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Lo que se ha dicho, que se dice y lo que no se ha dicho de la guerra

Hace ya once días que el mundo se muestra muy tocado por los sucesos que se han generado en Ucrania, experiencia que cualquiera de nosotros, sin importar ideología o credo, hemos sido capaces de consensuar, y por ello objetivar,  la paz es más fecunda y productiva, la guerra es dolor y la más clara renuncia a la humanidad. Lo que no se ha dicho es  que la guerra empezó el año 2014 y que entre ambos bandos en conflicto acumulan miles de muertos y acusaciones recíprocas de graves violaciones a los derechos humanos. Por ende, hace once días empezó la invasión a Ucrania, la guerra ya había empezado.

Tucídides, gran escritor griego, envuelto personalmente en la Guerra del Peloponeso que enfrentó a casi todas las polis griegas en el siglo V a. C, hizo, desde el relato histórico, una clara referencia a lo que la guerra significaba. Para el historiador ateniense la guerra es el motor de la Historia, es por ello que es claramente reconocible la estructura de su libro en tres partes: antes, durante y después del conflicto. Como se dice por ahí, la Historia no se repite, pero claramente rima, lo que nos se ha dicho es que la guerra es una tremenda coyuntura instalada en la historia reciente de Estados Unidos: se convierte en la primera potencia económica mundial  después de la Primera Guerra Mundial; en una de las dos superpotencias después de la Segunda y ha participado directa o indirectamente en casi todos los conflictos bélicos acaecidos desde el siglo XX. Ha propiciado pequeñas guerras, pensemos en los golpes de Estado en muchas partes del mundo, en especial en nuestra región y grandes guerras a miles de kilómetros de su territorio con la justificación de la defensa de sus intereses. No son pocos los que han demostrado que la economía estadounidense es una economía de Guerra. Pensemos en la alusión cinematográfica de Oliver Stone en el famoso film  “JFK”, que instala la idea de que el asesinato del Presidente Kennedy es un golpe de Estado promovido por la industria armamentista estadounidense. Cuidado, la Historia de Estados Unidos se ha escrito a través del Cine.

También se ha expresado, en especial a través de los filósofos militares del siglo XIX, que la Guerra es una expresión de la política por otros medios. Hitler lo demostró con mucha claridad cuando utilizó este mecanismo con el fin de lograr los intereses buscados para su “Gran Alemania”, lo mismo que Mussolini en el intento por construir la “Tercera Roma”. Nosotros creemos, y espero que así lo hayamos consensuado,  que la guerra es el fracaso de la política, no sólo por la inhumanidad implícita y explícita en el desarrollo del conflicto, sino porque  la Historia ha demostrado que  “La Guerra no resuelve ninguno de los problemas que supuestamente la generó, muy por el contrario, genera nuevos problemas”. Pensemos cómo terminaron Hitler, Mussolini, Stalin, Franco, Mao, en fin todos ellos en el lado más negativo de la memoria histórica y responsables de la muerte de más de 180 millones de personas en el siglo XX. Hoy Putin, como lo han hecho muchos presidentes de Estados Unidos en los últimos ochenta años, creen que la Guerra resolverá su problema, en la mayoría de los casos saben cómo iniciarla, pero no tienen idea de cómo terminarla, seguramente engrosarán la lista de los nombres más lúgubres de la Historia.

Muchos han realizado el paralelo entre la experiencia de Hitler para con Checoslovaquia en la antesala de la Segunda Guerra Mundial con las medidas tomadas hoy para con Ucrania por parte de Putin. Comparten claramente una visión similar sobre la utilidad de la guerra y fundamentan sus atroces acciones en la parcela de los nacionalismos que se descontroló en el mundo post Primera Guerra Mundial. Así se hermanan los “Sudetes Checos” con el “Donbass ucraniano”, pero todos sabemos que los intereses de Putin, al igual que los de Hitler, hace más de ochenta años, iban más allá de las reivindicaciones nacionalistas.

Es importante entender que la Guerra, muy especialmente después de la “Gran Guerra” no puede mirarse de manera simplificada y creer que hay una sola causa o un solo responsable. Como dijo Eric Hobsbawm, muy lamentable por lo demás, es la mayor empresa que el hombre haya desarrollado en la Historia. Creer que una empresa, tan compleja como negativa, es producto de las correrías intelectuales del presidente Ruso, es querer tapar el sol con el dedo.

No eximamos al hombre formado en la KGB y con la formación geopolítica del siglo pasado en un marco de competencia ideológica llamada “Guerra Fría”, pero tampoco evitemos referirnos a la influencia que Occidente tiene en el conflicto, partiendo por el hecho de mantener activa la Organización del Atlántico Norte (OTAN) que resulta ser un anacronismo histórico que ayuda a abrir heridas y conflictos de un pasado que creíamos superado. Nadie se ha referido, por lo demás, al impacto que tienen en el mundo las pretensiones de universalidad de Occidente, ya Samuel Huntington, en su célebre, “Choque de Civilizaciones” expresó que para que la humanidad viviera en paz era necesario que Occidente renunciara a sus pretensiones de universalidad. Occidente se ha instalado en las barbas mismas del ex mundo soviético.

Se ha escrito de muchas guerras a lo largo de la Historia, pero la coyuntura innegable es la Primera Guerra Mundial. Desde dicha inflexión histórica la Guerra se desquició completamente, se hizo total, se dirigió no solo contra las fuerzas militares del enemigo, también contra los civiles, la infraestructura, la economía, en fin, contra de la aniquilación total. Hace unos días Putin solicitaba  a la población civil ucraniana dejar sus viviendas y lugares de trabajo, que eran un claro objetivo de la avanzada rusa, mientras que por su parte Zelenski llamaba los civiles a defenderse con bombas molotov y a retirar armas para todos los que quisieran participar en la defensa del país. Lo que subyace a ambas es que la población civil es un objetivo del conflicto, es una expresión más de la irracionalidad e inhumanidad de la guerra.

Bombardeo en Járkov.

Después de 1914 se empezó a hacer costumbre que las guerras no se declaran y menos se firman tratado de paz. Por allá por 1884, dos países latinoamericanos que habían estado en guerra por largos cuatro años, firmaban un Pacto de Tregua, es decir, un cese a las hostilidades, y en uno de sus artículos se establecía que si uno de los países quería continuar con el conflicto debía avisar al otro con un año de anticipación. Cuando enseño esto a mis alumnos intentan rebajar a los negociadores del Pacto al nivel de la estupidez, debo insistir en que por ambos bandos los negociadores eran personas inteligentes y capaces, imbuidas de un ambiente muy distinto al actual, en donde la guerra por lo menos tenía códigos que permitían a la población saber de las causas y las consecuencias del conflicto y no envueltas por el halo de misterio que rodea a los conflictos actuales, ya que los verdaderos intereses se ocultan. Esto queda claramente demostrado en que las guerras actuales no se declaran ni se firman tratados de paz

La Guerra que se viene desarrollando en Ucrania no es sólo una expresión de los nacionalismos justificados por un devenir histórico, es una guerra con claros intereses económicos y geopolíticos en que todos los actores, los que están directamente involucrados y también aquellos que pusieron más de un aguijón tangencial en la problemática, deben hacerse responsables. La historia, el tamaño, la posición estratégica, las riquezas mineras y agrícolas de Ucrania son un atractivo para potencias de diverso cuño que han puesto más de una intención para entender la naturaleza de este conflicto.

Más de alguna vez hemos escuchado que la Guerra la escriben los vencedores y la frase es tan cierta como vieja. La mayor parte de las personas sigue creyendo la teoría literaria levantada a través de la Ilíada sobre el conflicto entre aqueos  y troyanos. La Guerra de Troya, hacia el siglo VIII a.C, tiene relación con el interés de los aqueos por impedir que el mundo troyano se siguiera beneficiando del cobro de derechos a sus naves que surcaban el estrecho de los Dardanelos para buscar, en la actual Ucrania, en el norte del Mar negro, los cereales que su montañoso territorio, en la extremidad sur de la Península de los Balcanes, no les proporcionaba. El rapto de Helena por Paris es el pretexto literario que busca justificar una empresa con fines e intereses muy distintos. Hoy escribimos una nueva Historia de la Guerra en Ucrania que, con claros matices de actualidad, está siendo escrita desde el poder.

El nivel de exposición que ha tenido el conflicto, la reacción que se ha tomado casi universalmente para con Rusia, con decisiones más mediáticas que efectivas,  como quitarles la final de la Champions League, la fecha de la Fórmula Uno, la posibilidad del país invasor de participar del repechaje al Mundial de fútbol de Qatar, con manifestaciones en los más variados espectáculos masivos del mundo del deporte, de la música y del arte, hasta las medidas económicas y de utilización de espacio aéreo, en fin, todas ellas elevadas como verdaderas muestras de la reflexión ética de una comunidad internacional que se rebela al flagelo de la guerra y que con fuerza quiere expresar su más claro rechazo.

Para realizar la lectura completa, y por ende no parcial e interesada, que demanda una situación límite como esta, es necesario reflexionar ¿por qué la comunidad internacional no reacciona de igual manera con cada una de las intervenciones que las potencias Occidentales, en especial Estados Unidos, han tenido en el pasado cercano? Corea, Vietnam, Panamá, Yogoeslavia, Irak (en dos oportunidades), Afganistán, Siria y Libia son un repaso brutal y más que somero, ¿Por qué el mundo no actúa con la misma fuerza a la mayor crisis humanitaria que ha presenciado la humanidad en los último setenta años, con un pueblo palestino privado de su territorio, invadido militarmente  y aislado hasta de actos humanitarios por su invasor Israel?

Elevaríamos al más alto nivel las actuales medidas tomadas si la humanidad en su conjunto hubiera asumido las mismas cuando Estados Unidos invadió, sin acuerdo del Consejo de Seguridad de la ONU, al Irak de Sadam Husein, en busca de armas de destrucción masiva que nunca existieron y que se justificaba en la defensa de su país, y no en las puertas de su territorio, sino  que a miles de kilómetros de distancia. No es que no me parezcan adecuadas las medidas tomadas con Rusia, las creo justas y necesarias, pero la lectura completa nos lleva a denunciar, al mismo momento, un acto del mayor cinismo que lleva en esencia el menosprecio y la valoración por el Otro. El mensaje que se entrega es que no es África, América Latina, Medio Oriente o Asia, es Europa; que son niños rubios y de ojos azules (tal como lo expresan muchas personas del llamado Primer Mundo  a través de sus redes sociales),  no son morenitos, de pelo crespo o de tez amarilla y de ojos rasgados; que  es en un país desarrollado y no en un espacio “salvaje” del Tercer Mundo.

 Occidente sigue cometiendo los mismos problemas de siempre, se piensa así mismo y piensa a los demás. Busca la asimilación del Otro, en caso contrario su destrucción material y/o moral. Escribe y reescribe la Historia en función de sus intereses y levanta la bandera de los Derechos Humanos  y de sus actos reivindicatorios selectivamente. Con todo el dramatismo humanitario que se vive hoy en Ucrania este es el mensaje que debemos levantar, que lo que está a la base de los valores que Occidente dice defender es la dignidad de la persona y no los mezquinos intereses de Occidente o prácticas neocolonialistas, solo así podremos construir una paz duradera y con fuerza defender aquello que hemos construido sin que nadie perciba intereses oscuros disfrazados de humanitarismo.