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Claves de la transición en Chile

Una de las premisas fundamentales de la democracias se relaciona con el principio de la alternancia en el poder, lo anterior en Chile, dependiendo de los ejes políticos de derecha e izquierda, se ha convertido en una constante desde el término del primero gobierno de Michelle Bachelet en el año 2010. En el proceso actual le corresponde a la izquierda entregar el poder a la derecha.

En estas fechas se ponen en discusión una serie de cuestionamientos a la democracia en Chile que luego, pasado un breve tiempo, parecen ya no importar. La memoria de nuestra democracia parece ser de corto plazo, las discusiones al fragor del traspaso de mando no se materializan en proyectos de ley que avancen en su perfeccionamiento y sólo vuelven a tomar nuevos bríos cuatro años después.

Aspectos que, de acuerdo con lo planteado en el párrafo anterior, se relacionan, por ejemplo, con:  la llamada “Glosa Republicana” en la Ley de presupuesto, que se refiere a una costumbre, no institucionalizada, referida a que el gobierno saliente entrega una cantidad de recursos al entrante, que le permita enfrentar, durante su primer año de gobierno, urgencias que pueden ser relevantes para su sector político y que no están expresadas en la ley de presupuesto aprobada; o con el tiempo de duración del período en que, en la práctica, hay dos gobiernos funcionando, el saliente que expresa sus últimos estertores legislativos y en entrante que busca dar cuerpo a su proyecto político a través del nombramiento de sus autoridades y las reflexiones de su sector político, muchas veces empoderadas por el último resultado electoral. No son pocos los que expresan que tres meses es un período muy largo, que genera enfrentamientos cruzados que poco aportan a pensar de manera más eficiente el trabajo gubernamental y legislativo.

Además, esta transición en especial ha estado salpicada de situaciones que la hacen más interesante, por decir lo menos. Hace cuatro años ganó una izquierda más polarizada, que se planteó originalmente muy crítica del periodo anterior, en especial de la izquierda concertacionista, pero que luego tuvo que convocarla para poder gobernar. Los fracasos, los desafíos pendientes del gobierno del presidente Gabriel Boric han recrudecido las diferencias entre ellos, con declaraciones cruzadas sobre las posibles responsabilidades y con acuerdos excluyentes, que parecen debilitar a un sector que, para impedir un gobierno de la extrema derecha, había logrado un acuerdo electoral desde la centro izquierda, representada por el partido demócrata cristiano hasta el partido comunista, de cuyas filas emergía la candidata presidencial Jeannette Jara.  Hoy está claro que el gobierno de José Antonio Kast convivirá, a su centro izquierda, con más de una oposición.

Otra particularidad es que el gobierno que asume no es la derecha que había gobernado dos veces con Sebastián Piñera, es decir, la transición es desde la ultraizquierda a la ultraderecha. Es la transición más polarizada que hemos tenido después de la recuperación a la democracia en 1990. Esta derecha negoció con sectores de su centro político para la segunda vuelta electoral, e incluso con un sector, no tan minoritaria, de una derecha realmente anarco-libertaria, representada por Johannes Kaiser, a la que también enfrentó en primera vuelta. No sabemos si las heridas electorales han sanado. El sector de Kaiser se restó de ser parte del gobierno, la candidata de la centro derecha, Evelyn Matthei, ha desaparecido políticamente y el nombramiento de los futuros ministros, más bien técnicos independientes que políticos consagrados, ha generado más de un reproche en el sector. La decisión del presidente electo me hace recordar los llamados “Gobiernos de los Gerentes”, proyectos fallidos en dos gobiernos de derecha anteriormente, el de Jorge Alessandri en 1958 y el del primer gobierno de Sebastián Piñera en 2010. En ambos casos, presidentes muy relacionados con el mundo de los negocios privados creían que la expertís en cada área ministerial era más relevante que el manejo político. Craso error en ambos casos y qué decir de los posibles conflictos que se abren entre los intereses del mundo empresarial y la toma de decisiones políticas.

Hace menos de una semana, el presidente Gabriel Boric, muy en sintonía con un planteamiento expresado en septiembre del año pasado y refrendado en su último discurso en la ONU, proclamó, con el apoyo de los gobiernos de Brasil y México, la candidatura de la expresidenta Michelle Bachelet, como la primera mujer latinoamericana, para el cargo de secretaria general de dicho organismo multilateral. En columnas anteriores he sido muy crítico del aporte de dicho organismo en el ordenamiento de las relaciones internacionales en el mundo de hoy, pero ello no exime de la relevancia política y del giro que podría tener el organismo. Para la derecha esta es una nueva muestra de lo que han llamados intentos de amarre, es decir, instalar condiciones administrativas, legislativas y/o presupuestarias que pongan trabas al nuevo gobierno para encauzar, con mayor rapidez, su programa de gobierno. Lo ponen a la altura de la ausencia de la ya expresada “Glosa Republicana” del presupuesto de la nación y también con las normativas administrativas sobre la profesionalización y estabilidad de los funcionarios del sector público. En todos los casos, la respuesta del gobierno saliente es que va a gobernar hasta su último día, por lo que propuestas planteadas a lo largo de su administración merecen los últimos esfuerzos antes del cierre del año legislativo en este mes de febrero.

En lo personal, la actitud de la derecha, incluida la derecha piñerista, es de una mezquindad enorme y habla de la imposibilidad que ha tenido el sector de posicionar, a nivel internacional, a una figura de su sector, al nivel que ha alcanzado la expresidenta chilena. Ya fue la primera encargada de ONU Mujeres y, hasta hace muy poco, como Alta Comisionada por los Derechos Humanos del mismo organismo multilateral.

Si a ello agregamos su coherencia de vida, con un padre asesinado en dictadura, ella y su madre sometidas a violaciones a los derechos humanos y al exilio, dan cuenta de una mujer muy especial, que ha sido capaz de reconstruirse, enfrentar sus más profundos dolores dentro de los límites democráticos y una de las pocas personas que puede enfrentar los desafíos de la ONU y del multilateralismo, con una visión de urgencia.

Sectores relevantes de la derecha ya han solicitado a José Antonio Kast que retire su apoyo a la ex mandataria, los han justificada desde la mezquindad del presupuesto que demanda su candidatura, la han subvalorado jugando con las urgencias y los sentimientos de los chilenos que han perdido sus casas en los incendios del último mes, e incluso han alertado sobre las pocas posibilidades de que su candidatura prospere prácticamente  pidiendo que los Estados Unidos de Trump aplique su derecho a veto sobre esta candidatura.  Es por esto último que me parece fundamental que esta iniciativa prospere, hoy necesitamos una ONU que, al menos desde el discurso, sensibilice al mundo sobre las nefastas consecuencias de la política exterior que ha instalado el blondo presidente estadounidense.

Aún nos queda más de un mes para que José Antonio Kast reciba el mando que el presidente Gabriel Boric ha ejercido en los últimos cuatro años. De aquí al próximo 11 de marzo, tendremos , sin dudas, nuevas situaciones que seguirán alimentando la transición en Chile, esperemos que con respeto al republicanismo institucional y con definiciones que instalen propuestas legislativas que se hagan cargo de las problemáticas evidenciadas en el proceso.