El país nos habla, escuchémoslo
En una sociedad donde al parecer solo sobreviven los fuertes, aquellos que se abren el camino a codazos, donde la competencia es implacable y donde la acumulación de riqueza y de poder en todos sus matices parecen tener la clave de la existencia, es necesario abordar un proceso de humanidad desde perspectivas muy diferentes a las que se ventilan en la actualidad.
Al observar el teatro de la vida política nacional, evidenciamos una triada de actores representados de una parte por los seguidores de Santos, de otra parte por los seguidores de Uribe y de una tercería donde se agrupan otras corrientes del pensamiento político, que en ocasiones se desplazan sin ninguna dificultad a uno y otro lado, dependiendo de la coyuntura del momento y de los intereses que se quieren proteger.
En torno a ese rodaje, estamos millones de Colombianos, espectadores pasivos, esperando desde nuestra zona de confort, el fin de esa trama, en la que al parecer, por nuestra actitud, nos estuviéramos deleitando. La escena es patética y hasta conmovedora, nos hemos vuelto opinadores –aprovechando las redes sociales- desde la suposición y la inferencia y no desde la certeza. La consecuencia de ello, es que nos enfrentamos a una opinión altamente maleable y manipulable, donde asumimos posturas de aprobación o rechazo, acorde el imaginario que nos creamos para la situación.
Entramos en un juego que cada día resulta más peligroso, el juego de la clase política que atomiza y divide a sus ciudadanos, aplicando el divide y reinaras, frente a un pueblo que olvida que “unido jamás será vencido” y que el “pueblo dividido siempre estará jodido”.
Frente a la paz, nos perdimos en la forma y cada vez nos olvidamos más del fondo. El camino de la paz no se puede transitar sobre un suelo lleno de tachuelas y mucho menos en un recorrido lleno de espinas. El sendero de la paz, aunque suene cursi, exige retornar a la esencia del ser humano, al amor incondicional, al perdón radical, a la aceptación total del otro, al respeto de la diferencia, a la unión.
Duele en el alma, ver como los colombianos nos despedazamos a diario, defendiendo las razones de unos y otros, señalándonos sin piedad alguna, enfrentados en el juego de conocer quién es el peor. Eludimos en ello, la responsabilidad que nos atañe de movernos con lo que nos exigen estos tiempos, que nos invitan a retomar el rumbo, a cambiar nuestro actuar, a asumir con compromiso un proceso de transformación.
En el simplismo de nuestro actuar, pareceríamos olvidar que la historia nos nuestra que los grandes perdedores de las encarnizadas disputas políticas son sus ciudadanos. Muestra de ello, es nuestro hermano pueblo venezolano.
Si las tintas que se gastan para criticar, se emplearan en aportar a la humanidad, tendríamos un mundo de posibilidades y haríamos de la tierra un mejor lugar.
La paz, el cuidado del medio ambiente, el actuar honesto y respetuoso, son competencias indelegables en cada uno de los que habitamos este planeta y que no pueden encontrar –independientemente a sus situaciones- en los gobiernos sus únicos responsables.
Es tiempo de crisis, por tanto de oportunidad. Es momento de que salga a la luz lo oscuro para que el sol vuelva a brillar, es el instante que nos da la historia, para que dejemos la lucha de poder y lleguemos a entendimientos, a compromisos desde la confianza, es la hora de poner a funcionar la magia de la cocreación, para así cumplir nuestro sueño de construir una sociedad para todos más incluyente y mejor.
Antes de señalar a otro, en todo lo que acontece hay una clara invitación a revisar nuestro comportamiento en los procesos electorales, en el ejercicio de nuestros derechos y obligaciones ciudadanas, en nuestro actuar como miembro de familia y de la sociedad. Siento la voz de una patria que clama a gritos que asuma mis responsabilidades, que me exige compromisos frente a quienes decido que me representen, que me pide que actué ya. Y… no quiero negarme a su llamado, por eso asumo el compromiso público de opinar solo desde la certeza, de escribir desde el corazón y sin dañar a los demás, de compartir mi sentir desde el respeto, de acudir a los procesos electorales libremente votando por los mejores, de adoptar las medidas que se requieren para ahorrar luz y proteger el medio ambiente. Me hago responsable de ello y te invito a hacerte responsable de lo tuyo.