El caos y el peligro del orden internacional de Trump
La historia nos ayuda a entender muchos de los acontecimientos que, no pocas veces, nos desconciertan, que parecen tener poco sentido. Hoy me encuentro completamente desconcertado por las acciones del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, desde que llegó nuevamente al poder.
La seudo lucha comercial con China, las acciones llevadas a cabo en Venezuela, las amenazas establecidas a Dinamarca por Groenlandia, su participación en la Guerra en Ucrania, su posición en el conflicto Palestino-Israelí e incluso sus últimas afirmaciones con respecto a la situación que se vive en Irán, resultan ser complejas de analizar y de respaldar, fundamentalmente si nos ceñimos a los principios y objetivos del derecho internacional, orden que surge con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial y del cual Estados Unidos se reconoce como uno de los actores más relevantes.
Algunas luces nos pueden dar los planteamientos de Francis Fukuyama en 1989 y que adquirieron mayor notoriedad a partir de la caída de la Unión Soviética en 1991. Sin compartir la tesis total del politólogo estadounidense, si creo estar de acuerdo de que, en el orden político militar, la situación hegemónica de Estados Unidos genera un mundo unipolar, en donde ninguna otra potencia internacional puede competir con Estados Unidos. Aquí podría estar el principio del fin del orden internacional que nació por la segunda mitad de la década de 1940, ya que el fin de la Guerra Fría, de la Paz Nuclear, del llamado orden bipolar, llevó a Estados Unidos a ir rompiendo, paso a paso, muchos de los acuerdos allí establecidos, para llegar al caos de las relaciones internacionales violentamente instalado por la actual administración estadounidense en el mundo.
De muestra un botón, muchos nos quejamos en el año 2001 cuando el presidente Bush hijo, no respeta el acuerdo del Consejo de Seguridad de la ONU, que no compartía los argumentos entregado por el mandatario para justificar la autorización del organismo supranacional para intervenir el gobierno iraquí de Sadam Husseín. Ahí encontramos un primer paso claro para entender un poco la situación actual, es el momento en que Estadois Unidos se eleva, de manera discrecional, al nivel del sheriff mundial (no por nada un representante de Estados Unidos, que va a Europa a solicitar el apoyo para dar luz verde a la intervención, expresó que, si el mundo quería paz, debería entender que Estados Unidos es la primera potencia mundial). El problema es que sienta precedente y puede permitir el surgimiento de pequeños sheriff en otras partes del mundo que se muevan con los mismos mecanismos establecidos desde ahí y que la política actual de Estados Unidos da referencias más que concretas.
La diferencia es que hoy Trump, ni siquiera llevó la situación de Venezuela a la ONU o a algún organismo supranacional de características regionales, muy por el contrario, se atreve a levantar acusaciones gravísimas, relacionadas con narcoterrorismo sin entregar ninguna prueba al respecto, a detener y destruir navíos en aguas internacionales e incluso en aguas venezolanas, a invadir militarmente el territorio venezolano, tomar prisionero a su máxima autoridad, a establecer la competencia de sus tribunales de justicia para juzgarlo por los delitos que se le acusa, a declarar quien debe gobernar en Venezuela y quien no tiene las competencias para ello, e incluso a plantear la posibilidad de convertirse el mismo en Presidente Delegado de dicho país, son situaciones que deberían alarmarnos de manera significativa y rechazarlos, por los canales institucionales establecidos internacionalmente para ello.
El problema estriba en que el orden internacional que hoy se destruye no tiene las herramientas que permitan a la comunidad internacional generar alguna acción que ponga freno al desvarío internacional del presidente estadounidense. Ni siquiera el orden jurídico interno de Estados Unidos, un país de abogados desde sus padres fundadores parece disponer de los mecanismos para detener sus acciones, que están más en la lógica de un Hitler, con sus acciones en Checoslovaquia, Austria y Polonia, previo a la Segunda Guerra Mundial, que a los principios democráticos declarados por Estados Unidos y confirmados por el rol asumido por el gigante del norte en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Desde una perspectiva histórica resulta relevante entender las posiciones que Estados Unidos a asumido en el orden internacional desde su independencia. Ya, a principios del siglo XIX, pocas décadas después de su emancipación, la doctrina Monroe pareció dirigir los destinos internacionales de Estados Unidos. Nos hablan de un país que quiere ser escuchado en el concierto internacional, que declara principios jurídicos relevantes pero que parecían encubrir particulares intereses. Es la época de una potencia emergente, que quiere participar del reparto territorial de las principales potencias que surgieron con posterioridad al Congreso de Viena de 1815, pero que se asumía en un orden más bien regional, “América para los americanos”.
Otro hito relevante surge con el rol de Estados Unidos para con el resultado de la Primera Guerra Mundial. El acontecimiento fundamental de desequilibrio en dicho conflicto fue su ingreso a favor de las fuerzas aliadas. Es la industria estadounidense la que gana el conflicto, lo que le permite elevarse a la primera potencia económica mundial pero que, a pesar de los esfuerzos desarrollados por el presidente W. Wilson, el parlamento estadounidense rechaza firmar el tratado de Versalles, no se integra a la Sociedad de Naciones y vuelve a justificar su carácter de potencia regional al revivir, cien años después, la doctrina Monroe.
El escenario posterior a la Segunda Guerra Mundial es muy distinto, Estados Unidos se proclama como primera potencia mundial a la que le sale al camino la Unión Soviética e instala, a partir del desarrollo del armamentismo nuclear y las conocidas diferencias ideológicas, un mundo bipolar, de clara definición de áreas de influencia y de competencia en todas las dimensiones en las que el sujeto histórico se mueve. En este momento es cuando Estados Unidos presiona por la creación de la ONU, ofrece su propio suelo para que se establezca su órgano más importante, aporta desde la mirada jurídica al establecimiento de sus valores y principios, financia en gran medida su labor y funcionamiento y genera también el principal mecanismo para que los 5 grandes del Consejo de Seguridad, puedan defender sus particulares intereses a través del derecho a voto y la unanimidad de las decisiones tomadas en él.
Si bien es cierto que pocas veces nos hemos sentido orgullosos de la labor de la ONU y muchas menos de la forma de actuar de los integrantes permanente del Consejo de Seguridad, por lo menos había algo en que creer, en mi caso particular, como docente, algo que enseñar, que se elevaba como un ideal a alcanzar en que los principios de la democracia, de la autodeterminación de los pueblos, de los derechos humanos nos guiaban para no repetir los desastres de los primeros cincuenta años del siglo XX.
Hoy no existe nada, Trump ha derrumbado el ideal, no tengo nada que enseñar, salvo hacer ver a mis alumnos y, a los que puedan leer estas líneas y se interesen por profundizar estos temas, de la necesidad de romper la indiferencia con respecto a las acciones y actitudes del presidente estadounidense. Hoy puede ser Venezuela, que es el ejemplo más concreto de cómo el orden legal internacional se asume como inoperante para poner fin a una dictadura, y al mismo tiempo legitima la peor forma de intervencionismo, mañana puede ser cualquiera de los demás países de la región.
Qué decir de la situación por Groenlandia, también amenazada y obligada a negociar al ritmo de Trump. Hablamos de un país que pertenece a la OTAN, pero ello no ha impedido que las amenazas estadounidense que, al igual que en Venezuela, sólo explicitan intereses económicos de la superpotencia, se instalan como el mecanismo real de negociación.
No puedo dejar de explicitar mi preocupación al respecto, de tratar de buscar una luz en la ciudadanía estadounidense que se dé cuenta de lo peligroso, para ellos y para el mundo, de elegir como presidente a una persona que se mueve como Donald Trump, o de la necesidad del surgimiento de un frente internacional jurídico en contra de las “locuras del emperador”, con el fin de rescatar el sueño de un mundo que privilegia las relaciones pacíficas, que respeta la autodeterminación de los pueblos, que se guía por los valores y principios de la democracia, ante una amenaza que parece, con mayor claridad que nunca, muy cerca de poner la lápida al ideal del orden establecido con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial.