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Sobre “la revolución reflexiva”

La lógica global que vivimos actualmente nos acelera los procesos de cambios y eleva al máximo histórico las incertidumbres. A diferencia de períodos pasados, las metanarraciones han desaparecido y parecemos enfocados a enfrentar situaciones por siempre emergentes que nos impiden definir con claridad cuándo dichos procesos se iniciaron y lo peor es que tenemos pocas esperanzas de que terminen.

Lo anterior adquiere mayor realismo si pensamos en los estallidos sociales que  nos han afectado y las consecuencias de la pandemia que se hacen más agudas por las estructuras socioeconómicas propias de nuestra realidad. Nos movemos en la contingencia de las cosas, nos comportamos como verdaderos bomberos que tratamos de apagar los incendios que se revelan una y mil veces y con poco tiempo para detenernos a pensar, pero de verdad, en nuestras más profundas problemáticas.

Lo anterior redunda en una época de dispersión de los discursos y las narrativas que se construyen, lo que echa más leña al fuego de esta hoguera que nos absorbe, nos conmina, nos consume y no nos deja ver el bosque. Es muy factible que caigamos en lo que Maquiavelo llamó en su tiempo “los poetas desarmados”, para referirse a aquellos que escriben algo que les parece justo, pero que la dura realidad los termina por doblegar. Producen una tremenda brecha entre lo esperado y lo posible y se olvidan de que los procesos históricos (como los procesos políticos para Maquiavelo) se desarrollan de manera parcial,  resulta muy complejo entender que los propósitos se realizan siempre parcialmente, porque nunca la transformación va a ser total y definitiva. La historia, como la vida misma, a diferencia de otras obras humanas, no tiene un final.

De más está decir que todo lo anterior nos lleva a entender que vivimos en una época marcada por su complejidad, es muy difícil leer el mundo en que vivimos y encauzar nuestros esfuerzos hacia tareas que superen la cotidianeidad y que le den sentido a nuestras acciones. No olvidemos que el sentido es lo que trasciende a la mera existencia, es aquello que va más allá de la suma de acciones individuales y que apunta hacia una meta, un significado, ya sea como propósito o como forma. Este discurso tan propio de la segunda modernidad, tan relevante en su momento para intelectuales de variado cuño, parece desaparecido en un mundo de contingencias e incertidumbres.

El tema que busco instalar es que hoy, en un mundo cada vez más disperso, ¿dónde podremos encontrar referencias y referentes que nos permitan ordenar un poco nuestras vidas? Estamos en condiciones de ponernos a pensar en nuestros reales problemas que van más allá de la contingencia de un estallido social, de una guerra, de una crisis política, de una epidemia. Por favor que no se entienda que estoy minusvalorando la preocupación por entenderlos y enfrentarlos, muy por el contrario, creo que es necesario generar un sistema de pensamiento integrador que posibilite la acción y que nos impele a tomar las mejores medidas en función de un mundo en el que queremos vivir y en el que debemos enfrentar de manera cada vez más seguida conflictos que no entendemos y que supera nuestras capacidades de acción.

En dicha búsqueda me encontré con el libro de Ximena Dávila y Humberto Maturana (gran intelectual chileno recientemente fallecido), titulado “La Revolución Reflexiva”. La tesis central de su texto es que los grandes cambios no se producen sino hasta que empiezan a cambiar los individuos, en sus localidades y en sus contextos personales, para luego tocar a personas cercanas. Así, las transformaciones se mueven como un virus, que va contagiando de uno en uno, hasta formar un movimiento.

Los autores son descarnados para evaluar la situación en la que nos encontramos. Hemos llevado a nuestro planeta a un límite, lo que hace tremendamente necesario reconocer que estamos en un punto de inflexión en el que no podemos esperar y demanda decisiones radicales para que nuestra supervivencia como especie tenga continuidad (he ahí el significado). Los fenómenos de los que debemos dar cuenta tienen relación con una sobrecarga poblacional, acompañada de nuestro afán de competencia, poder, acumulación  que ha mermado los recursos naturales y ha puesto a una enorme cantidad de personas en una situación de pobreza y de hambre.  La epidemia de coronavirus sólo vino a abrirnos los ojos de una realidad que muchos no querían ver y que pone en entredicho el modelo de sociedad que hemos construido hasta ahora. Al mismo tiempo, plantean los autores, la epidemia es una oportunidad única  para cuestionarnos en función del mundo en que vivimos y qué queremos conservar y cambiar de él.

Para no caer en la categoría de “poetas desarmados”, los autores se plantean, en términos de trascendencia y significado, es decir, en lógica de sentido,  y advierten que la primera pregunta que debemos hacernos (que no es cómo enfrentamos la epidemia, las guerras o los estallidos sociales, pero que sin duda, nos ayudarían a solucionarlos) tiene relación con ¿qué tipo de sociedad queremos construir, una colaborativa o una competitiva? Y nos aclaran….

La sociedad de la competencia  exige siempre que alguien sea más apto y que los demás se sometan a su dominio y se ha instalado a nivel psicológico: la psiquis de la competencia. Impone una realidad en la que es necesario alcanzar ciertas credenciales  o cierta apariencia de exhibir logros ante los demás. Por ello propone una identidad que solo puede configurarse en el resultado de las competencias en las que participamos. Se compite en el colegio, en la universidad, en el trabajo y hasta en las relaciones de amistad.

Se traza un estatus en el que nos alzamos, que nos conmina a ponernos sobre otros, lo que redunda en un proceso peligroso de invisibilización general, impide que podamos vernos, descubrirnos y querernos a nosotros mismos como individuos y a los demás. Es un vivir en que nos referimos a los “bueno” como lo “mejor”, implica que no tenemos que ser sólo buenos en los que hacemos, tenemos que ser los mejores y de paso buscamos el sometimiento y la negación del otro. La competencia es permanente, no tiene límites, genera adicción, pero al mismo tiempo una permanente sensación de vacío. Por ejemplo, y como lo hemos compartido en otras columnas, la “meritocracia” hace referencia a estar por encima de otros, a merecer más que otros, a negar el valor del otro. Provoca negación, dolor y falta de respeto y en el proceso largo impide ver lo que es evidente: que siempre, en todo lo que hacemos, es posible aprender de los demás, tanto como ellos de nosotros y que siempre podemos colaborar.

Una sociedad colaborativa  requiere, primero que todo, un reseteo psíquico y de funcionamiento de todos los espacios de socialización, desde la familia, la escuela y hasta la sociedad. Este debe partir de aquello que nos define como especie, nuestra capacidad de reflexión en la que nos detengamos a valorar aquello que queremos mantener y lo que necesitamos cambiar. Un espacio de reflexión que no excluya, que respete nuestras diferencias y genere acuerdos desde nuestra vida familiar. La pandemia se ha elevado a un riesgo vital, nos conmina a colaborar respetando cada uno las conductas que impiden la propagación del virus, nos ha desnudado en términos de la realidad de la pobreza, el hambre y la discriminación y nos invita a re-pensar nuestro vivir, hasta llegar a un entendimiento que nos permita actuar de manera adecuada, no sólo para con la pandemia, sino que para con la vida.

Si seguimos enseñando a nuestros hijos en la psiquis de la competencia, si las relaciones de amistad están definidas en función de nuestros éxitos (que son los menos) y ocultamos nuestros fracasos (que son los más) y favorecemos espacios de pura exhibición; si en las relaciones profesionales pensamos siempre en términos competitivos, de poder y por ende, de sometimiento, debemos tener claridad de cómo será el futuro que legaremos a las siguientes generaciones… esa de nuestros hijos, nietos y bisnietos.