Más Pierre Curie y menos Albert Einstein
El pasado lunes 8 de marzo se celebró el día internacional de la mujer, una expresión de discriminación positiva de la sociedad contemporánea con el fin de reparar en parte los abusos y desigualdades de las que han sido objeto a lo largo de la historia.
Difícilmente podría creer que hoy, en el contexto de un mundo Occidental que ha tomado conciencia de dicho lastre negativo, podríamos encontrarnos con alguien que desconociera esta realidad que nos debe sensibilizar y avanzar en el reconocimiento que la mujer se merece en la construcción de nuestras sociedades.
No es menor reconocer que en las más variadas manifestaciones de la vida se mantiene una desigualdad tácita entre hombres y mujeres, a pesar de que la mayoría de los países del mundo han aportado, desde la legislación, su granito de arena para avanzar en la igualdad de género.
Es imposible negar, desde la realidad que construye la historia, que las desigualdades negativas no terminan una vez presentada una legislación que busca eliminarlas, es por eso mismo que se justifican, ya que a pesar del reconocimiento legal se arrastran una serie de prácticas que nos llevan a visibilizar que las mujeres no son valoradas y reconocidas en todos sus méritos; que en la lógica, espero que superada, de la definición de roles por género, la preocupación por la familia y el hogar, quela tradición asignó a la mujer, aún conserva claros sesgos de discriminación; que la participación de las mujeres en organizaciones sociales de base, juntas de vecinos, organizaciones culturales y de ayuda y solidaridad, es muy significativo pero no se proyecta a lo que algunos llaman la vida política profesional, es decir, el acceso a los cargos de poder remunerados existe una clara desigualdad entre hombres y mujeres y, que más allá de las leyes de cuotas en los procesos electorales, no hace otra cosa que evidenciar una realidad que no nos enorgullece y que debe, permanentemente llamarnos a la reflexión.
En el mundo del conocimiento resulta muy decidor al respecto. Se han instalado, en la historia de la humanidad Occidental, ciertas concepciones que ayudan a callar o invisibilizar el aporte cultural y científico de las mujeres. Desde el mundo de la literatura y con un marcado sesgo machista se definió que la mujer escribe de lo doméstico mientras que es el hombre que escribe sobre lo público y por ende fuertemente entroncado con el poder. Hay largos períodos históricos en lo que creo firmemente que la mujer debe haber escrito y sobre temas que superaban largamente la problemática de los hijos y del manejo de la casa, pero que la visión dominante terminó por ocultar y menospreciar. Hay interesantes escritos de Safo de Lesbos en donde critica el poder en una sociedad helénica cuyos principales referentes filosóficos se expresaron abiertamente sobre la inferioridad de la mujer. La obra de Safo estaba compilada en la biblioteca de Alejandría en nueve libros, que eran copiados, traducidos y usados para la enseñanza y que versaban sobre temas variados desde el contenido amoroso, una producción literaria lésbica y con referencias y críticas al ejercicio del poder. En el año 1073 el papá Gregorio VII ordenó quemar todos los manuscritos por considerarlos inmorales, la destrucción vino de una de las instituciones que hasta nuestros días sigue practicando una discriminación negativa hacia las mujeres, generando una jerarquía que reduce su rol y que puede ayudar a sensibilizar a dicha institución y a toda la sociedad. A la Iglesia Católica, con toda la crisis que vive hoy, la faltó la mirada femenina, y puede ser una de las causas de una larga decadencia con pocos chispazos de sensibilidad.
No resulta ser parte de esta opinión realizar una referencia desde una cronología de la historia sobre los sesgos culturales que han afectado negativamente el aporte de las mujeres en la construcción de nuestras identidades, pero si me parece relevante hacer algunas referencias que den luces sobre una tema que sigue, en el siglo XXI, siendo muy desconocido para muchos. Se me viene a la mente Christine de Pizan, extraordinaria intelectual de fines del siglo XIV y comienzos del siglo XV. Después de gozar de una vida de privilegios en la corte de Carlos V de Francia las desventuras se presentaron en su vida de manera intensa y dramática, quedó viuda, responsable de sus hijos y sus hermanos y tuvo la capacidad para reinventarse y convertirse, para muchos, en la primera mujer que se dedicaba profesionalmente a la literatura. Alcanzó un gran reconocimiento e incluso tuvo la valentía para enfrentar, desde la trinchera literaria, el machismo de Giovanni Bocaccio, erigiéndose como una de las primeras feministas de la literatura Occidental. Creo que son más los que conocen a Bocaccio que a Christine de Pizan, lamentable.
Más recientemente la labor de Lucila Godoy Alcayaga, más conocida como Gabriel Mistral, nacida muy cerca de donde resido, aquí en el valle del Elqui, en la región de Coquimbo en el norte de Chile, mismo lugar donde vivió las primeras y más duras de las discriminaciones. Montegrande, donde nació, se ha convertido en un lugar de visita predilecto para los turistas extranjeros que, con una mayor sensibilidad que los mismos chilenos, difícilmente pueden creer que una mujer que nace y crece en dicho contexto a fines del siglo XIX se haya convertido en la primera mujer en obtener el premio nobel de Literatura.
Sus primeros años de vida y de formación son expresión de las mayores discriminaciones, al hecho de ser mujer, había que agregarle la pobreza, la ruralidad, el no disponer de los cánones de belleza de la época y, más tarde, su tendencia sexual, demuestran que su capacidad le permitió superar todas esas discriminaciones y erigirse en una figura que adquiere un reconocimiento mundial. Creo además que la sociedad chilena conserva una profunda deuda con la poetisa, se convirtió a muy temprana edad en una piedra en el zapato criticando las desigualdades y la indiferencia de la oligarquía gobernante en Chile para con los problemas que afectaban a la gran mayoría de la población en condición de pobreza y precariedad.
E incluso, su mismo país no fue capaz de aprovechar toda su sensibilidad, fue relegada, postergada y tuvo que buscar otras latitudes en donde pudiera ser considerada.Aún más, el análisis póstumo e intelectual, que resulta casi como norma ser más favorecedor con los fallecidos, también acumula deudas, la tendencia a relacionarla con la poetisa de las rondas y poemas infantiles que se enseñaba en los colegios y liceos, con prescindencia descarada de su aporte en torno a la crítica social y al rol y objetivo del ejercicio del poder.
Desde el mundo científico hacer una especie de comparación para fundamentar una opinión: la posición asumida por Pierre Curie que en 1903 se negó a recibir el premio Nobel de Física ya que la academia sueca se negaba a reconocer el aporte de su esposa Marie, a diferencia de Albert Einstein que tuvo una actitud cómplice en negar lo que el reivindicacionismo histórico actual le entrega a Mileva Marić, como el gran aporte matemático para sus más relevantes teorías, a lo mejor el talante feminista y radical de Mileva le jugó en contra como a tantas otras mujeres en la historia.
El texto desarrollado hasta ahora pretende ser sólo una muestra de lo que ha significado a lo largo de la historia el desconocer, invisibilizar o menospreciar el aporte que la mujer ha hecho a lo largo de la historia, estoy convencido que hay muchas más mujeres que hablaron de política, que escribieron y que aportaron en los más variados aspectos de la cultura y del conocimiento científico, pero que por fuerzas mezquinas y hasta misteriosas no se han materializado al nivel que merecen. Los grandes perjudicados hemos sido todos, hemos comprometido muchos aportes, muchas sensibilidades y muchas visiones que nos aportan en el camino de ser mejores hombres y mujeres. La deuda está, depende de cada uno de nosotros como asume esta realidad y no sólo en el reconocimiento de las figuras fulgurantes, sino que muy especialmente a nuestras madres, esposas, hijas y amigas que nos han ayudado a ser mejores y superar muchas de nuestras contradicciones, nos haría muy bien empezar por ése desafío. Desde esta perspectiva necesitamos más Pierre Curie y menos Albert Einstein.