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Elecciones presidenciales basadas en el miedo

Por una parte, comienzo esta columna periodística definiendo el  concepto de Miedo  como “una emoción caracterizada por una intensa sensación desagradable provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado”.  Por otra, nuestra sociedad colombiana ha sentido, desde tiempo atrás, la opresión, la violación de los derechos humanos, la violencia y el miedo ─específicamente─ como una especie de política de la amenaza.

Desde tiempos antiguos el hombre siempre ha tenido miedo a ser rechazado, a ser abandonado. Miedo a la oscuridad, a vivir solo. Miedo a quien ostenta el poder  porque de manera permanente hechos concretos demuestran su dominio

De igual forma, todo ese mundo infantil de leyendas, de enanos, de gnomos, de reyes malvados, de brujas y brujos malos, de hadas malignas también ha servido para que hayamos crecido los colombianos, con el miedo detrás de la oreja.

Desde niños nuestra formación tanto  en el hogar como en la escuela ha sido a partir del miedo. Nos llenaron la cabeza de frases negativas que implicaban temor: Una especie de “Noismo”. “No toque eso”, “No haga ni lo uno ni lo otro”, “No mire a los demás, lo pueden confundir”, “No salte”, “No hable así”, “No salga”, “No moleste porque el coco ya viene por usted”, “No llore”. La cultura del No, del miedo, ha seguido su ruta hasta nuestros días y ya se aplica dentro de un proceso político para acabar con un contendor. Unas elecciones en donde la estrategia para ganar no son las plataformas de gobierno sino el discurso del miedo para amedrantar a un pueblo. Esa actitud señala ausencia de argumentos sólidos para ganar en franca lid a un contendor y también muestra falta de liderazgo para convencer y dirigir un pueblo.

A lo largo del tiempo, nuestra historia colombiana ha sido  de temor, de miedo. Desde el mismo día 7 de abril de 1948 en que el estado asesinó al líder Jorge Eliécer Gaitán porque sería el futuro presidente apoyado por todo un pueblo (fecha trágica), se sembró el árbol del miedo en el pueblo colombiano. La rueda de la historia nos ha seguido mostrando otros crímenes políticos cuyo fin es meter miedo. Esos magnicidios podrían confirmarle a  la gente que “Quien se mete a redentor, sale crucificado”.

El miedo ha corrido por todo el territorio nacional. A punta de brujos y brujas modernos, lobos vestidos de ovejas, magos, culebreros y blacamanes malos de la política, caballeros de la edad media que han sembrado el terror  para ganar y perpetuarse en el poder. Muchas veces los conflictos sociales y laborales desencadenan despidos masivos y muerte a los líderes. Por lo tanto, declararse del ala izquierdista es como llevar una lápida encima. También hablar de la política nacional, de sus problemas, genera incomodidad y amenaza para la estabilidad del estado y de quienes lo administran.

Por eso, estas elecciones presidenciales del 2018 no son la excepción. De un lado, para sembrar el terror han promulgado varias estrategias para derrotar al contendor. Han usado el Castro Chavismo como bandera del miedo. Han tomado  el comunismo diciendo que es el peor sistema social de la Humanidad y de la historia. A la guerrilla, al Ché Guevara,  los han comparado con los peores asesinos de todos los tiempos, que son terroristas y criminales. Que a Colombia la quieren convertir en una segunda Venezuela.

Pero también del otro lado, se utilizan otras estrategias: regresan el paramilitarismo, las masacres, la violación de los derechos humanos, el descalabro de la salud con las EPS, la persecución política, los altos impuestos, los bajos salarios, las componendas, la corrupción, los asesinatos  a mansalva. Es decir, más que una contienda presidencial, es una polarización en los que no salen a flote los contenidos programáticos de los candidatos sino odios y amenazas.

Finalmente, el pueblo tomará una decisión y según los vientos que soplan el que menos meta miedo ese será el ganador. La gente reflexiona, quiere dar un paso más allá del miedo, no quiere seguir siendo dominada, odia la corrupción, no quiere saber nada de los  políticos corruptos, ni de masacres, ni de mermeladas, ni de Venezuela, quiere la paz, quiere vivir en sana convivencia, por lo tanto,  la decisión que tome en las urnas supone un comienzo para una Colombia mejor. Es decir: un cambio social.