Después de más de quinientos años
Sin duda que resulta noticiosa la decisión del Presidente estadounidense, Donald Trump, con respecto a las medidas económicas tomadas contra Irán y que, de una u otra forma, afecta también a países que durante largo tiempo se han comportado como aliados de la gran, y por qué no decirlo, exclusiva súper potencia en aspectos político militares. Si bien es noticioso, no lo es tanto desde una perspectiva histórica ya que Occidente, hoy representado sin duda por el gigante del norte, se ha comportado como tal durante muchos años.
Desde mediados del siglo XI, momento en que se concretizan las principales características que definen a Occidente (cristianismo, idea de progreso y secularización), se incuba un proyecto de desequilibrio en las relaciones internacionales en torno a la cuenca del Mediterráneo. Poco a poco y en una parte reducida de la actual Europa, (concepto que casi no se usaba en esa época), llamada por aquellos años como la Cristiandad, empieza a emerger como una potencia que busca competir con el Imperio Romano de Oriente (mal llamado Bizantino) y con la influencia avasalladora que el Islam había generado desde el siglo VII. Durante siglos la Cristiandad fue vista como hombres bárbaros, groseros y toscos antes lo refinados romanos de oriente y, qué decir, de la admiración que profesaban sobre las civilizaciones orientales, en especial la China, de donde provenían ideas, productos y creaciones que fueron adoptadas, atesoradas y reorientadas (no me atrevo a decir mejoradas, por ejemplo el caso de la pólvora) en manos de los occidentales.
Un momento clave en estas relaciones se produce en los siglos XIV y XV, los viajes de descubrimiento y conquista, permitieron consolidar un concepto (que la historiografía no deja de discutir) sobre el Ascenso de Occidente. Un idea bastante aceptada es que Occidente se ha impuesto al resto del mundo, para algunos como producto de la superioridad de una idea que habría emergido en el mundo clásico y que, a modo de postas, se traspasó de griegos, a romanos ( a quienes se les cae el testigo en las invasiones germanas), retomado por la cristiandad, acrecentado con los logros de la ciencia moderna, las revoluciones francesas e industrial y que habría llegado a su máxima expresión en 1914 con un imperialismo europeo que dominó directa o indirectamente la favor parte de la superficie y de las personas que viven en nuestro planeta. Para otros (aquí me inscribo) el supuesto Ascenso de Occidente es el resultado de andanzas colonialistas que, después de varios siglos, se entroncan con un imperialismo homogeneizante y devorador de recursos, expresiones y culturas que no adherirían a los postulados de las principales potencias decimonónicas.
Lo anterior nos lleva a discutir este supuesto Ascenso que, en su máxima expresión, produjo la llamada teoría difusionista, que partía de la premisa de que Occidente ha descubierto la clave del desarrollo y por ende, a los demás países, si quieren acceder a ello, deberían adoptar las estructuras y valores de Occidente (de paso renunciando a las propias que sólo ralentizan y obstaculizan el proceso). Después de tantos años de una imposición o un interés voluntario por copiar el modelo Occidental, ha demostrado que para la mayoría de los países del mundo es un fracaso y el modelo perpetúa y profundiza las diferencias a favor de unas pocas economías “avanzadas” que usufructúan del resto de las economías del planeta.
Las palabras de Donald Trump tienen mucho que ver con esto, la tendencia autoritaria de Estados Unidos (exacerbada por el veleidoso presidente) nos muestran una vez más que Occidente no sólo se piensa a sí mismo sino que también piensa a los demás. Las pretensiones universalistas de Occidente (que son las que permiten explicar el acentuado intervencionismo de Estados Unidos con nefastas consecuencias en países del Medio Oriente, de Asia, del norte de África y de nuestra América Latina) le hacen entrar cada vez en conflicto con otras civilizaciones, de forma muy grave con el Islam, China, Corea del Norte, Libia, Siria, Irak, Irán, Venezuela, Palestina, en fin. La paz en el mundo depende, sin duda, de que Estados Unidos reafirme su Occidentalidad, pero no única y menos universal y que reconozca y valore las manifestaciones culturales de muchas otras civilizaciones y culturas que tienen los mismos derechos. Mantener la paz entre civilizaciones depende de que los líderes políticos mundiales acepten esta realidad y que cooperen en el cuidado y mantención de sus tradiciones.