El nuevo orden de lo superficial
Vivimos tiempos curiosos, los influenciadores se creen periodistas y los periodistas juegan a ser influenciadores. En esa zona difusa donde todo se vuelve contenido, la cultura digital ha trastocado no solo las formas de comunicar, sino el lugar mismo desde donde se construía la idea de verdad. Lo que alguna vez fue verificación, contraste, investigación y oficio, hoy es storytelling viral, opinión instantánea y self-branding con filtro.
El problema no es que haya creadores de contenido. El problema es que, en su búsqueda legítima por la subsistencia o la relevancia, los medios terminaron imitándolos. Como si no existiera ya una diferencia esencial entre quien opina desde su cuarto y quien informa desde una redacción. Como si informar fuera solo cuestión de volumen, alcance o estilo.
El resultado es una nivelación por lo bajo. Un ecosistema donde el algoritmo impone ritmos, formas y tonos, y donde la urgencia de “pegar” una noticia es mayor que la necesidad de comprenderla. Los medios tradicionales, acorralados por la falta de modelos sostenibles, han empezado a ceder su alma, credibilidad y rigurosidad. Su función crítica. Muchos se han convertido en amplificadores de lo que otros ya dijeron, solo que con mejor edición y menos emojis.
Mientras tanto, los influenciadores se reproducen, pululan, siguen creciendo. Algunos hacen su trabajo con honestidad, otros con cinismo. Algunos aportan debates valiosos, otros sólo ruido. Pero en la mayoría de los casos, no hay exigencia alguna de rigor. Nadie les pide fuentes, contexto o doble chequeo. Su capital es otro: carisma, cercanía, estética. Hablan “como la gente” y eso los vuelve “confiables”. No tienen que demostrar nada, porque no se les exige nada.
Pero existe una diferencia crucial que no deberíamos seguir ignorando. No es lo mismo ser influencer que ser líder de opinión. El primero puede entretener, persuadir o vender. El segundo debe asumir una responsabilidad mayor: informar con criterio, aportar contexto, sostener el pensamiento crítico, incluso cuando no es rentable. Ser líder de opinión implica generosidad intelectual, valentía ética y un mínimo de rigor. Y lo cierto es que, en esta era de hipervisibilidad, muchos quieren tener el alcance del primero sin cargar con el compromiso del segundo.
¿El resultado? Un nuevo orden de lo superficial. Un ecosistema en donde la relevancia ya no se mide por el impacto en la comprensión pública de un tema, sino por la cantidad de “compartidos” que tuvo un clip. Donde el objetivo no es auditar y vigilar al poder, sino entrar en tendencia. Donde gana el que impacta, no el que argumenta.
La paradoja es que, en ese mismo proceso, los influenciadores tampoco se han ganado del todo lo que los medios tradicionales perdieron. Hablo de legitimidad, de responsabilidad pública. Hablo de la ética del oficio. La mayoría sigue operando desde la lógica de la marca personal, no del bien común. Y está bien, no tienen por qué reemplazar al periodismo. El problema es que muchos lo pretenden, y peor aún, muchos medios se lo permiten.
En esa lógica, el periodismo ha perdido el norte. Ya no busca la verdad, persigue la atención. Y en el camino, ha dejado de ser incómodo para volverse complaciente. Algunos aún resisten, con valentía y escasez. Pero el grueso del sistema mediático ha cedido ante la cultura de la inmediatez, como si no hubiera otra opción más que adaptarse al desorden o desaparecer en el intento.
Estamos presenciando la colonización del discurso público por parte de la lógica del influencerismo. Y no por el talento o la malicia de los creadores, sino por la rendición de los medios. Lo que debió ser una sana convivencia entre nuevas formas narrativas y las exigencias del periodismo, terminó siendo una capitulación.
Lo grave no es que haya nuevas voces. Lo grave es que estamos perdiendo las voces que, con todas sus fallas, tenían un pacto con el dato, el contexto y la veracidad. Que el periodismo haya fallado muchas veces, no significa que debamos aceptar un ecosistema donde cualquier cosa dicha con convicción ya es verdad. Porque no todo lo que se viraliza informa, lo que emociona ilumina, ni lo que entretiene, sirve para entender.
Quizá llegó el momento de exigirle menos al algoritmo y más al criterio. Dejemos de seguir ciegamente a quienes saben editar, y empecemos a recuperar a quienes saben explicar. No para negar lo nuevo, sino para defender lo valioso. No para volver al pasado, sino para no hundirnos en este presente de titulares huecos y verdades licuadas.
Lo digital es inevitable. Lo superficial, no.