que proclama estar “firme por la patria” mientras reivindica simultáneamente las nacionalidades colombiana, italiana y estadounidense ofrece una oportunidad excepcional para reflexionar sobre la naturaleza misma del patriotismo.
No entraré en la controversia jurídica sobre la compatibilidad constitucional y legal de un naturalizado estadounidense respecto al juramento de lealtad a los Estados Unidos y la aspiración a desempeñar en Colombia la dignidad de primer mandatario, pues esta como símbolo de la unidad nacional, director supremo de las relaciones diplomáticas y comandante supremo de las Fuerzas Armadas, exige un estatuto de lealtad indivisible y exclusivo con el ordenamiento constitucional colombiano, la cuestión estará en manos de los jueces y los constitucionalistas.
La cuestión relevante es otra. Cuando la patria se convierte en el núcleo de una identidad política, las nociones de lealtad, pertenencia y soberanía dejan de ser simples asuntos administrativos para convertirse en cuestiones éticas.
Más aún cuando una de esas nacionalidades proviene de un acto voluntario de naturalización que implicó prestar juramento de lealtad a otra nación.
La pregunta es legítima. ¿Qué significa invocar una lealtad patriótica absoluta mientras se reivindica simultáneamente la pertenencia política a tres naciones distintas?
Sin embargo, incluso esta cuestión resulta secundaria frente a otra mucho más importante.
Lo verdaderamente preocupante aparece cuando el lenguaje patriótico se combina con la exclusión moral de una parte de la comunidad nacional.
Colombia conoce demasiado bien el precio de convertir al adversario político en enemigo. Liberales vs conservadores, insurgentes vs contrainsurgentes, izquierdas vs derechas han contribuido, en distintos momentos de nuestra historia, a una larga pedagogía de la exclusión, de la persecución, el desplazamiento, el despojo y el exterminio.
Precisamente por ello deberíamos desconfiar de cualquier discurso que vuelva a dividir la nación entre colombianos legítimos y colombianos sospechosos.
Las expresiones orientadas a “aplastar”, “destruir” o “destripar” sectores enteros del espectro político revelan una concepción de patria más cercana a la lógica tribal que a la republicana.
La izquierda colombiana, como la derecha, el centro o cualquier otra corriente democrática, está integrada por millones de ciudadanos que forman parte de la nación.
Se puede discrepar profundamente de sus ideas. Lo que no puede hacerse, sin dañar la propia idea de patria, es negar implícitamente su pertenencia a la comunidad política.
Ninguna facción posee derechos exclusivos sobre la nación. Cuando un grupo comienza a identificarse a sí mismo con la patria entera, la patria deja de ser una casa común y se convierte en un instrumento simbólico de dominación.
La pregunta decisiva de esta campaña no es quién ama más a Colombia. La pregunta es qué tipo de patriotismo necesita Colombia: Uno que reduzca la nación al tamaño de una tribu o uno capaz de reconocer que la patria pertenece también a quienes piensan distinto.
La grandeza moral de una comunidad no se mide por la intensidad con la que ama a los suyos, sino por la amplitud del círculo dentro del cual reconoce a los demás como dignos de consideración.
Quizás la cuestión más importante de nuestro tiempo no sea quién gobierna una nación determinada, sino si la humanidad será capaz de ampliar, nuevamente, el radio de su empatía moral.
Porque la patria seguirá siendo necesaria. Pero ninguna patria será suficiente si la humanidad fracasa como comunidad de destino.
Firmes, sí. Pero no firmes contra otros colombianos.
Firmes con la democracia.
Firmes con la convivencia.
Firmes con la humanidad.
Y, algún día, firmes con la totalidad de los vivientes que comparten con nosotros este pequeño planeta azul suspendido en la inmensidad del cosmos.
La pregunta sigue abierta:
Firmes… ¿pero por cuál de las tres patrias?