Tratando de ir más allá de un Frankenstein discursivo
Quiero expresar algunas consideraciones iniciales a modo de contexto de la siguiente reflexión y al mismo tiempo asumir el desafío de darles un sentido, ya que mi mente discurre entre muchas consideraciones que creo que son relevantes y que me increpa a tratar de expresarlas.
No quiero construir un verdadero Frankestein discursivo, muy por el contrario estoy buscando la posibilidad de darle un sentido y trascendencia a variados temas que se me han visibilizado, a través de diferencias experiencias, en los últimos días.
Leyendo a Adela Cortina, en especial en sus reflexiones sobre moral y ética, me quedó dando vueltas la afirmación de la destacada filósofa española de que, más allá de la genética egoísta o altruista que nos mueve, los seres humanos hemos desarrollado la capacidad de cooperar, de trabajar en conjunto y lo justifica haciendo referencia además al famoso dicho de que “nunca veremos a dos chimpancés juntos llevar un tronco”.
Pero agrega algo un poco más profundo, estamos dispuestos a dar, a cooperar porque tenemos vivas expectativas de recibir algo a cambio.
No se trata de expectativas que sean necesariamente inmediatas o directas, pero en la práctica cooperamos con aquellos que sentimos que hoy o mañana, que ellos o alguno de sus familiares o amigos, en algún momento nos devolverán la mano al respecto.
El origen de esta particularidad estaría en las primeras sociedades cazadoras recolectoras que dependían de la cooperación para la supervivencia en una vida mucho más precaria y amenazada que la nuestra.
Es el mismo contexto el que justificaría otra característica de nuestro espíritu de cooperación que hemos desarrollado, que se hace más fácilmente con aquellos que están dentro del grupo, aquellos que conocemos, con los cercanos, con los que se parecen a nosotros, ya que las sociedades cazadoras recolectoras construyeron una visión de que lo peligroso, la amenaza viene desde fuera.
Esa misma idea, un poco más compleja, la hemos conceptualizado actualmente a partir de los estudios sobre la otredad, es decir, del reconocimiento del Otro como un individuo diferente, que no forma parte de la comunidad propia.
Con respecto a las ideas instaladas anteriormente un par de reflexiones que me parecen relevante.
Ya hemos discutido que la globalización, como un proceso de occidentalización del mundo, se instala en la lógica de asimilar al Otro y promueve tendencias en las esferas políticas, sociales, económicas que tienden a la homogeneización y que se perciben, por aquellos que se sienten legítimamente diferentes a Occidente, como una amenaza de sus costumbres y tradiciones.
Es por ello que movimientos integristas religiosos y étnicos reaccionan, desgraciadamente con mucha violencia, tal como los tristes ejemplos de los que hemos tenido muestras más que terribles durante la última semana.
La situación vivida en Afganistán nos debe llevar a reflexionar sobre esto, evaluar las consecuencias de la intervención de Occidente en un mundo que proyecta manifestaciones culturales muy diferentes.
Debemos sentir que vale la pena sin duda reflexionar al respecto y en la medida de lo posible arribar a experiencias que nos permitan insumos para la toma de decisiones en situaciones futuras similares.
Pero también la lógica global nos puede llevar a pensar en términos de ésa particularidad del ser humano, pensada a escala institucional y global, de la tendencia a colaborar con la expectativa de recibir algo a cambio.
Recuerdo que, bajo el gobierno de Ricardo Lagos en Chile, específicamente en el año 2004, cuando Ignacio Walker es nombrado ministro de Relaciones Exteriores, expresó que la firma del Tratado de Libre Comercio entre Chile y Corea representaba el acuerdo entre dos economías exitosas, una del Asia Pacífico y otra del cono Sur de América.
Lo anterior lleva implícita la idea de que se colabora siempre con la preocupación en la reciprocidad de beneficios, pero la pregunta que surge, desde una perspectiva ética, entendida como aquella expresión de la filosofía que busca reflexionar sobre el contexto moral, con una cierta sensibilidad de justicia, es ¿qué pasa con aquellos países que no tienen nada que ofrecer? El contexto económico global es sin duda discriminador y excluyente, aquellos que no tienen nada interesante que ofrecer quedan en el camino.
¿Por qué nadie firma un tratado de libre comercio bilateral con Haití? ¿Por qué el Brexit? ¿Por qué el África subsahariana es una de las regiones del mundo menos integrada a la economía global? Creo que podemos aventurar algunas respuestas.
Lo mismo sucede a escala de nuestras relaciones personales, son muchos los que plantean que las relaciones de “amistad” de muchos, están pensadas en función de cuando me puede servir o redituar la relación con tal o cual persona y por ende, aquellos que no tienen nada que ofrecer en dichos términos, más aún en una sociedad materialista donde importa más que se tiene que se es, deja al pobre totalmente excluido.
Desde esta perspectiva se instala, por la misma Adela Cortina, un nuevo concepto, la “aporofobia”, un neologismo aceptada por la Real Academia de la Lengua Española recién el año 2017 y que nos increpa a repensar muchas situaciones.
La aporobobia es el odio al pobre, es un concepto necesario para visibilizar un problema que no tiene expresión física, que no se puede apuntar con el dedo y que por ende requiere de un nombre para que podamos pensar muchas de nuestras acciones en función de esta realidad.
Pareciera que la aporofobia ha reemplazado a la xenofobia, en la España de Adela Cortina no se odia al extranjero que viene del norte, con mucho dinero que gastar, muy por el contrario se le atiende y se agasaja, a tal punto, de que los ingresos por turismo se ubican en el primer lugar y muy por encima de otras actividades productivas del país ibérico.
Situación muy distinta con aquel que en condiciones muy adversas y de duras realidades, buscan cruzar el Mediterráneo en medios peligrosos y precarios sin mucho que ofrecer bajo el contexto de nuestra sociedad actual.
Una sociedad que valora, como decía Huidobro en cuanto sonante tenga en el bolsillo, no será capaz de reconocer el valor de la diversidad cultural, del sentido de justicia y menos del sentido de gratuidad, ello no tiene expresión económica y no facilitará relaciones de cooperación pensadas en la reciprocidad.
Reclamar que la globalización reniega de la etnicidad, también debe tener sus bemoles y cuidados.
En cierto grado necesitamos generar niveles de objetividad en las declaraciones que realicemos que apunten a realizaciones humanas concretas.
Los seres humanos tenemos una predisposición a las declaraciones, pero descuidadnos las realizaciones y olvidamos que se nos pondera más por lo último que por lo primero.
En esta lógica y en la búsqueda de un marco que asegure niveles de convivencia deseables, es que hacemos declaraciones y cuando ellas llegan a socializarse, por ejemplo al más alto nivel, el de la humanidad, es cuando suponemos que alcanzan el mayor grado de objetividad, ya que partimos de la idea de que hemos sido capaces de consensuarlo.
Estoy claro que sus mentes ya están pensando en la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”, sin duda representa el máximo nivel al respecto, pero al mismo tiempo demuestra que somos buenos para declarar y muy malos para realizar, casi todos los países del mundo que la han firmado han sido acusados de violaciones a los preceptos de dicha Carta.
Me asaltan una serie de preguntas que pueden dar un poco de continuidad y algo de coherencia a este Frankestein discursivo, ¿Por qué dicha declaración tiene aspiraciones de universalidad? ¿Realmente existe un nivel plantario de su aceptación? ¿Resulta ser más una imposición que poco o nada tiene que ver con países como Afganistán? ¿Cuán respetuosa es de las expresiones de etnicidad? ¿Han sido planteadas en pos de una verdadera sensibilidad moral que apela por el más alto nivel de justicia y de colaboración sin mezquinas intenciones? Sinceramente no me atrevo a responder ninguna de estas preguntas, pero algo debo decir al respecto.
Uno de los más grandes poetas medievales persas Saadi Gulistán escribió, en 1258, “El Jardín de rosas” o también conocido como “Rosaleda”.
Estamos hablando de un hombre de hace casi 800 años y, tanto él como su obra, resultado de un humus cultural que nos puede parecer, a muchos de los que nos “definimos como Occidentales”, de lo más lejano y, por qué no decirlo, en términos de otredad, amenazante.
Rescato el siguiente párrafo de su obra: “Los hijos de Adán se asemejan a los miembros de un solo cuerpo. Todos ellos comparten la misma esencia en la creación.
Cuando uno de sus miembros siente dolor, los otros miembros no encuentran descanso. Oh tu que no sientes en ti el sufrimiento de la humanidad, no mereces que te llamen ser humano”.
Setecientos años antes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, un intelectual persa musulmán, inspirado en un concepto de tradición judeo cristiana, nos permite develar el sentido profundo de dicha declaración con aspiraciones de universalidad.
El hecho es que más allá de las más variadas tradiciones culturales, de los principios religiosos que nos pueden inspirar, lo que está a la base de nuestra humanidad es la dignidad de la persona humana, es por ello que no se puede justificar ninguna declaración y menos realización que atente contra ella, que desprecie la vida de cualquier persona, que se crea con el derecho de menoscabar, despreciar o excluir.
Aquel que quiera justificar la violencia en Afganistán, que busque defender intereses mezquinos disfrazados de intervencionismo humanitario, que niegue el valor de la diversidad, que discrimine porque no cumple con estándares globales o porque, en una sociedad materialista, tiene muy poco que ofrecer; aquel que puede llegar a justificar tales acciones y a no ser capaz de generar una sensibilidad moral que lo lleve con fuerza a denunciar todo aquello que provoque dolor a otro miembro de nuestra comunidad planetaria, es porque no está consciente de su humanidad.