Share:

Las amenazas a la democracia

La democracia no es sólo una forma de gobierno, es también, como lo plantea Giovanni Sartori un ideal que debe guiarnos y que compromete los mejores esfuerzos de una comunidad que quiere regir sus destinos por principios tan relevantes como la igualdad, la justicia, el respeto y la solidaridad.

En nuestra América Latina, las experiencias realmente democráticas son, en términos de relatividad histórica, más o menos recientes. Nuestra realidad establece que, desde el proceso de Independencia, que nos permitió romper con la ataduras propias de una monarquía absoluta, caímos, salvo excepciones, en formas aristocráticas y oligárquicas de gobierno que se mantuvieron, sin contrapeso de otros sectores sociales, hasta las primeras décadas del siglo XX.

El siglo XX es, para nuestra región, el contexto temporal que permite la masificación de la participación política con el ascenso de la clase media, los sectores populares y de grupos históricamente postergados, como las mujeres. Pero su instalación no ha sido para nada un proceso continuo y menos ascendentes, los derroteros históricos nos han llevado a deambular entre experiencias populistas, autoritarias, dictatoriales en que tanto civiles como militares asumieron y abusaron del poder, persiguiendo a muchos de sus compatriotas, que fueron sometidos a experiencias tan contrarias a la democracia como la prisión política, la tortura, el exilio y el asesinato.

A modo de conclusión de estas palabras introductorias es que la democracia vive de permanentes amenazas en nuestro continente y que su valoración histórica muchas veces se produce al momento en que la perdemos. Ahí valoramos la relevancia de los fundamentos y principios que ella encarna, que están en la esencia de las reivindicaciones y de los actos emancipatorios que la humanidad a consensuado después de tantos años.

Las amenazas a la democracias pueden venir desde dentro del modelo, la desafección política, la corrupción y la instalación de las más variadas formas de desigualdad son las más relevantes. Desde afuera del modelo, el narcotráfico y el crimen organizado erosionan sus bases fundamentales y ponen al modelo de rodillas y al alcance de intereses personalistas mezquinos y autoritarios.

Es fundamental que no lleguemos a anhelar la democracia, ya que ello nos pone en la situación de que la hemos perdido. Es necesario  que cada uno de nosotros, debemos considerarnos como actores del sistema, tenemos, desde cada uno de nuestros roles, que defenderla, desde aspectos tan simples como participar activamente de cada una de las experiencias en el que el sistema nos convoca, informarnos, comprometernos y educar a las futuras generaciones sobre su relevancia.

Hoy, desde mi particular punto de vista, la democracia está más amenazada que nunca. La polarización política en muchos de los países de la región puede dar paso al enfrentamiento no democrático, aquel que debilita el diálogo y la búsqueda de soluciones consensuadas. La consecuencia más común a esto es la generación de un entorno propenso a la inestabilidad política y social.

Ya vemos cómo en América Latina se han instalado líderes autoritarios que ponen en riesgo la estabilidad democrática y los derechos de los ciudadanos. Experiencias recientes en El Salvador, en Nicaragua, en Venezuela, en Brasil, son muestra de ello. El surgimiento de figuras personalistas, autoritarias, que se elevan como especies de mesías políticos que, con presidencia de las instituciones democráticas, se elevan como verdaderos salvadores de los problemas más urgentes que conmueven a la ciudadanía, son una amenaza brutal. La gente, poco o mal informada, tiende a caer el frases hechas y repetidas, que se instalan desde la emotividad, que les aseguran la panacea política, y que, desde el discurso, instalan experiencias poco democráticas. La gente debe saber que una verdadera cultura democrática reclama que, los problemas de la democracia se resuelven con más democracia, no con menos.

Lo anterior demanda redoblar los esfuerzos de nuestras instituciones democráticas, que se eleven como verdaderas defensoras del modelo, que eduquen en y para la democracia y que las personas que detentan sus más relevantes funciones estén a la altura de lo que la ciudadanía espera y necesita de ellos.

La lógica de la era global, de los dispositivos electrónicos, de la redes sociales ha instalado una terrible nueva amenaza, que tiene relación no con la desinformación, aquella que nos habla de que las personas no pueden o no se motivan por acceder a la información necesaria que les permitirá tomar las mejores decisiones al respecto. Lo que hoy vemos es la tergiversación de la información, personas que, amparadas en el anonimato de las redes sociales, echan a circular una serie de informaciones falsas, que erosionan la realidad, que comprometen emocionalmente a las personas y que tienen un claro objetivo, influir de manera maliciosa e interesada en las decisiones de los ciudadanos.

La difusión de información falsa o engañosa puede influir en la opinión pública y alterar el proceso democrático. Su objetivo es manipular la percepción de los ciudadanos sobre temas importantes y afectar su toma de decisiones.

La difusión de información falsa puede llevar a la desconfianza en las instituciones democráticas y en los medios de comunicación, buscan exacerbar las divisiones políticas y sociales, que favorecen la radicalización y el conflicto.

La democracia debe actuar con mayor celeridad y fuerza que nunca, debe ponerse los pantalones largos y establecer claras consecuencias para quienes instalan la tergiversación como herramienta política, fomentar la transparencia en la toma de decisiones y en el accionar de los medios de comunicación, implementar regulaciones y mecanismos que autorregulen la difusión de las fake news y promover la verificación de los hechos.

La educación también tiene mucha responsabilidad en esto, se debe educar a los ciudadanos sobre cómo evaluar e identificar fuentes confiables de información, que comprenden que también deben ser activos a la hora de fiscalizar y denunciar sus prácticas.

La sociedad democrática es en su esencia informada y crítica, abordar la tergiversación de la información en la era de las redes sociales es una nueva responsabilidad de la democracia que necesita abordar este tema de manera sostenida e integral  y en la que todos los actores sociales reconozcan su responsabilidad.