¿Qué nos pasa?
Cada día el hombre, las comunidades, las regiones, el país, el mundo se entrecruzan y se vuelven más complejos. Todo este maremágnum lo conocemos a través de las redes sociales y los medios de comunicación que son los canales para divulgar este particular virus de violencia o agresividad. Muchas veces las noticias son difundidas con profundo sensacionalismo o amarillismo, tratando de que impacten en el espectador y, sean como lo que se acostumbra ahora, virales. Los titulares erizan los vellos y crispan los nervios, tanta es la fuerza emotiva de las informaciones que, sin temor a equivocarme, no hay un ser sobre la faz de la tierra que no sufra de estrés, de paranoia, de neurosis obsesiva durante el resto del día, de la semana, después de escuchar o ver un noticiero. Ronda una especie de virosis agresiva entre los habitantes de la tierra. Sintiendo este panorama tan alarmante, lo más seguro es que todos estemos ad portas de la demencia.
No hay un segundo feliz en el universo, no hay un instante sobre la tierra que no traiga el espectáculo de la muerte, el despilfarro vanidoso de los ricos, de los opulentos, de los magnates en contraposición de la lástima que produce la flacura de la pobreza, las fotos de la desnutrición. La permanente inseguridad que nos vuelve vulnerables frente a la delincuencia y frente a la loca velocidad que, en cualquier segundo, nos arrastrará hacia la muerte, sin piedad y sin ley que nos proteja.
Hasta la naturaleza (que uno la ha llamado Madre) se ha rebelado en contra nuestra. Tal vez sea una actitud de venganza, azotándonos con tormentas eléctricas, tornados, terremotos, aludes, deslizamientos, huecos inmensos que se abren en las ciudades, inundaciones, sequías terribles, maremotos, tsunamis, nevadas, nieve derretida, calentamientos.
¿Qué nos pasa? Me pregunto ansioso. No se puede detener este torbellino de perversidades. Este vórtice de sangre que empaña toda la capa terrestre incluyendo los atroces crímenes cometidos contra las especies marinas. Me duele pensar que el hombre ha convertido a su propio mundo en una caneca inmensa en la que arroja toda la basura que se produce, acción que se hace sin la menor pizca de sensibilidad, de amor por el planeta. Parece que se siguiera allí en esa cloaca sin chistar, sin reclamar, ciegos ante tanta insalubridad y matándose para buscar un espacio en esa caneca universal.
A propósito de todo lo anterior, vienen a mi mente dos teorías de dos grandes pensadores: La primera de Thomas Hobbes: “El hombre es un lobo para el hombre”, “homo homini lupus” en latín, es una frase célebre extraída de la obra dramática Asinaria creada por el comediógrafo latino Plauto (250-184 a. de C.). Sin embargo, fue popularizada por el filósofo del siglo XVIII Thomas Hobbes en su obra El Leviatán (1651), bajo el juicio de que el estado natural del hombre es la lucha continúa contra su prójimo. Parece que el hombre hubiera sido creado para destruir a su semejante porque este no le permite desarrollarse. Hobbes, al parecer, caracteriza tal estado natural como una "guerra permanente de todos contra todos", un estado en el que "el hombre es un lobo para el hombre". Lo anterior tiene sentido en este mundo, es el animal salvaje que el hombre lleva por dentro capaz de realizar grandes atrocidades y barbaridades contra elementos de su propia especie. Acciones permanentes que los medios de comunicación difunden sin censura alguna: montar y dirigir guerras, vender armas, cometer genocidios, etnocidios, practicar exterminio a un grupo social, realizar atentados, asesinatos y secuestros; someter a otros individuos a la esclavitud, migraciones forzadas, violaciones a niñas y niños, violaciones colectivas, feminicidios, tráfico ilegal de personas, de drogas, de órganos, de niños, robos, extorsiones, etc.
La segunda teoría es de Jean-Jacques Rousseau que también, según sus postulados, es aplicable a nuestro mundo. La frase más reconocida es que “el hombre es bueno por naturaleza”. En esta novela “Emilio” (1762), donde Rousseau expone sus teorías de la educación que tanto influirían posteriormente en el desarrollo de la pedagogía moderna, se explica que el ser humano está orientado naturalmente para el bien, pues el hombre nace bueno y libre, pero la educación tradicional oprime y destruye esa naturaleza y la sociedad acaba por corromperlo. En realidad, las teorías mencionadas son un espejo en el que nos podemos reflejar. Incluso, a pesar de que datan de muchos siglos atrás, se puede decir que están vigentes.
Es cierto que existen tantos factores culpables de esta hecatombe mundial que no se alcanzaría a enumerarlos. Por ejemplo, la contaminación. La deforestación. La corrupción. La intolerancia. Las leyes, creadas por el mismo hombre, cuya finalidad es absolver o condenar a una persona, se convierten en cuchillo para su propia garganta. Ya lo dice la expresión latina: “Dura lex sed lex” que traduce, literalmente, ‘dura ley, pero ley’. Y que podríamos verter al español como ‘la ley es dura, pero es la ley’. El hombre a veces pone el mundo al revés: las víctimas, en muchos casos, pasan a ser victimarios. Como los victimarios se convierten en víctimas.
¿Qué nos pasa? La vida en este siglo no vale nada. Hay miles y miles de actitudes de intolerancia. Parece que nadie es bueno porque ese que parece bueno, se tuerce. O sea que tenemos la impresión de que todos fuéramos malos. Desde las altas esferas, la corrupción campea libre, sin vergüenza. No les da temor robarle millonarias sumas a un Estado porque aunque lo manden a la cárcel no le devolverá nada al gobierno y cuando pague la condena, encontrará los millones que se robó en un banco cómplice. Y, entonces, será un ciudadano respetable ante la sociedad.
Finalmente, Dios, si sabías que ibas a crear un monstruo para estos siglos, pienso que hubiera sido mejor detener esa creación. Para qué le diste al hombre el libre albedrío, es decir, que él tuviera el poder de elegir y tomar sus propias decisiones. Es posible que ese sea el punto de partida de tanta descomposición social, tanta inmoralidad, tanta intolerancia, tanto irrespeto, tanta desfachatez, tanta irreverencia, tanta corrupción.
No puedo dejar de lado los versos de Rosario Castellanos, mexicana, quien también apunta a lo que yo estoy sintiendo al ver tanta ignominia y desastres en el planeta. Sé que sus versos son como brizna en este remolino incontrolable pero los voy a recordar: Agonía Fuera del Muro/Los hombres roban, mienten,/Como animal de presa olfatean, devoran/Y disputan a otro la carroña./Y cuando bailan, cuando se deslizan/O cuando burlan una ley o cuando/Se envilecen, sonríen,/Entornan levemente los párpados, contemplan/El vacío que se abre en sus entrañas/Y se entregan a un éxtasis vegetal, inhumano.
Tal vez se puede afirmar que todas las amenazas que padece un ser humano son generadas por otros seres humanos, por lo tanto, el hombre es un depredador del propio hombre.