El valor de las humanidades
Desde el siglo XV nuestra civilización ha vivido un proceso que, para muchos, es el gran logro de la occidentalidad, el desarrollo de un cientificismo acelerado que inundó todas o casi todas las manifestaciones de nuestra vida. El siglo XVII, a pesar de luchar contra fuerzas muy poderosas, como por ejemplo las distintas variaciones del cristianismo, el desarrollo de las llamadas ciencias naturales, físicas o “exactas” se han impuesto desde la elite intelectual hasta la masificación de su relevancia con el desarrollo de la Revolución industrial, en que el rubro de las ciencias era incluso un atractivo popular en que profesores de áreas tan especiales como la física, la química o la biología, desarrollaban experimentos a domicilio que resultaban ser tremendamente atractivos para el gran público (los invito a revisar el famoso cuadro de Joseph Wrigth, “Experimento de un pájaro en una bomba de aire” que data del año 1768).
Es en este mismo proceso en que las llamadas Artes liberales (a través del trívium y el cuadrivium), que habían definido el currículo escolar por más de quinientos años, empezaron a ceder terreno en manos de un tipo de conocimiento que podía establecer generalizaciones aceptadas por todos, que aspiraban a convertirse en leyes irrefutables, que podían ser contrastadas a través de la experiencia y que se percibían en aspectos prácticos y también tangibles en las manifestaciones más cotidianas de la vida. Aún más, estas constantes históricas convivieron con el proceso de secularización que llevaron no sólo a minusvalorar la relevancia de las religiones en la vida de las personas, sino que también, de manera más silenciosa y menos perceptible para muchos, del rol de la Historia, la Filosofía, el Arte como experiencias formadoras y orientadoras de vida, es decir aquellas que alimentaban el espíritu.
Las mismas Humanidades fueron responsables un poco del proceso, dejar de creer en la relevancia del conocimiento que producían y buscaron acercarse a las llamadas ciencias naturales transfiriendo sus metodologías y tratando de, para cumplir con el canon dominante de la época, encontrar esa verdad que era posible, a través de un estudio riguroso, objetivo y desprendido de cualquier subjetividad, encontrar (el paradigma de la verdad que se haya, es decir, que está ahí, oculta y que espera ser descubierta). La Historia cayó en las redes del positivismo, el estudio de las humanidades tendió a la especialización academicista y, producto de ello, lo que producían sus intelectuales se movían en círculos intelectuales reducidos, cada vez más lejos de la gente común y corriente, esa misma gente que cada vez se veía más invadida por los más variados artilugios técnicos y tecnológicos que fluían a raudales desde la física, la química, la matemática, las ingenierías, es decir, no ya de esas llamadas “ciencias liberales”, esas que estaban liberadas de la materia y que, al cultivarlas, nos hacían, sin siquiera darnos cuenta, cada vez un poco más libres, sino de aquellas que con un nivel de concreción abismante, nos resolvían los más diferentes problemas prácticos, nos ahorraban esfuerzo, permitían producir más y más y que, para muchos lo más relevante hasta hoy, se transformaban en riqueza que se podía disfrutar y, al mismo tiempo, ostentar. Sin duda que el panorama no es el más alentador para aquellos, que aún hoy, seguimos creyendo en el valor de las humanidades.
No faltaron intento por rebelarse a esta realidad, entre ellos el Romanticismo cuyo lema fue el de una rebelión interior en contra de la dictadura de la razón, es decir, de aquella que sin duda resolvía situaciones concretas, pero que menospreciaba aspectos tan relevantes en nuestra humanitas (aquello que nos hace verdaderamente humanos) como el amor, la fe, la tradición, la historia, la filosofía, el arte, en fin. La continuidad del romanticismo fueron las vanguardias que, muy a pesar, su carácter elitista impidió un impacto general que pudiera alterar la tendencia en el siglo XX, donde el desarrollo de la sociedad de masas y la cultura del consumismo impulsan esa tendencia anti humanista, en donde todo se materializa, y las personas son reconocidas por lo que tienen y no por lo que son, en un contexto donde la economía resuelve el problema ideológico y en que las utopías y las meta narraciones se ven alteradas por disfrutar de un presente que se auto perpetua.
No fueron pocos los poderes fácticos que se dieron cuenta de esta tendencia. Ya desde la época de la Revolución industrial la escuela se convierte en un sistema de producción en serie de mano de obra barata que pueda ser manejada a partir de la necesidad permanente (sueldos de hambre), del endeudamiento de un sistema que ha elevado el crédito como el mejor de los negocios y con una publicidad que favorece tendencias aspiracionales y materialistas que deshumanizan. Cuando esta mano de obra se rebela, busca educarse, se organiza por sus derechos y reivindicaciones, el poder del dinero internacionaliza el capital y busca mano de obra y mercados consumidores más allá de sus fronteras nacionales que, aunque no lo crean lleva, a que los obreros del llamado Primer Mundo, busquen disfrutar de una mejor vida material (con muy poco interés por cultivar el espíritu, es decir, las humanidades), a expensas de las penosas condiciones de vida de los obreros del Tercer Mundo (imperialismo y colonialismo, deslocalización industrial, maquiladoras, en fin, tantos conceptos para un mismo fenómeno de fondo).
Todo esto se me viene a la memoria cuando en muchos países del mundo y en el mío muy en particular (Chile), la enseñanza de las humanidades se quiere invisibilizar o reducir a niveles inaceptables. La preocupación por resolver los problemas prácticos más concretos nos lleva por caminos que, a decir lo menos, son muy peligrosos. Dejar de alimentar el espíritu entraña un futuro que propone que no importa qué persona eres si lo principal es resolver de manera práctica los inconvenientes del día a día, cuando las humanidades demuestran algo muy por el contrario, no niegan que debamos resolver los problemas cotidianos, que seamos capaces de producir más, de ahorrar esfuerzo humano, de abaratar costos, de poner a disposición de todos, productos que hasta hace muy poco eran inalcanzables para sus padres y abuelos, pero con personas íntegras, respetuosas del medio ambiente, con una empatía social que lo lleve a colaborar y no a competir con el otro, que percibe que sus conciudadanos son un complemento y no una amenaza y que el compromiso de todos con todos es mucho más beneficioso que el individualismo asocial que nos invade.
Cuidado, que parece que el mundo desentraña algunas tendencias que merecen ser tomadas en cuenta, del paradigma de la verdad que se haya al de la verdad que se construye nos propone un tremendo desafío que llama a no despreciar la formación humanista que alimentan la visión crítica (y no conformista) de lo cotidiano y proponen un llamado de alerta en la época de la pos verdad, ya que parten de la premisa de las verdades inacabadas (no absolutas y totalistas), que provocan la discusión, el debate y a la reflexión crítica.
En un mundo que cada vez más se construye sobre una lógica económica, donde las conciencias individuales han dado paso a una conciencia colectiva que deja de lado la vertiente moral, donde la razón se convierte en racionalidad (la instrumentalización de la razón) que puede servir a los más oscuros intereses, hace necesario no desprendernos nunca de la Humanidad, de aquello que nos hace moralmente mejores, aunque sea para producir, tener y aspirar a más medios materiales.