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Marbel: vivir para servir

Me faltan las fuerzas, me siento completamente incapaz de encontrar las palabras adecuadas para expresar públicamente lo que nos ha sucedido y que ha dejado sin aliento a todos aquellos que tuvieron la suerte de conocer a Marbel Luz Nader Olivera, cuya ausencia seguirá siendo para todos. Estoy seguro de ello, algo en lo que jamás podre pensar: lo impensable mismo, en lo más recóndito de las lágrimas.

Sí. Murió Marbel mi hermana menor “La pechiche naturae”. Y murió como no tenía que morir, en una clínica. El maligno cáncer de páncreas se la llevó.

Ella quería morir en su casa. Marbel Luz Nader Olivera, natural de San Jacinto, pero barranquillera por adopción, hija del comerciante José Miguel Nader Alandete y de la “vieja” Tilsa Tulia Olivera Vásquez, quien la educó como debe educarse a un hijo: con amor, ternura, cariño y lo más importante, honestidad.

Creció, como crecen todos los niños y niñas de nuestros pueblos, cuando emigran a Barranquilla para seguir formándose, y lo consiguió.

Al terminar su primaria, la vinculamos al Instituto Nacional de Comercio. Terminó sus estudios de la técnica y se vinculó a la producción. Pero eso no impidió que finalizara su bachillerato en el Colegio Nacional José Eusebio caro, y al terminar continuó con su carrera de especialización en Secretariado Ejecutivo en el SENA, que la empresa le brindaba. Y otras especializaciones en su área de trabajo.

Deportista integral, ganó trofeos en carreras de atletismo en la empresa donde trabajaba. Todos los días se levantaba a las tres de la mañana. Corría en la cancha del barrio San José, por donde vivía. “Ella abría el campo para que todo el mundo caminara”. Ella lo hacía de tres a cinco de la madrugada y retornaba a la casa y se acostaba nuevamente, hasta las 7:00 de la mañana. Esa era Marbel, su trabajo en la empresa lo realizaba de 9:00 a.m. a 8:30 p.m.

De los 32 años que trabajó en la empresa Corelca-Gecelca, 20 pernoctó en el trabajo y 12 los vivió en su casa compartiendo con su madre, hermanos, tías y sobrinos. Todo lo quería hacer. Parecía que el tiempo no le iba a alcanzar para realizar las cosas que le agradaban y lo hacía con voluntad, por encima de sus intereses individuales. Marbel no vivió para ella. Vivió para servir a los demás. El tiempo, esa sustancia de la que estaba hecha, como un tigre la devoraron. A todos sirvió y jamás se quejó contra nadie. Si existe el cielo, mi hermana se lo ganó desde siempre. No fue la muerte de Marbel, es su morir.

Cuando el médico me dijo que tenía un tumor canceroso en la boca del páncreas y media 6.7 milímetros, me derrumbe, “todo se derrumbó dentro de mí”. Sé que es el más maligno cáncer y muy pocas personas con ese tumor salen adelante. Mis amigos médicos me lo diagnosticaron con pesar. Pero ella era tan terca que me prohibió decirle a sus amigas trabajadoras de su empresa, para no inspirar lastima. Porque, decir cáncer entre nuestra gente, es sinónimo de muerte segura y todo el que lo sabe, mira al enfermo compasivamente. Igual y quizás peor que el contagiado de Sida.

Marbel Luz Nader Olivera, hermana mía. Te fuiste casi sin avisar, eras muy fuerte. Cuando la muerte llegó a esa clínica tú no estabas. A la una de la madrugada del viernes 13 de mayo, día de la virgen María, cuenta madre que te despediste de ella diciéndole: “mami me voy”, y ella te dijo, que te vaya bien. Creyó que era yo, el que salía para mis clases de filosofía del derecho en la Universidad del Atlántico a las 6:30 a.m.

Te fuiste hermana mía, ahora los muertos somos nosotros. Tu muerte desintegra la vida, pero la vida integra la muerte, ya el viejo filosofo Heráclito nos enseñó: “vivir de muerte, morir de vida”. Pero es la muerte la que triunfa, al final. Por eso nosotros los humanaos como tú y yo, y todos, desde que nacimos nos estamos preparando para la muerte y tu hermanita nos cogiste delantera.

No se me ha olvidado que tus hermanos y hermanas tenemos un sitio junto al perro y el ataúd de pino.