La guerra…lo peor de nuestra historia
Parece que la guerra es inherente al hombre, a su historia y a su esencia, por más que he dedicado gran parte de mi vida a desprestigiarla, me llama la atención el embrujo que ella ejerce en los jóvenes, ávidos de saber de dichos enfrentamientos y muchas veces enfocados en aquellos aspectos más escalofriantes de ella. El discurso instalado en primer lugar ante mis alumnos tiene relación con la siguiente frase: “No conozco ninguna guerra que haya solucionado el problema que la originó, muy por el contrario, genera nuevos problemas.” Mi planteamiento desprestigiador de la guerra parece haber fracasado. Siempre he tenido la esperanza de que muchos otros profesores hayan arribado a una conclusión similar a la mía y hayan instalado la idea de que las soluciones pacíficas, por compensatorias que sean, siempre son más fructíferas que las soluciones armadas.
Si realizamos un breve panorama de aspectos fundamentales asociados a la guerra podríamos decir que ella está en el discurso de importantes intelectuales a lo largo de la Historia. El origen de la poesía épica de tradición greco-romana está ambientado en una serie de obras que tienen a la guerra como el principal contexto y, porqué no decirlo, motor de activación, estoy pensando en la Ilíada y la Eneida por ejemplo que comparten el contexto de la Guerra de Troya y que luego derivan en una serie de otros conflictos menores. Qué decir de la poesía anglosajona con el Beowulf o el Roldán para el caso francés e incluso el bautismo histórico de Chile está centrado en la Araucana, poema épico que se erige como la principal fuente de información para los primeros años de vida de dicho territorio al sur de nuestra América morena.
En el caso de la Historia, qué decir de los “Nueve Libros de la Historia” de Heródoto, el padre de la disciplina, que además de narrar sus viajes por el Mediterráneo oriental y la Mesopotamia, de encarga de relatar con lujo de detalles la guerra entre griegos y persas, que usa como pretexto para elaborar una de las primeras teorías supremacistas de las cuales tenemos referencias escritas: la superioridad del mundo heleno ante la barbarie de los medas.
Para Tucídides, la guerra del Peloponeso, que vivió en carne propia, le llevó a concluir que estos conflictos eran el verdadero motor de la historia y que la responsabilidad recae exclusivamente en los hombres, desprendiéndose de fundamento poético de la influencia divina. Instala la concepción de la guerra como una interrupción de la estabilidad y progreso de las comunidades sustentada en leyes y normas éticas, al que el conflicto termina anulando. Uno de los aspectos más relevantes que instala Tucídides, y que tiene una profunda actualidad, tiene relación con la temática referida a la causalidad de la guerra, establece que más allá de las causas inmediatas, subyace una causa más genuina y profunda en el inicio del conflicto, que, de acuerdo con sus planteamientos para la guerra del Peloponeso, no era otra cosa que el miedo espartano a que el imperio ateniense siguiera creciendo.
Desde allí concibe que la guerra era inevitable entre dos bloques antagónicos condenados a enfrentarse, la llamada “Trampa de Tucídides”, máxima que ha dado fundamentos para entender épocas de sensibles conflictos posteriores a la historia de Grecia, ya sea en el mundo romano enfrentado a los “bárbaros” germanos; los conflictos por el dominio de Europa en los albores de los tiempos modernos y que parecía concluir con una nueva forma de relacionarse a partir de los fundamentos del Tratado de Westfalia; o en los albores del mundo contemporáneo entre revoluciones atlánticas y guerras napoleónicas; y qué decir del estallido de las guerras mundiales, las revoluciones en Rusia, España y China en la primera mitad del siglo XX; o todos los conflictos derivados de la Guerra Fría y hasta los más contemporáneos, que se supone estaban condenados al fracaso de hacerse carne la lógica ideológica instalada por la ONU y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero que en la práctica han sido totalmente ineficaces para detener conflictos grandes y pequeños.
Hoy estamos en un escenario en que nuevamente la guerra se toma nuestras más sensibles preocupaciones, el hombre demuestra con ello que no ha aprendido nada de su historia, que los más importantes líderes mundiales desprecian de manera brutal las consecuencias nefastas de los conflictos bélicos y que parece, en ninguno de ellos, la lógica pacifista, negociadora y hasta compensatoria, ha tenido un decisivo impacto. Creo que no estuvieron a la altura de entender al profesor o los profesores que, estoy seguro de que deben haber existido, y que, desde la mirada de la historia, la poesía, la literatura, la filosofía, la economía, en fin, alegaron en sus clases, en más de una oportunidad, por una solución pacífica ante los conflictos que la convivencia instala.
Estamos en un mundo en que nuestros líderes demuestran una escasa cultura en cualquiera de las disciplinas nombradas, ya Platón decía que la guerra era una cuestión compleja y multifacética y que puede, en la mayoría de los casos ser utilizada para promover el mal y, en sus consecuencias, muchas veces ajena al establecimiento de un orden justo; para Cicerón, la guerra es una dura necesidad, pero solo justificable en casos de legítima defensa o para preservar la paz. Cicerón creía que la guerra debía ser declarada públicamente y precedida por la exigencia de compensación por ofensas, basándose en la idea de que la naturaleza humana y la razón predisponen a la paz; San Agustín se refiere a su concepto de "guerra justa", creía que la guerra, aunque intrínsecamente mala, podía ser justificada bajo ciertas circunstancias específicas para lograr o mantener la paz. Él consideraba que la guerra debía ser un último recurso, librada por una causa justa, con una intención recta y por una autoridad legítima; para Kant, la guerra es un problema fundamental que desafía la moral y la razón humana, es inherentemente mala y contraria a la dignidad humana, aunque a veces cree que puede ser un medio para alcanzar la paz; para Hemingway la guerra es una experiencia devastadora, los personaje de sus novelas luchan con la pérdida, la alienación y la búsqueda de significado el medio del caos que la situación bélica impone; Keynes reconoció los efectos negativos de la guerra, como la inflación y la destrucción de recursos y llegó a proponer medidas para mitigar estos problemas, como el aumento de los impuestos y las restricciones del consumo privado durante los conflictos.
El sucinto panorama intelectual antibelicista expuesto no resulta ser de interés para líderes actuales con tanto poder y con consecuencias mundiales en un planeta altamente globalizado. La guerra, en todas sus formas, parece ser una herramienta útil a los intereses y al poder que buscan explicitar, es una pena que hombres con Trump, Putin y Netanyahu parecen claramente más inclinados a propuestas belicistas que parecía que la humanidad había conservado sólo para demostrar sus nefastas consecuencias, tales como los planteamientos de Maquiavelo, quien considera que la guerra no es un evento aislado, sino una parte integral de la política y una herramienta esencial para la adquisición y conservación del poder, no es una aberración, sino como una realidad constante y hasta necesaria, incluso en tiempos de paz; o para Hitler, Mussolini y Stalin, que actuaron sobre la base de que la guerra es la continuación de la política por otros medios y debe estar al servicio, con la clara conciencia de toda la destrucción que puede conllevar, a los objetivos de la grandeza de su nación y/o el Estado, con total desprecio por las otras naciones y Estados.
Seguiré defendiendo el discurso antibelicista ante mis alumnos y ante los que me quieran escuchar y hasta contradecir, creo que el mundo necesita cada día más de la posibilidad de visibilizar las atrocidades de los conflictos armados y de denunciar con fuerza actitudes nefastas de líderes actuales que desprecian el sufrimiento, la pérdida y el dolor que generan las muertes y la destrucción asociadas a una guerra.