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Palabras compartidas

En verdad, no voy a escribir un prólogo sino a compartir con ustedes, estimados lectores, el abanico de temas que desfilan por las páginas de este poemario: la angustia, la inexistencia, el amor,  desamor, sexo, palabra, tristeza, soledad,  mujer, familia,  amistad, naturaleza, cotidianidad, allí están el afán y la lucha permanente de aquellos que abrazamos el arte de la poética  porque todos esos elementos  mencionados son  los que,  en última instancia, han producido o estimulado  la creación o han tocado las cuerdas de nuestra lira interna.

En términos más coloquiales, no voy a aguarles la fiesta, amigos lectores, es decir,  no voy a dar explicaciones sobre cada uno de los poemas del libro ni las temáticas expresadas por el autor de “Noches de Montaña” ni tampoco aburrirlos con  interpretaciones que pueden ser reales, mentirosas o descabelladas sino que, en esta ocasión, dada la característica de este personaje, mamatoquero para más señas, quiero comentar brevemente de lo que le ha correspondido como persona inmiscuida en una sociedad en desarrollo y, lógicamente, de su oficio poético.

 Alberto ha librado una intensa batalla  tanto en el quehacer  académico como en el campo cultural y, por supuesto, en el ambiente  literario. Son muchos años, en  esta ciudad del mar, en los que ha venido  trazando sus líneas poéticas, de manera silenciosa, lo cual  lo lleva a expresarse así: “Cada palabra que escriben mis manos y que me dicta mi alma, está enraizada con el mundo circundante. Muchos poemas, independientemente de su trazo amoroso guarda una súplica o una denuncia, o un temblor desde el aire de los alrededores. Hay nidos, hay de vez en cuando, hay palabra, están las rutas trazadas por cada voz que se escuchó y experiencias con la realidad de mi patria. La vida de mi poesía es mi patria que se viste de mujer y la mujer que se viste de patria.”

Así que esta sería otra manera de presentar al autor de un libro. Incluso,  si aplicáramos  lo que expresó García Márquez en una entrevista  en lo referente al oficio de escribir que su truco era despertar al lector, o sea, mantenerlo pegado a las páginas, hacerlo sentir las emociones,  no dejarlo dormir, sí eso es así, Alberto ha logrado la tarea que todo poeta busca cuando escribe: encantar, emocionar al lector.

Después de haber recibido  el Premio Nacional de Poesía Rafael Maya, Popayán, 1997, con el libro “Noches de Montaña”, pasaron 18 años y bastaron esos mismos años para que se decidiera a publicarlo, puesto que no se justificaba que un premio  se quedara olvidado entre montañas de papeles. Además, del libro ganador, tiene: “tres libros que son anteriores a Noche de Montaña. Y hay cinco posteriores. Sin contar algunos borradores que esperan en el barril su añejamiento. La idea es dejar que los tres anteriores tengan su oportunidad muy pronto, pero los posteriores están discutiendo su turno. En esas negociaciones se anda.”

Con Alberto  siempre nos ha unido una vieja amistad indisoluble. Igual  la literatura, a pesar de las distancias, ha contribuido a estrechar esos vínculos. Hemos compartido ratos de bohemia, lecturas,  recitales, viajes a varias Ferias Internacionales del Libro en Bogotá. Si me pusieran a definirlo, diría que es una persona muy responsable, solidaria y colaboradora hasta el extremo. Virtudes que lo han forjado para alcanzar metas. Si no me fallan los recuerdos, fundó una escuelita en Gaira en donde era director, maestro de todas las áreas del conocimiento, administrador y dueño de la escuela. Desde allí, forjó su camino de maestro y de poeta. Era su mundo, su sostén económico para continuar su carrera universitaria.

Estudiamos juntos una especialización y él, años más tarde, con esa terquedad que lo ha caracterizado siempre, le dio la ventolera de estudiar una Maestría en educación en la Universidad del Norte, a sabiendas que tenía bajo su responsabilidad el estudio de sus hijos quienes ya estaban en edad escolar y demandaban también recursos económicos. Fue miembro del taller literario de la Universidad del Magdalena y luego docente catedrático de la misma. Nunca se ha quedado estático, siempre está enredado en el desarrollo de algún  proyecto.

Si no hubiera sido por todas esas memorables locuras, por el amor y el desamor, por la alegría y la tristeza, por la ansiedad y el sosiego, por la angustia y la tranquilidad,  por todo ese periplo académico, cultural, literario, no tuviéramos la oportunidad de tener entre las manos este poemario de “Noches de Montaña”, así como lo manifiesta abiertamente su autor: “Este libro es el producto del trabajo. Mis constantes viajes. El río Magdalena bordeando. Los hoteles de antes. Las ruedas, el asfalto y muchas experiencias que arrancan de la mano un poema. Es producto de varios momentos. Algunos textos fueron corregidos, lo leyeron amigos y me dijeron que era un libro para compartir, que había que sacarlo del baúl.”

 Las experiencias, los demonios, las emociones  son los que dan  respiro y alimento a la poesía. La lectura y la disciplina ayudan a configurar el mundo poético. Por eso, en lo referente al oficio de escribir,  Alberto Prado lo define de esta manera: “El escribir poesía es un riesgo que se me ocurrió correr cuando aún mis manos tenían la ilusión de rimar líneas, eso hace ya muchos calendarios. Se escribe porque es imposible hacer iconografías de las fibras y menos aún radiografiar los sentires. Escribo poemas para hacer que mis demonios salgan del alma y se conviertan en imágenes de necedad. Empuño el lápiz o digito letras para tornar mis deseos en simples paseos de mi verdad espiritual. Consumo mis ilusiones bajo el néctar libidinoso de un verso que cae a las retinas como el toque imperfecto a la piel que se eriza en el traquetear de los suspiros. Escribo poesía porque no me queda más remedio que hacerlo so pena de ir a engrosar los listados de desquiciados que se pavonean en los hospitales psiquiátricos.”

Así mismo, en lo que va corrido de su trasegar poético, piensa que su proceso creador consiste en que: “Regularmente me sueño el poema, lo rumio. Lo veo antes, se envuelve en palabras, se pasea en la mente, lo masco suavemente y luego lo hago grafía. Pero en ocasiones tengo una palabra y de ella se construye una cadena. Claro, ese primer texto se lee en diferentes momentos. Lo guardo. Lo vuelvo  a leer, le corrijo algunas metáforas, lo pruebo ante algunos compañeros. Lo guardo. Luego lo ingreso a la vida social de mis textos, ninguno pasa directo a la vida adulta. Tiene que cumplir el proceso. La prueba es este libro que lleva en incubación más de veinte años. Y así hay varios textos en el barril, esperando su hora.”

Conociendo los anteriores pormenores del poeta, retorno a ustedes, lectores, a quienes no quiero dejarlos con la curiosidad y pretendo ser muy generoso,  mostrándoles algunos versos que desde ya serán memorables, porque me han llamado la atención y  sellan la madurez poética del autor: “Me baño en tus valles/y después/ya no soy/sino un pedacito/de semilla/incrustada en tus surcos.” “Cada uno/va naciendo y hace de la palabra/una flor con fragancia de promesa.” “recuerda el poema cálido/que tejieron mis amaneceres/sobre la fachada/de un mar castizo.” “y cada hombre/es un pedacito/de palabra.” “No hay palabras,/soy sonido/escondido/en tus entrañas.”

He tenido la fortuna de ser el primer lector de “Noches de Montaña” para comentarlo, lo que me dio la posibilidad de repasarlo y leerlo en voz alta como si fuera la voz de una canción venida a través del aire. Quiero expresar  sinceramente, en una sola palabra, mi criterio sobre este poemario: fantástico.  Por lo tanto, a los lectores, se lo dejo como enigma para que descifren las claves de las que están hechas estas poesías  y también aconsejarles que tengan muy en cuenta  lo de la paradoja del norteamericano y matemático Haskell Brooks Curry quien dijo: "Si no me equivoco, el mundo se acabará en diez días", de tal manera, señores, que tienen solo diez días para comprar y  leer estos poemas.

Finalmente, este poemario es un plato fuerte de la literatura caribe bien aderezado. Preparado con raíces mamatoqueras, cuyo  azúcar está a punto de caramelo. Tiene un justo sabor a comida costeña, con la adición de sal u otras especias. Con metáforas deliciosas al cielo del paladar, frases que el lector podrá degustar con suma complacencia mientras consume una cerveza o vasito de ron caña, poemas adobados en un fogón de tres piedras y leña seca, hervidos a fuego lento, preparados con mucho amor costeño y mucha salsa musical que le caerán bien a su gusto literario.