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Y después de la pandemia, ¿qué?

Sin duda que estamos viviendo una experiencia que, para la gran mayoría de nosotros, era muy difícil de prever, por la magnitud y la intensidad con que nos ha golpeado y, muy especialmente, por las posibles e insospechadas consecuencias que se esta situación límite se pueden generar, tanto o más insospechadas que la pandemia misma.

La magnitud del desastre se ha expresado en todas las dimensiones en que nos movemos y con un dramático saldo en contagios, pérdidas de vidas, colapsos de instituciones, dudas en las escasas certezas, miedos y, espero, esperanzas.

Algunas partes del “planeta coronavirus” parecen estar volviendo a la normalidad después de días complejos. China y los países europeos, que vivieron antes el problema, parecen marcar un poco el rumbo de lo que debemos hacer aquellos que, en nuestra América Morena, estamos en el peak de los embates de esta pandemia. La pregunta que nos asalta de inmediato tiene relación si estamos en condiciones de poder enfrentarla de la misma manera, ya que nuestra realidad es muy distinta. Esto revive las antiguas nociones de la teoría difusionista del desarrollo, en que sólo bastaba copiar lo que inicialmente había hecho Inglaterra, obviando nuestras condiciones sociales, económicas y culturales estructurales que poco nos emparentaban. La luz de la narrativa histórica, demuestra una mayor complejidad que las visiones más simplificadas que se expresaron en su momento (o, todavía hay algunos que puedan creer que la Revolución Industrial que vivió Inglaterra es simplemente la aceleración del crecimiento económico al incorporar nuevos modos de producción, con prescindencia de las estructuras sociales y económicas subyacentes que favorecieron el paso de una economía de subsistencia a una capitalista). Pero bueno, esta es sólo una afirmación inicial que apunta a esclarecer la complejidad de los procesos históricos.

En nuestro continente la realidad económica de nuestros Estados, las estructuras sociales, la parte de la torta  mundial que nos corresponde e incluso la época del año en que estamos viviendo este flagelo hace que las consecuencias puedan ser más brutales. El sólo hecho de ver los recursos que las naciones avanzadas disponen (siguiendo la lógica económica heredada de la Revolución Industrial entre economías de Centro y Periferia) para ir en ayuda de sus habitantes, la realidad habitacional,  los sistemas de seguridad social, como el sistema público de salud dejan un brecha que resulta muy difícil de soslayar. Si bien es cierto que países como España, Italia, Inglaterra vivieron jornadas de terror, demuestran que el tiempo transcurrido entre el peak de los casos de contagio, y lamentablemente también el de las muertes, con respecto a los indicios de recuperación resultan ser mucho más breve que el comportamiento de la curva en muchos de nuestros países,  por ejemplo en Chile, Brasil, Ecuador, Perú o Colombia. Esto es fiel reflejo de  una realidad desigual que, a pesar de disponer del ejemplo de aquellos que vivieron esta situación extrema, las medidas posibles chocan muchas veces con la dura y compleja realidad.

Lo anterior se ve, para gran parte de nuestro subcontinente (América del Sur), de manera más dramática. A los países del hemisferio norte el impacto les llegó a fines del invierno y comienzos de la primavera. Nosotros viviremos los momentos más duros en la peor época del año para esta situación, y que se puede intensificar con la circulación de otros virus  de complejidades respiratorias, como el sincicial y el de la influenza que alcanzan sus puntos más altos entre los meses de junio y agosto. En Chile, el año pasado, sólo el virus sincicial fue capaz de colapsar el sistema público de salud y con un saldo relevante de víctimas entre los grupos de mayor riesgo que se encuentran en los extremos etarios. Los estudios de especialistas han entregado informes positivos hasta el momento y no han detectado una circulación preocupante de este virus en las últimas semanas.

Todas estas reflexiones buscan entregar luces sobre la intensidad y extensión del fenómeno que estamos viviendo. A pesar de los esfuerzos de algunos gobiernos por adelantar el regreso a la “nueva normalidad”, aún son más las dudas que las certezas al respecto: ¿Cuándo terminaremos las cuarentenas? ¿Cuándo los adultos mayores podrán salir sin miedo de sus casas o tener contactos con sus familiares? ¿Cuándo volverán a la normalidad los servicios públicos y privados? ¿Cuándo se normalizaran las clases presenciales? ¿Cuándo se podrán practicar deportes de manera amateur o profesional? No tengo ni he escuchado respuestas certeras para ninguna de estas preguntas.

Hay cosas que si me preocupan ya que la realidad generada por el coronavirus impactará nuestras vidas de múltiples maneras. Desde una lógica global parece que el virus ha hecho retroceder la globalización y ha empoderado a los Estados Nación en la toma de decisiones. La duda que se impone al respecto es si el protagonismo de los Estados Nación, como una respuesta urgente al coronavirus, trae como consecuencia un declive de lo supranacional o global, tal como lo hemos entendido en las cinco últimas décadas. El Diario El País de España, en marzo pasado, se planteaba en términos de  que la vida humana, amenazada, vuelve al centro de todas las cosas, la primera reacción es aferrarse a lo conocido, que tendremos que aferrarnos en lo cercano y desconfiar de lo extranjero, difuso y global. Nos cobijamos en nuestras raíces, por lo que el péndulo de las relaciones ha decantado hacia lo nacional. Las limitaciones a la movilidad, a los vuelos internacionales, las medidas sanitarias y, en general, todas las respuestas a la pandemia resultan ser más proteccionistas que liberales.

¿Cuál será el impacto de la imposición violenta del teletrabajo? Sin duda que  resulta importante que nos cuestionemos, hemos abierto una puerta, que se dejaba entrever hace muchos años, pero que de alguna manera no se masificaba. Hoy, la cruda realidad ha demostrado que muchos trabajos pueden hacerse desde la casa. Volvemos a la época anterior a la revolución industrial en que el taller funcionaba en la casa y ello puede volver a reposicionar, con un grado mayor de equidad, a las mujeres en el mundo laboral. La tónica de la tercera revolución industrial podría intensificarse, los procesos de tecnificación reducirán las necesidades de mano de obra, muchos de los “empleos tradicionales” (no sé si podemos seguirlos llamando así) desaparecerán y serán reemplazados por aplicaciones, call center y teleconferencias que desterritorializarán muchas de las actividades económicas (que pasara con las especulaciones en el valor del suelo, en especial en las áreas centrales de las ciudades).

Las escuelas, colegios, liceos y universidades han hecho esfuerzos por incorporar, de manera más masiva y cada vez con mayor normalidad, las clases on line. ¿Se deshumanizará el proceso formador? ¿Tiene el mismo impacto en todos  los niveles? Desde hace algunas décadas ya se han instalado programas de estudios superiores que se hacen de manera e learning como b learning, pero con personas que han trabajado las habilidades básicas y los temas actitudinales como elementos centrales de su formación de una manera presencial. ¿Cuál será el impacto en los niños menores que se encuentran en etapas primarias de formación? ¿Cómo afectará al rol que hasta ahora desarrollaban los papás en el proceso formador de sus hijos?, no es para nadie un misterio que muchas de las responsabilidades del hogar fueron trasladadas a los colegios y escuelas desde que el modelo económico obligó a vivir para trabajar.

¿Se profundizará la sociedad de la información? ¿Cómo nos relacionaremos con el inconmensurable  aumento de datos en la supercarretera de la información? ¿De qué manera construiremos y reconstruiremos nuestra conciencia individual si no disponemos de las herramientas necesarias para saber diferenciar lo cierto de lo abiertamente mal intencionado que circula por Internet?, para ello sólo un ejemplo, Cambridge Analytica. ¿Será el fin de las conciencia individual? Y por ende, hablaremos en términos predefinidos por los conglomerados multinacionales que manejan nuestros datos, necesidades, enfermedades, preferencias y que pueden, por ende, influir objetivamente en nuestras opiniones y decisiones.

Será posible también que la pandemia nos devuelva a la comunidad, nos acerque a la Junta de Vecinos, al Club de Barrio, a los espacios culturales y nos aleje del Mall y de las prácticas mercantiles superfluas que han construido una sociedad materialista donde las personas se valoran por lo que tiene y no por lo que son. Que el Homus Politicus, amenazado por la sociedad del consumo, sea capaz de levantarse de sus cenizas y cual ave fénix, pueda resurgir con fuerza relegando al Homus Economicus a un nivel secundario. Este sería más un sueño que una realidad, las utopías se perdieron en espacios distópicos, la tecnología facilitará las prácticas consumistas y atentará contra una sociedad más solidaria, inclusiva y que reconozca en cada uno de sus espacios la verdadera naturalidad de la política, aquella que dialoga  y entiende sobre problemas reales de gente de carne y hueso y no como la política profesional que se ha desentendido de los problemas reales, que cae en meras luchas de poder, en que importan más lo agregados macroeconómicos que la vida de las personas y que sólo ha servido para llenar el bolsillo y el vientre de los mal llamados servidores públicos que se eternizan en espacios de poder.