Derechos, deberes y delirios
Hay algo que está cambiando profundamente en nuestra manera de estar en el mundo. No es solo una cuestión de edad o de cultura, es un cambio en el subsuelo moral. Antes, muchas personas partían de una premisa sencilla: no me lo merezco todo, tengo que ganármelo. Hoy, en cambio, la mayoría parece creer que todo les corresponde por derecho divino, por defecto, por haber nacido.
No se trata aquí de romantizar los excesos de un pasado en donde los derechos fundamentales se convertían en privilegios y muchas personas eran obligadas a agradecer lo mínimo. Esos tiempos no fueron justos, pero tampoco lo es nuestro presente, donde la noción de merecimiento ha sido inflada hasta perder sentido. Ahora cualquier frustración es una injusticia, cualquier límite una agresión, cualquier contradicción una forma de invalidación personal.
Hoy, se ha instalado una narrativa poderosa: la del individuo que debe quererse sin condiciones, validarse sin contraste y afirmarse sin matices. Una narrativa en la que no es necesario construir ni probar nada, porque el yo, por sí mismo, ya justifica todo. Desde esa lógica, el otro se vuelve irrelevante. Mis deseos están por encima de sus consecuencias; mi emoción, por encima de la realidad. De esta manera, la frase “me lo merezco” deja de ser una afirmación ética y se convierte en un escudo narcisista. Y algo se rompe cuando el mundo gira en torno al yo. Se rompen la empatía, el diálogo y el aprendizaje.
El problema no es solo personal. Esta forma de pensar se ha extendido como norma cultural. Los límites, antes considerados necesarios para crecer, ahora son motivo de indignación. Lo importante ya no es lo que haces, sino lo que crees que vales. Y vales todo, siempre. Te entregan la medalla antes de correr la carrera.
En este nuevo suelo moral, no hay espacio para la gratitud, ni para la espera. Mucho menos para el error. Todo debe llegar rápido, validado, garantizado. Se exige, sin saber cómo se construye lo exigido. Se pretende recibir sin haber sembrado. Y cuando el mundo, que sigue siendo imperfecto y complejo, no entrega lo que se espera, aparece el resentimiento, el enojo y la victimización. Lo más grave es que cuando nadie acepta frustrarse, ceder o esperar, la convivencia se hace imposible.
En contraste, generaciones anteriores vivieron otro extremo: la negación sistemática de lo justo. Muchos crecieron convencidos de que no merecían siquiera una vida digna. Les enseñaron a callar, a no pedir, a agradecer por migajas. Ese modelo también falló, porque convirtió la humildad en resignación y el silencio en norma. Pero entre esa sumisión y el delirio actual hay un abismo, y en el fondo del abismo, un punto de equilibrio posible.
Nadie nos debe un lugar en el mundo, pero sí el derecho a construirlo. Merecemos salud, educación y justicia, no como premio, sino como derecho básico. Merecemos que el mundo nos dé las herramientas mínimas para luchar por lo que soñamos. Que no nos condene de entrada ni nos cierre la puerta sin escucharnos. Que no nos humille por intentarlo. Pero más allá de lo justo, todo lo demás se gana o se pierde en el camino. Volver a aprender esto, colectivamente, sería un gesto de madurez.
Merecer, en últimas, no es un derecho absoluto, es una posibilidad compartida. Y quizás ahí esté la clave, no en lo que el mundo nos debe, sino en lo que estamos dispuestos a hacer —con otros, para otros, desde nosotros— para merecer lo que anhelamos.