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La capacidad de asombrarse

“Etimológicamente, el asombro consiste en salir de la oscuridad, iluminar la mente, descubrir algo que antes se ignoraba, lo que provoca perplejidad, al maravillarse  ante tal hallazgo inesperado”.

Mis compañeros de profesión y yo, estamos extrañados de que esa idea de sorprenderse por algo, que  la acción y la actitud que produce la palabra asombrar  haya desaparecido en los jóvenes y haya sido reemplazada por  otros elementos, aspectos, diversiones, juegos que no educan ni fortalecen el espíritu investigativo.  Para estos jóvenes, Asombro es simplemente una palabra de siete letras que no los asombra para nada.

La pobre palabra en mención decidió lanzarse desde el balcón de un joven porque este la desdeñaba, no sentía interés por la curiosidad científica. Entonces, ante tanta apatía, el vocablo  prefirió estrellarse contra el suelo: suicidio lingüístico dictaminó la Real Academia de la Lengua. A otras palabras les ha ocurrido lo mismo, fueron sometidas por estas generaciones embarcadas en la vanagloria y la superficialidad de  la electrónica, la tecnología, la mega y la súper tecnología.

Y no solo la voz se perdió en el mar del olvido ni les provocó ninguna actitud positiva sino que aceptaron con estulticia  la suerte que corrieron otros términos: pasmo, admiración maravilla, sorpresa, extrañeza, fascinación, embebecimiento, estupefacción. Vocablos que no se encuentran en el campo léxico de ellos. La experiencia magisterial nos conduce a pensar que estas generaciones han perdido la capacidad de maravillarse, de asombrarse.

Es enorme nuestra curiosidad sobre este fenómeno. Hemos observado, en nuestro campo de acción, que  todos los alumnos -- llevados por ese entusiasmo jobsbiano-- reciben las clases con audífonos, el iPhone,  reproductores de MP3, la Tablet al lado, sin cuadernos para tomar notas, un bolso a la espalda en el que es inmancable un balón de fútbol o una navaja. Y si portan un lápiz, es  pura casualidad.

El hecho de mencionar esos aparatos  no significa que estoy (estamos) en contra del avance de la ciencia, de la tecnología. Lo que sí creemos es que hay momentos de momentos para utilizarlos. Además, consideramos que para leer bien, se necesita atención, concentración, disponibilidad igual que para  leer y resolver problemas matemáticos. No se puede escuchar rock metálico o reggaetón mientras se está frente a un libro abierto tratando de realizar cualquier lectura.  No debe darse esa situación puesto que la lectura  es un proceso en el que el  lector requiere concentración para poder comprender, entender, todo el mensaje del texto.

Estas generaciones que han nacido en medio de  las llamadas tecnologías de punta cuando empiezan a hablar, no dicen  mamá ni papá sino:¿ALO? ¿ALÓOO? Y desde ese instante se inicia la educación o formación en el hogar, no por los padres de familia sino por los elementos electrónicos y por las nanas (en el futuro serán los robots domésticos) quienes dejan de atender a los bebés por estar pendiente también del chat, del Whatsapp, de las llamadas y de las largas conversaciones con aquel joven casi rapado, con una cresta de gallo  desde la base del cuello hasta la frente y a los lados unas rayas a manera de jeroglíficos.

Sabemos que el origen de la filosofía se fundamentó en la pregunta. Cuando el hombre se asomó al mundo, de inmediato, se asombró, se preguntó, por qué existían tantas cosas, objetos, fenómenos, buscaba una respuesta a ese mundo nuevo que estaba frente a sus ojos.

Hoy, somos los docentes quienes tenemos que preguntar para sacarles las palabras con tirabuzón a los estudiantes porque no hablan de manera fluida. Menos argumentan. No respetan y la seriedad se la llevó el carro de la basura. Y si intentan opinar, lo hacen  para “mamar gallo” o responder frívolamente o decir NO SÉ ESA VAINA, sin quitarse los audífonos. A pesar de la abrumadora  información y conocimientos producidos en Internet, el joven de hoy está pobremente desinformado. Se les nota la apatía a leguas y no les interesa preguntar ni aprender. La capacidad de asombro se ha perdido  en medio de tanta ruleta viciosa, ostentaciones y entelequias que muestra la cotidianidad.

A raíz de estas reflexiones contaré dos anécdotas. Una profesora  le dijo a un estudiante que expusiera la obra asignada. El joven le comentó que le había tocado la María de Jorge Isaacs. Pero cuando el estudiante empezó, contaba el argumento de Crónica de una muerte anunciada. Naturalmente, la profesora le dijo que ese argumento no correspondía a la obra pedida. Entonces dijo que ese era el papelito que le habían pasado los compañeros para que se lo aprendiera.

La segunda experiencia: un docente preguntó a los estudiantes de undécimo grado qué significaba la palabra  MATINÉ. No supieron decir. Luego, les preguntó a otros alumnos y uno de ellos dijo que qué iba a saber si no tenía patines, además, la que tenía era su hermana y apenas estaba aprendiendo. Descabellada respuesta, al estilo Chavo del Ocho.

Las políticas educativas  forman parte de esta problemática porque dejan en libertad a los jóvenes para que lean lo que quieran pero bien sabemos que  no les gusta la lectura ni tienen criterios para elegir.

Así que por mucho que los docentes motivemos, llevemos recursos pedagógicos para realizar una clase dinámica, estimulemos a los estudiantes,  el resultado es que la capacidad de preguntar ya no está dentro del salón, la apatía es la que reina, la atención está puesta en los estadios y en los futbolistas y el desinterés ronda, obstaculizando el aprendizaje. Esta pérdida nos hace experimentar tristeza. El asombro es por lo tanto un punto de partida, que nos mueve a indagar y no debemos quedarnos en él, sino trascenderlo para llegar a la verdad.

Finalmente, no quiero continuar con una postura de extrema negatividad sino hablar de  la esperanza como una ventana abierta a las otras generaciones que vienen en ascenso.