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Terapia de conversión: Métodos desesperados

Hoy les hablaré de una historia triste, trágica y turbia (las 3T) que tuvo lugar en Londres en los años 70s. Barbara Daly Baekeland era una mujer 10/10, hermosa, millonaria, y de la alta sociedad neoyorkina, con una vida casi perfecta. Estaba casada con el millonario Brooks Baekeland, y llevaban una vida glamurosa sin restricciones.

Y aunque lo tenía todo para ser feliz, su vida era una mentira. La verdad es que su matrimonio era de apariencia, porque ambos eran infieles. No obstante, y pese a todo, tuvieron a su único hijo, Antony, en 1946.

Barbara no era una mamá convencional y, aunque amaba a su hijo, el vínculo que tenía con él no era muy sano, más bien era de codependencia y obsesión. Ella veía a su hijo como su único apoyo emocional frente a su crisis matrimonial. Cuando Antony llegó a la adolescencia, descubrió su homosexualidad y fue entonces cuando su mamá,quien estaba aferrada a las estrictas normas sociales y a esa imagen de perfección, no lo aceptó por vergüenza y por la creencia de que había fracasado en su crianza.

Debido a esto, Barbara tomó una fuerte decisión para “curarlo”. En un comienzo, intentó que su hijo tuviera sexo con trabajadoras sexuales con la idea de que así podría forzarlo a reorientar su deseo por las mujeres.

Sin embargo, después hizo lo inimaginable: tener sexo con su propio hijo, lo cual marcó el inicio de un trágico final. Después del divorcio de sus padres, la salud mental de Antony cada vez se deterioraba más porque no solo lidiaba con el trauma del incesto y la presión de su madre, sino también con su crisis de identidad.

La mañana del 17 de julio de 1972, en Londres, en un violento arrebato, Antony apuñaló a su madre con un cuchillo de cocina, causándole la muerte. El matricidio conmocionó a la alta sociedad inglesa y estadounidense, las cuales de inmediato intentaron minimizar el escándalo.

Antony había sido previamente arrestado por intento de homicidio contra su madre, pero fue declarado inimputable por enfermedad mental e internado en una clínica psiquiátrica brevemente. Años después, luego del matricidio y de otro intento de homicidio pero esta vez en contra de su abuela materna, Antony es enviado a la prisión de Rikers Island en Nueva York a esperar su juicio, en donde se suicidó en 1980, a los 34 años de edad.

Esta trágica y oscura historia se convirtió en un libro, gracias a los autores estadounidenses Natalie Robins y Steven M. L. Aronson, llamado ‘Savage Grace’ (o ‘Gracia salvaje’) en 1985. En 2007, el libro sirvió para la adaptación cinematográfica del mismo nombre dirigida por Tom Kalin y protagonizada por la ganadora del Oscar, Julianne Moore.

La historia de Antony, tristemente, es solo una de las muchas manifestaciones de intolerancia que aún se ven alrededor del mundo en contra de los miembros de la comunidad LGBTIQ+.

En un reciente informe de la ONU, se explica cómo las personas con orientaciones sexuales homosexuales e identidades de género distintas a su sexo registrado sufren no solo la discriminación, sino también la violencia y diversas formas de tortura con el objetivo de “curarse”

Una de estas prácticas son las llamadas terapias de conversión, que toman la forma de exorcismos, tratamientos psicológicos a la fuerza e incluso violaciones.

Actualmente, 69 estados en el mundo penalizan las relaciones homosexuales consentidas entre adultos, lo que quiere decir que 2.000 millones de personas viven en contextos discriminatorios, o sea, un tercio de la población mundial.

“Esta criminalización tiene consecuencias cuantificables en términos de salud pública y acceso a la educación”, afirma Víctor Madrigal-Borloz, abogado costarricense y experto independiente en la protección contra la violencia y la discriminación por motivos de orientación sexual e identidad de género.

Adicionalmente, el experto explica que los jóvenes LGBTIQ+ abandonan la escuela tres veces más que los que no son parte de la comunidad, y que, debido a la falta o limitación de programas de educación sexual, las personas trans se infectan de VIH/SIDA 47 veces más que los hombres homosexuales e incluso 76 veces más que la población general.

Madrigal-Borloz presentó un informe ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en el que recogió el testimonio de personas lesbianas, bisexuales, gays, trans y de género diverso que fueron víctimas de estas “terapias” que pretenden cambiar su orientación o identidad de género porque los demás afirman que están “enfermas”.

No hace falta leer mucho para asegurar que las terapias de conversión causan profundos traumas físicos y psicológicos en las personas que las sufren, y es por ello que las Naciones Unidas concluye que equivalen a tortura u otros tratos crueles, inhumanos o degradantes.

La petición del abogado costarricense es que los estados prohíban estas prácticas, derogando las leyes que las permiten, así como las que penalizan la diversidad de orientación sexual e identidad de género. Igualmente, pide que se tomen medidas urgentes para proteger niños y jóvenes ‘queer’ (queer: persona cuya orientación sexual o identidad de género no se ajusta a las normas tradicionales).

Así como este abogado costarricense, muchas otras personas que trabajan en los Procedimientos Especiales del Consejo de Derechos Humanos se ocupan de situaciones de países específicos o de cuestiones temáticas en otras partes del mundo.

Ellos no son funcionarios de la ONU, sino que lo hacen de manera voluntaria, por lo que no reciben un salario por su trabajo. Es una labor que hacen como independientes porque quieren proteger a las personas que sufren violencia y discriminación por su orientación sexual o identidad de género.

Madrigal-Borloz cree en un mundo libre de la criminalización de la orientación sexual y la identidad de género y cree, en particular, en la eliminación de las terapias de conversión.

Como mamá, puedo decir que siempre me cuestiono si soy muy dura o muy blanda en lo que se refiere a la manera cómo estoy educando a mis hijas, es mi constante. Sin embargo, hay algo que sí tengo claro y es que siempre las apoyaré en sus decisiones, porque finalmente se trata de su vida, no de la mía. Por supuesto que expondré mi punto de vista, pero no las atacaré o impondré mi pensamiento por encima del de ellas.

¡A eso vinimos los padres; a orientar a nuestros hijos, no a hacerles daño!

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