Vida y coronavirus
No vale la pena reiterar aquí los efectos terribles que el coronavirus ha tenido sobre nuestras sociedades, más allá de los modelos ideológicos que la sustente. La muerte, la enfermedad, la pérdida de libertades individuales, la inseguridad, el encierro, el miedo, en fin todos ellos elementos que se han acercado a nuestra existencia y se han hecho cotidianos.
Resulta muy complejo construir una imagen del vaso medio lleno en estas circunstancias, más aún cuando la pandemia se instala y el círculo se nos acerca de manera dramática: ya sabemos de más de algún conocido, familiar o amigo, que ha padecido sus consecuencias en términos de salud, pero también en las consecuencia socioeconómicas y el drama del desempleo, de comprometer los ahorros (para quienes los han podido generar) o pensar definitivamente en prácticas de racionamiento y en comprometer aspectos que considerábamos básicos en nuestra forma de vida.
La experiencia nos ha puesto en una situación extrema, existencial que ni los más fantasiosas mentes del cine y la televisión pudieron describir con certeza, ni qué decir del resto de la comunidad y en especial de la clase política que, a casi ocho meses de experiencia en el mundo, sigue justificándose en lo impensado de esta compleja realidad.
Pero por la misma experiencia vital del hombre, la pregunta que se nos impone es, ¿qué podemos aprender de ésta crisis existencial?, más aun en las incertezas que nos movemos, en la tendencia creciente del hombre de intervenir y modificar ciclos naturales, puede instalarse la idea de que mañana puede ser otra amenaza que nos ponga en los límites de la vida y que venga a ponernos en situaciones parecidas a las que nos encontramos hoy.
Lo primera que se agolpa en mi mente es que debemos avanzar en sistemas de seguridad social de tipo universal, las preocupaciones deben sentarse en las necesidades de las personas y no en el funcionamiento del mercado o el supeditar la vida en pos de los indicadores macroeconómicos. La salud, las pensiones, los seguros de cesantía, la vivienda deben estar pensadas en las personas y no ser espacios de especulación y enriquecimiento. En momentos inciertos, tristes y oscuros, al menos la vida y la subsistencia deben estar veladas por un sistema que parte de las personas y está pensado para las personas.
La educación dará un salto en virtualidad, no sé si será en calidad, en especial por las limitaciones que de las mismas autoridades han surgido de lo que debemos hacer en tiempos de pandemia. Las priorización curricular nos dice que no estamos en condiciones de proyectar los mismos logros que en un sistema presencial, pero no ha dejado de ser interesante como la crisis ha sido un verdadero acicate para pensar nuestros sistemas educativos en función de la situación de crisis. El acceso a equipos computacionales y a Internet no puede ser visto como un privilegio, es una necesidad. La lógica mercantil del servicio mantiene a millones de estudiantes latinoamericanos lejos de los virtuales procesos educativos y pensando en repetir el año escolar. El Schok en la adaptación tecnológica es una realidad y es muy posible que pronto aparezcan los jardines infantiles, las escuelas, colegios y liceos virtuales que funcionen aún después de la pandemia.
El estímulo (inesperado y menos deseado) nos ha puesto en una situación en que debemos dar respuesta a las necesidades de nuestros estudiantes, familias y sociedad. ¿Cómo compatibilizamos los procesos cognitivos, con la relevancia del desarrollo psicoafectivo y de las habilidades de nuestros estudiantes? Han aparecido muchas propuestas que llenan nuestros correos pero que, al participar de ellos son solo más de lo mismo y que, muy en la lógica del mercado, venden con un alto nivel de marketing, las mismas interrogantes y ni una sola nueva respuesta. La crisis, la educación y el mercado se hermanan para ofertar cursos y propuestas que son más un producto de la coyuntura que se alimenta de necesidades, pero que construye muy pocos satisfactores reales.
Uno de los aspectos que considero positivos es la tendencia a disminuir el consumismo y volver por los derroteros de acceder al mercado con una lógica de subsistencia y no de apariencias. El cierre obligado de muchos mall y centros comerciales, la apertura de las actividades esenciales pueden aportar, desde la obligatoriedad, a darnos cuenta del nivel de consumo superfluo que hemos desarrollado. Nos hemos dado cuenta por meses que podemos sobrevivir con lo justo y necesario y no caer en compras que no alimentan ni en cuerpo ni el espíritu, solo el ego.
Nos hemos reencontrado con el espacio doméstico, hemos vuelto a recorrer rincones físicos y espirituales que teníamos un poco olvidados por la tendencia, muy en el discurso mercantil, de externalizar nuestras actividades. Espero que cuando volvamos a una cierta normalidad los cumpleaños y demás festividades se celebren en casa, con la familia y con los verdaderos amigos (más allá de las apariencias), que el espacio para compartir una buena mesa no tiene que ser el bar o el restaurant de moda, la mesa del comedor de la casa cumple mejor con todos los requisitos para compartir con la pareja, con los padres, los hermanos y con los amigos que nos ha regalado la vida. Que la mejor forma de expresar el afecto es pensar en nuestros invitados y que nuestros invitados piensen en nosotros, que más allá del emplatado, el ceremonial está puesto en el afecto que cada una de esas preparaciones tiene en términos del tiempo invertido y disfrutado.
Hemos vuelto a leer más de un viejo libro, aquellos que nos marcaron y que fueron un verdadero faro en nuestras concepciones más profundas y en las más complejas decisiones. No olviden nunca que la lectura es siempre contextual, por ello, siempre descubrimos algo nuevo cada vez que volvemos a leer un gran libro, más aún cuando nuestras sensibilidades están tan a flor de piel como en estos momentos.
Reencontremos genuinamente con nuestros afectos, volvamos a darle una vuelta a nuestras diferencias y en especial con aquellos que las hemos explicitado, busquemos en el baúl de nuestro corazón los más delicados recuerdos y subámoslos a la balanza de las añoranzas. Llenemos nuestro corazón de recuerdos, de los buenos y de los otros también, despojémonos de corazas inútiles que poco nos han servido, escribamos un correo o whatsapp al amigo o familiar que en algún recodo del camino dejamos con más de una soberbia de lado o con el que cometimos una injusticia que la ira nos ha impedido reconocer. Aprovechemos desde la más genuina humanidad, aquella que Petrarca describía como la que nos hace mejores personas, que la situación de crisis nos pone más allá del coronavirus.