Las lecciones y proyecciones del proceso electoral en Chile
Las elecciones desarrolladas en Chile durante el fin de semana del 15 y 16 de mayo pasado resultan interesantes de analizar como un espacio para reflexionar en torno a la democracia, a los movimientos sociales y a las características que adquieren la convivencia, no sólo en este país, sino que también en toda nuestra América Latina que vive y seguirá viviendo procesos más o menos similares.
Las mega elecciones convocaron a la ciudadanía a pronunciarse sobre candidatos a concejales, alcaldes (aplazadas desde el año 2020) y muy especialmente, por la novedad, al elegir por primera vez a gobernadores regionales y constituyentes encargados de redactar una nueva constitución para Chile.
La primera conclusión relevante a mi parecer, tiene relación en cómo el proceso constituyente invadió, en sus resultados, las demás instancias electorales que, a la luz de lo visto, resultaron francamente como complementarias. Lo anterior lo expreso producto de que el resultado resulta ser una copia del plebiscito de entrada al proceso constituyente realizado en octubre del año 2020.
La derecha unida apenas superó el 20%, los partidos tradicionales de la centro izquierda, bajaron considerablemente su representación y los grandes beneficiados fueron los independientes sin apoyo de partido político, las listas ciudadanas y el potenciamiento de caras verdaderamente regionales que emergieron de los espacios de participación social.
Los otros que sacaron cuentas alegres fueron los conglomerados políticos de la izquierda más profunda, como los movimientos reunidos en el Frente Amplio y en especial el partido Comunista. La mayor representación de estos grupos puede explicarse por su marcada oposición al modelo neoliberal, que es la temática que cruza la realidad ciudadana en Chile y su relativa menor responsabilidad en la política chilena de los últimos 30 años.
El partido comunista sólo formó parte del segundo gobierno de Michel Bachelet (2014 a 2018) y el Frente Amplio, referente político relativamente nuevo, que se alimenta de los movimientos estudiantiles y universitarios del 2011 y de ciertos sectores que durante años levantaron candidaturas más bien testimoniales que competitivas. A la luz de los resultados, parece que llegó su hora.
La situación más preocupante la debe asumir la derecha chilena. Parece que una ciudadanía madura ha venido a castigar a un sector que parece más opositor que partidario de la nueva constitución. En gran medida es el grupo que levantó la postura del quórum de los dos tercios para la aprobación de los articulados de la nueva carta fundamental con la finalidad de alcanzar el tercio que les permita frenar los procesos de cambio que la mayor parte de los chilenos viene demandando desde hace mucho tiempo. Ni siquiera el discurso de la unidad de esta lista, que abarcó desde la derecha más pinochetista hasta cierto sector más democrático en referentes políticos más recientes y con liderazgos no vinculados directamente al pasado dictatorial, fue suficiente para impedir su debacle. Hoy disponen de 37 constituyentes, muy lejanos a los 52 escaños que requiere el tercio. Sin duda que su discurso de estos días, más proclive al diálogo que al veto en la constituyente, ha estado fuertemente mediatizado por el resultado electoral. Están muy lejos del tercio al que aspiraban, no parecen tener cercanía con ninguno de los otros sectores elegidos e incluso representantes independientes han expresado la nula posibilidad de conversar con dicho sector para llegar a acuerdos.
El análisis en función de las responsabilidades en el sector ha sido bien variopinto. No son pocas las voces que apuntan al pésimo gobierno de Sebastián Piñera, su falta de sensibilidad social, el retraso en las ayudas para enfrentar la pandemia y su oposición a medidas muy populares como los retiros de fondos previsionales. Para otros es un castigo a los partidos políticos que no han sabido defender sus ideas y han caído en actuaciones abiertamente confrontacionales con sus principios muy influenciados por los cálculos electorales.
A pesar de la aplastante derrota, durante la última semana han sido capaces de ponerse de acuerdo e inscribir 4 candidatos para las primarias presidenciales, a diferencia del show brindado por los partidos de la centroizquierda chilena, pero con la ausencia de una candidatura femenina.
Los partidos de la llamada ex Concertación, que fue el referente político que ha marcado gran parte de la transición democrática, tampoco sacan cuentas alegres. Los análisis políticos previos los proyectaban con una mayor representación en la constituyente, lo que influyó mucho en la forma en que buscaron relacionarse con los sectores de la izquierda más profunda. Tanto el Partido Demócrata Cristiano (PDC) como el Partido por la Democracia (PPD) se planteaban abiertamente en contra de las primarias de toda la oposición al gobierno de Sebastián Piñera, en especial por la escasa valoración que realizaban en torno a los resultados electorales del Frente Amplio y del Partido Comunista. Craso error a la luz de los resultados y los costos políticos los pagaron sus abanderados presidenciales ya que por presiones internas o externas, pero alimentadas por los resultados del fin de semana pasado, tanto Ximena Rincón (PDC) como Heraldo Muñoz (PPD), vieron abortadas sus candidaturas a pesar de que habían ganado las primarias al interior de sus partidos.
La sobrevivencia de la candidata del Partido Socialista (PS), Paula Narváez, puede explicarse por la mayor apertura del sector a primarias amplias, pero también como la estrategia del PPD y el PDC para colarse en ella a través del apoyo expresado a la candidata socialista. El Frente Amplio y el Partido Comunista, empoderados por el resultado electoral, fueron los que vetaron e inscribieron, a altas horas de la noche del miércoles pasado, una primaria presidencial, con sus candidatos Gabriel Boric (Frente Amplio) y Daniel Jadue PDC. En definitiva, los vetos fueron y vinieron y el espectáculo dado ayuda a enlodar más el manejo de la política partidista en este sector.
Resulta preocupante la situación de los partidos políticos que han llevado el peso de la transición democrática. A la luz del juicio público parece que, a pesar de favorecer una transición pacífica, no tuvieron la fuerza y las convicciones para superar los resabios dictatoriales que mantenían con vida elementos emblemáticos de la dictadura.
Se demoraron más de 20 años en poder poner fin a un sistema electoral binominal, hecho por y para los partidos que fueron parte del gobierno dictatorial y sólo realizaron cambios cosméticos a los sistemas de pensiones, de salud, de acceso a la educación y a la vivienda, entre otros. Parece que no tienen la credibilidad pública para impulsar los cambios que la ciudadanía en Chile viene demandando con mucha fuerza.
Las disputas en la oposición fueron claramente ganadas por el Frente Amplio y el Partido Comunista y las cuentas alegres en la constituyente se proyectan al escenario municipal, ganando importantes municipios del país arrebatados mayoritariamente a sectores de derecha. Valparaíso, Viña del Mar, Ñuñoa, Independencia, Maipú y Santiago se elevan como triunfos emblemáticos de un sector que el viernes pasado, ni en el mejor de los sueños, era capaz de aventurar.
Las elecciones de gobernadores y de concejales parecen ser el pariente pobre del proceso, fuertemente influidas por el menor impacto mediático de las segundas y por las tremendas dudas de las verdaderas atribuciones que tendrán los futuros gobernadores regionales. Además, el hecho de que 13 de las 16 elecciones a dotar de gobernadores a las regiones quedaron pendientes para un balotaje el próximo 13 de junio. En ellas, de todas maneras, se proyecta un pequeño matiz con respecto a las constantes anteriores, si bien se mantienen las pésimas perspectivas para la derecha, los partidos de la antigua Concertación por la Democracia aparecen un poco mejor aspectados. Ya veremos cómo se resuelve esto.
Al final algunas consideraciones que vale la pena destacar. La primera tiene relación con el impacto que tuvo para las mujeres la ley de paridad de género, se instaló como una discriminación positiva que terminó teniendo un efecto contrario. Debemos tener presente que dicha posibilidad se instala desde el momento de la inscripción de las respectivas listas que deben cumplir con un mínimo del 40% de personas de un mismo género.
La historia electoral de Chile presenta una clara masculinización de los candidatos, sólo en épocas muy recientes hemos marcado algunos hitos como la primera mujer presidente, la primera presidente del senado y de la cámara de diputados. Con los resultados del actual proceso electoral se da un salto de calidad al respecto y viene a ser una consecuencia lógica de la participación importante que las mujeres han tenido desde hace tiempo en las organizaciones sociales de base pero que no se proyectaba en la política profesional.
En segundo lugar me resulta muy relevante y hasta una pequeña muestra de cierta madurez del electorado, el hecho de que figuras del mundo del espectáculo, sin mayor trabajo social previo no hayan tenido los resultados esperados. Desde el mundo de la televisión, en sus más variadas facetas y de casi todas las tendencias políticas, tuvieron un pobre resultado electoral. Destacar que en perspectiva por el respeto y preocupación por la democracia, el hecho de que candidatos independientes de nivel regional y con fuerza en los más variados movimientos sociales se hayan visibilizado en el resultado final, es una luz de esperanza.
Lo más negativo del proceso fue la baja concurrencia a las urnas. A primera vista los partidos de derecha sacaban cuentas alegres de esta información, más aún cuando se informaba que en la Región Metropolita, que concentra el 40% del electorado del país, había claras diferencias entre las comunas más acomodadas con respecto a las que concentran el mundo popular. En las primeras la participación ciudadana se elevaba sobre el 45%, mientras que en las segundas muchas no superaban el 15% de la participación. Resulta relevante, por lo demás, realizar el análisis del resultado sobre la base de dicha variable, que aporta más dudas aún a los partidos de derecha y a los partidos más tradicionales de la centro izquierda.
Los populismos de variado cuño, desde el resabio pinochetista del partido republicano representado en José Antonio Kast, hasta el populismo de un sector de la izquierda extra concertacionista, inspirado en la periodista Pamela Jiles, gran impulsora por lo demás de los retiros de los fondos de pensión y una figura emergente y muy bien posicionada en las encuestas presidenciales, tuvieron más que negativos resultados. La decepción se ha instalado en ellos, pero bien por la democracia chilena, ya que sabemos, la historia lo demuestra, que los populismos se alimentan de una democracia que no es capaz de resolver los problemas de las personas, en la lógica de la llamada democracia compleja, donde el foco no sólo debe estar puesto en el orden, la estabilidad, sino que también en la capacidad para enfrentar los más variados desafíos socioeconómicos y culturales de la población.
El porcentaje de participación apenas superó el 40%, levemente superior a la peor cifra desde la vuelta a la democracia que se verificó en las elecciones municipales de 2017, alcanzando el 38% del electorado. Muy por debajo, por lo demás, del cerca de 50% de los que votaron en el plebiscito que dio el pié inicial al proceso constituyente en octubre de 2019. Las críticas arreciaron desde todos los sectores, el desprecio por el reconocimiento de la capacidad de la democracia para auto pensarse y corregirse, es una clara preocupación por la estabilidad democrática.
La estructura demográfica, a boca de urnas ya que no tenemos aún cifras oficiales, habla del tradicional respeto que el adulto mayor tiene por el proceso y el ausentismo de los grupos más jóvenes, en especial para aquellos que salieron a las calles y presionaron a la clase política a un proceso que, por las vías institucionales y partidistas aún sería una materia pendiente en el imaginario político chileno.
Veremos, en los próximos días cómo los partidos políticos tradicionales y los movimientos independientes emergentes leen este escenario político y proyectan sus más relevantes desafíos. Lo que deben tener en cuenta es que el año electoral en Chile no ha terminado, mejor dicho sólo se ha iniciado, en menos de un mes tendremos la segunda vuelta para los gobernadores regionales en 13 de las 16 regiones del país y, para las preocupaciones más sensibles de la historia electoral de Chile, la madre de las elecciones, la presidencial, en noviembre próximo.