A cada quien sus culpas y demonios
Hace poco, tomándome un café con unos amigos, nuestra conversación -centrada en el arte, el cine y la música- devino en un amistoso, intenso, pero breve debate histórico y político. Uno de los presentes, con gesto firme y convicción absoluta, lanzó una frase incendiaria: “El fascismo era de izquierda. Mussolini y Hitler eran de izquierda”. El round comenzó, pero rápidamente tiré la toalla y propuse un empate, cuando vi el rostro de tedio del resto de las personas y, además, entendí la imposibilidad de convencerlo de lo contrario. La afirmación, eso sí, me acompañó el resto del día, porque revela una confusión peligrosa que se ha ido instalando en el debate público.
La idea de que Mussolini y Hitler pertenecían a la izquierda se sostiene en una trampa semántica: como defendían un Estado fuerte, centralizado y omnipresente, algunos piensan que eso los emparenta con el comunismo. Y sí, es verdad que la centralización extrema del poder es un rasgo común a varios totalitarismos, como lo muestra la llamada “teoría de la herradura”, a la que le dediqué una columna en el pasado. Los extremos ideológicos, aunque se ubiquen en polos opuestos, pueden parecerse mucho en sus métodos. Pero de ahí a borrar las fronteras históricas que definieron al fascismo como fenómeno de ultraderecha hay un abismo.
El fascismo nació explícitamente como una reacción contra el marxismo, contra el sindicalismo revolucionario y contra la democracia liberal. Mussolini provenía del socialismo, es cierto, pero lo abandonó de manera consciente y pública, acusando a la izquierda de ser débil, internacionalista y antipatriótica. El fascismo se fundó sobre la exaltación de la nación, el militarismo, el corporativismo y el culto al líder. Hitler, por su parte, construyó el nazismo sobre un racismo biológico, un antisemitismo feroz y una idea de supremacía nacional, que nada tenía que ver con las premisas del socialismo.
Es cierto que los regímenes totalitarios se parecen en la forma en que ejercen el poder: partido único, represión brutal, propaganda omnipresente, economía dirigida. Stalin y Mao usaron esas fórmulas en nombre de la izquierda. Mussolini y Hitler las usaron en nombre de la derecha. Pretender que los segundos eran “de izquierda” porque se parecían en las herramientas a los primeros, sería tan absurdo como decir que un pirómano y un bombero son lo mismo porque ambos cargan con una manguera.
El comunismo y la extrema izquierda ya tienen sobre sus hombros a Stalin, con sus purgas y gulags, y a Mao, con el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, tragedias que costaron decenas de millones de vidas. Nadie puede ni debe eximirlos de esa culpa histórica. Pero de la misma manera, el fascismo y la extrema derecha deben cargar con las suyas: Mussolini, con su violencia paramilitar, su alianza con Hitler y sus desastrosas aventuras coloniales; Hitler, con la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y un proyecto genocida que todavía hiela la sangre. A cada quien, sus demonios.
El problema de querer reescribir esta historia es doble. Por un lado, desinforma. Se aprovecha del desconocimiento histórico para sembrar la duda, manipular el lenguaje y construir enemigos imaginarios. Por el otro, relativiza el horror. Si Hitler “era de izquierda”, entonces la derecha puede lavarse las manos y decir que los campos de concentración no son parte de su herencia. Si Stalin “era igual a Hitler”, entonces no hay diferencias entre defender derechos sociales y promover el exterminio racial. Todo se confunde, se banaliza, se convierte en un juego de espejos.
La historia, sin embargo, no admite esos atajos. Cada proyecto político debe cargar con sus aciertos y, sobre todo, con sus crímenes. Y es importante recordarlo hoy, cuando vivimos en un tiempo donde las redes sociales potencian las afirmaciones más estridentes, y donde la verdad se convierte en un bien escaso. No se trata de repartir culpas a conveniencia, sino de reconocer que el siglo XX fue testigo de monstruos de distinto signo. La izquierda radical engendró los suyos, la derecha extrema también.
Lo más saludable es asumir que el extremismo, venga de donde venga, tiende a la violencia y al autoritarismo. Que el poder absoluto, ya sea en manos de un partido comunista o de un führer, se vuelve siempre un arma contra la libertad y la dignidad humana. Y que la democracia, con todos sus defectos, sigue siendo el terreno menos hostil para vivir y disentir.
A cada quien sus culpas y demonios. A Stalin, sus gulags. A Mao, sus hambrunas. A Mussolini, su represión y su guerra fallida. A Hitler, su barbarie genocida. A nosotros, la responsabilidad de no dejarnos confundir, de no olvidar, de no permitir que los revisionismos facilistas reescriban lo que la historia ya nos enseñó con sangre.