La ciudad: nos alimenta y nos olvida
No existe una acertada definición de ciudad, lo que hay son variedades de significados en relación con ella tratando de ubicar una definición completa y adecuada. La definición es limitada y hasta divorciada de la realidad.
Hoy se podría hablar de una alta densidad poblacional, elevada presencia de vehículos de transporte, una niebla contaminante que cubre los cielos y pocos espacios verdes los cuales hacen que las ciudades suelan presentar niveles de contaminación que atentan contra la salud.
O también de edificaciones que fueron un sueño, una utopía y hoy no son más que una amalgama de estilos arquitectónicos o un esqueleto de cemento y ladrillo y pavimento en el que la gente avanza y avanza en medio de autos, motos, ciclas y carros, a veces, sin control.
De acuerdo con lo anterior, tomaría estos ejemplos de definiciones de ciudad: “Población donde habita un conjunto de personas que se dedican principalmente a actividades industriales y comerciales”. Esta idea de ciudad no es completa.
Otra definición: “Población cuya actividad principal es la industria, el comercio, u otra actividad no relacionada con el campo y la explotación agrícola.”. Esta es repetitiva y no recoge elementos socioculturales fundamentales dentro de la conformación de ciudad.
Otras semánticamente señalan y tratan de abarcar algunas características citadinas: “Una ciudad es un conjunto urbano, conformado por gran cantidad de edificaciones y complejos sistemas viales, de población muy numerosa y densa, cuyas principales actividades económicas están asociadas a la industria y los servicios.”
Creo que debido a la complejidad, a la amalgama de espacios, tiempos, factores, cinturones de miseria, masa humana, que encierra toda ciudad, su concepto es variable, así lo comenta Michael Foucault: “vivimos dentro de una red de relaciones que delinean lugares que son irreducibles unos a otros y absolutamente imposibles de superponer".
Por lo expuesto, pretendo plantear que todas las ciudades son imperfectas o inconclusas, formadas por elementos de distinta clase o naturaleza tal como lo expresa el pensamiento de Michael Foucault: "el espacio en el que vivimos (...) es un espacio heterogéneo”. Yo le agregaría que también es fragmentario.
No creo en los lemas: “Santa Marta, la ciudad con la magia de tenerlo todo” o “Cartagena, el corralito de piedra” o “ Bogotá, La Atenas suramericana” o “Cali, la Sucursal del cielo” o “Barranquilla, la Puerta de Oro de Colombia” o “Medellín, la ciudad de la Eterna Primavera”, son eufemismos que esconden falsedades, mentiras.
Esas denominaciones han hecho que todas las ciudades sean o estén inconclusas o no se desarrollen en toda su plenitud. Dirigentes, administradores, políticos han soñado ciudades cosmopolitas pero las han dejado inacabadas porque su utopía se transformó en dinero para sus arcas o bolsillos. El hombre cotidiano, el que la habita y la camina permanentemente la destruye de otra manera: la prostituye, la desprestigia, la deteriora porque no tiene sentido de pertenencia citadina, es decir, no se siente feliz en la ciudad en la que vive. La felicidad del citadino también depende del lugar en el que él se mueva o armonice. El hombre se alimenta de la ciudad y ella después lo echa al olvido.
Valdría la pena metaforizar el proceso de desarrollo de una ciudad así: transformarla en mariposa y echarla a volar. Confieso que esto no ocurre porque muchas veces no hay dolor de ciudad. En otros términos más popularizados: “la ciudad no tiene dolientes”
Reitero que ser feliz también depende de la ciudad, de ese lugar heterogéneo en el que el hombre que la habita se sienta alegre, viva en armonía con su ambiente, con sus vecinos, con las edificaciones que le rodean. Si los habitantes de una ciudad no tienen proyección es porque ella no ofrece bienestar, seguridad, confianza, y su horizonte es oscuro. Queda, entonces, el camino del facilismo o la obtención del dinero fácil para sobrevivir o darse la gran vida: atracos, hurtos, violencia, intolerancia, narcotráfico, pandillas. Gente que antes era invisible en una ciudad inconclusa ahora se vuelve visible o patentiza su visibilidad en la misma ciudad a través de actos violentos.
Por un lado, en Santa Marta, existen muchos lugares heterogéneos. Amalgama de estilos arquitectónicos nunca finalizados o superpuestos. (La mole de concreto del Banco de la República frente a un lugar tan poético como el mar) Las heterotopías dejan huella en la ciudad y en el corazón de los habitantes. Frente a ese concepto, convendría hablar también de otro término: la procrastinación que es mirar hacia adelante, pensar en el futuro.
Por otro, Santa Marta no alcanza a ser una ciudad moderna ni posmoderna porque la historia está allí pegada, repitiendo los mismos espacios, los mismos tiempos, los mismos estilos, es decir, no se avanza hacia el futuro.
Nadie imaginó que el Parque Taykú, en Santa Marta, aquella utopía de un dirigente político habría de convertirse en un espacio no urbano sino rural en el que todos encontraron su nido para vivir. Los perros fueron los primeros en arrimarse a las columnas de concreto. Y los segundos en llegar fueron los locos, luego mendigos, basuriegos, recicladores y drogadictos para convertir aquella edificación sin forma, sin sentido, sin terminar, en una cloaca, en una especie de “hotel” cero estrellas en el centro de la ciudad.
Finalmente, lo que antes había sido un lugar de esparcimiento llamado “Rumbódromo”, alguien lo convirtió en un solar de basuras. En tiradero de desperdicios. Mampostería abierta al público. Símbolo del despilfarro de los impuestos de los samarios y magdalenenses. Negligencia y Corrupción son las palabras que caben allí en aquel sueño de un pensado Parque Moderno para la ciudad de Santa Marta.
Hoy es un solar enmontado, bodega-parqueadero de carros y materiales de una ciudad que está aprendiendo a restaurarse.