Share:

El valor de la sociedad civil

Sin duda que el ciudadano de a pie, es decir, común y corriente siente que en la mayoría de las grandes polémicas que envuelven el mundo de las decisiones, del poder, de las autoridades tiene escasas opciones para participar e influir en ellas. En la mayoría de los casos se auto concibe como un simple observador que puede comentar las situaciones, en torno a su círculo más cercano, producto de lo que escucha en las redes sociales o, en el mejor de los casos,  en los medios de comunicación.  No tiene la posibilidad de acceder a una información directa, la mayoría de ella ya está mediatizada por las intenciones ideológicas de lo que se comparte en las redes sociales o de la línea editorial del respectivo medio de comunicación. Seamos sinceros, la mayoría de las veces se queda con frases hechas que se terminan repitiendo hasta el cansancio.

El ciudadano olvida muchas veces que la estructura política está sustentada en torno a él, que la soberanía popular debe ejercerse y que los actos electorales, como también las protestas, el activismo y las manifestaciones son espacios que la democracia moderna establece para que aquello se exprese.

Sin duda que hay una cierta lejanía entre el momento en que el ciudadano se empodera, por ejemplo, en los actos electorales y la certeza de que la decisión que ha tomado se exprese en las autoridades elegidas para ejercer el poder. En la mayoría de las democracias del mundo no existe mandato revocatorio y las promesas electorales pueden quedar sólo en ello, sin darle a los ciudadanos herramientas que permitan fiscalizar las acciones de sus autoridades. Sólo queda la posibilidad de un voto de castigo en la siguiente elección, manifestaciones callejeras, que no pocas veces son desvirtuadas desde la misma autoridad y una sensación de abatimiento que impacta de manera negativa en toda la institucionalidad democrática.

Producto de lo anterior aparecen una serie de fenómenos asociados a la desafección política, a la pérdida de la relevancia de la participación, al fin de los proyectos ideológicos asociados a meta narraciones que pretenden y buscan un sentido, ha transformar la cotidianeidad en una simple cuestión de sobrevivencia en la que no hay trascendencia, es sólo el aquí y ahora, definido en la mayoría de los casos por la preocupaciones económicas y aspiracionales que la lógica del mercado instala. Por ejemplo, frases que todo el mundo repite y que están en sintonía con esto, son variadas: “No me importa quien salga electo, mañana igual debo salir a trabajar”; “Gobierne el sector que sea, depende de nosotros el salir adelante”; e incluso algunas más radicales, no necesariamente por su sentido, “Prefiero perder, es mejor ser oposición que estar en el gobierno”.

En este proceso lo que estamos olvidando es el rol que ejerce, dentro de la institucionalidad democrática, el conjunto de personas, organizaciones y grupos que, de forma voluntaria y pública, sin depender ni formar parte de ninguna estructura estatal, actúan en la vida política. Es lo que los teóricos de las ciencias políticas, desde Hegel o Tocqueville se ha venido a denominar la “Sociedad Civil

Nunca debemos olvidar que nuestra capacidad para influir en la toma de decisiones no se reduce al voto, no desnaturalicemos la actividad política relacionándola exclusivamente con la expresión profesional de la misma. Por el contrario, nada es más político que cuando un grupo de personas, movidas por un ideal común, por la necesidad de enfrentar colectivamente algunas problemáticas, se organizan en asociaciones vecinales, fundaciones, sindicatos, movimientos sociales, grupos religiosos, clubes culturales o deportivos, colectivos ciudadanos e incluso en organizaciones no gubernamentales (ONG). Este es un espacio que parece olvidado en las democracias modernas, es cosa de que cada uno de nosotros se pregunte en cuántas de dichas organizaciones ha participado o participa. Parece que el sistema político, y también el mercado, se han encargado de menospreciar su real valor, de generar condiciones para que nadie tenga ni el tiempo ni el interés de expresarse a través de ellas.

Parece que hemos olvidado que las organizaciones de la sociedad civil son nuestro gran espacio de participación y de poder, se erigen como instancias que defienden nuestros derechos e intereses, fomentan y revitalizan el valor de la participación. Bien llevadas son instrumentos reales de cambio social, reconocen y se fundamentan en el valor básico de la vida pública que es construir de manera comunitaria y solidaria. Se separan de la estructura estatal, ya que no se validan a través del gobierno o de las instituciones públicas y rompen con una lógica mercantil que pone el lucro como su motivo conductor.

Son muchos los intereses, mezquinos por lo demás, los que podemos encontrar detrás de este proceso de debilitamiento de la sociedad civil. ¿Qué decir para nuestra América Latina el impacto al respecto de las dictaduras militares y los terribles mecanismos y discursos empleados para despolitizar la sociedad?  Es cosa de analizarlo en cada uno de nuestros países, al momento de reconocer la fuerza, el valor y el sentido que tenían las juntas de vecinos, los sindicatos e incluso los partidos políticos antes y después de dichas traumáticas experiencias.

Alexis de Tocqueville, gran defensor de la relevancia de la sociedad civil reconocía su real importancia, ya que, a través de ella, se enseña a los ciudadanos a colaborar y a defender sus intereses colectivamente. Hoy podemos agregar que su empoderamiento es fundamental para fortalecer el respeto por los derechos humanos, para denunciar abusos y exigir transparencia en la gestión pública.

Una sociedad civil empoderada nos habla también de una cultura democrática fortalecida, ya que, a través de la organización, de la participación y del debate, se vivencian los más valiosos valores de una democracia madura y robusta, como la práctica de la tolerancia, el reconocimiento del pluralismo, la importancia del diálogo y de la responsabilidad ciudadana.

 Hoy, más que nunca necesitamos de una sociedad civil empoderada, con instituciones políticas desacreditadas, con lideres corruptos y autócratas que no respetan el interés colectivo, que se mueven en función de mezquinos intereses, que rechazan el diálogo e imponen la fuerza, que desacreditan y elevan la humillación y la violencia como las principales estrategias de poder. No permitamos que aquellos que desprecian los espacios más fecundos de participación democrática, logren debilitarla y transformen a la democracia en una mera formalidad electoral