Hacia una inspiración ciudadana de las ciencias
La transición entre lo que la historiografía llama Edad Media hacia el Mundo Moderno marcó una serie de continuidades que se mantuvieron hasta la Era de la Revoluciones Francesa e Industrial, pero también cambios y coyunturas que se hacen evidentes. Una de estas tiene relación con un quiebre profundo, y muy permanente por lo demás, por la forma en que se concibe y se genera el conocimiento científico.
La ciencia de tradición Occidental tiene sus orígenes en el mundo clásico, fuertemente inspirada por la filosofía griega fue, en sus inicios, fundamentalmente especulativa y se mantendría de dicha manera hasta el aporte que hace Galileo Galilei, con el cuál se da un paso definitivo hacia la denominada ciencia experimental. El hombre del medioevo, con un inmanente espiritual potente, concibió el acercamiento hacia el conocimiento científico de una manera más teológica y fundamentalmente contemplativa. Roger Bacon se preocupaba por el conocimiento de la naturaleza con el fin de poder admirar la obra de Dios, es decir, la metafísica en toda su expresión, de lo físico a lo trascendente, “a Dios lo conoceremos a través de su obra.”
Una serie de condiciones históricas fueron estableciendo que el dominio de la fe sobre el análisis racional, que había marcado fundamentalmente la alta Edad Media, empezara a dar cuenta de un ascenso de la razón. Al principio casi imperceptible, a través de la necesidad de dar sustento a las grandes disputas teológicas del período, tales como el problema de la Santísima Trinidad, el de la Transubstanciación, incluso sobre la doble naturaleza de Cristo Dios y Hombre o la realidad o irrealidad de la “nada”. En todas ellas la argumentación de uno u otros llevó al desarrollo de ejercicios racionalistas que dieron una nuevo espacio a la filosofía aristotélica, tan venida a menos a partir de los planteamientos de San Agustín desde principios del siglo V; el contacto con las tribus germánicas, de corte marcadamente naturalista, a las que se quería evangelizar fue otro espacio que abrió la puerta a interpretaciones nuevas sobre profesiones de fe que no se debía dudar; la influencia del mundo árabe y hebreo, especialmente a través de la Península Ibérica fue otra vía de penetración de visiones más racionalistas, en especial los aportes de Averroes, que es el padre de la doctrina de la doble verdad, es decir, que algo puede ser cierto desde una perspectiva religiosa y otra verdad se puede construir desde una postura más bien racionalista abriendo una brecha definitiva entre fe y razón; la revivificación del derecho romano que dio sustento racional a las monarquías nacionales y que permitió que elementos hasta entonces eventuales, se transformaran en estructuras estables dando origen al Estado moderno, por ejemplo los impuestos, las embajadas, la burocracia y los ejércitos permanentes.
Las nuevas visiones que se empezaron a construir vivieron un paso desde la metafísica a la epistemología, es decir, a la preocupación por los medios aceptados para producir conocimiento, lo que significó el tránsito desde la verdad revelada a la verdad que se busca. Aportes relevantes se pueden rastrear desde Copérnico hasta Galileo Galilei, muy especialmente con la gran cantidad de logros del siglo XVII, con un desarrollo notable en disciplinas como la física, la matemática, la química, la biología, la astronomía con representantes tan connotados como Descartes, Leibniz, Newton, Lippershey, Kepler, Drebbel, Boyle, Guericke, Grimaldi, Napier, Leeuwenhoek, Pascal, Torricceli y Galileo.
En esta etapa está el origen de varias concepciones muy arraigadas que tenemos muy arraigadas en nuestro inconsciente colectivo. Por ejemplo, que de todas las clases de conocimiento y de ideas, ya sea del mundo en que vivimos o de nosotros mismos, las más aceptadas, las más dignas de crédito son las que tomamos de la ciencia experimental. La gran mayoría de nosotros fuimos educados sobre la premisa de que las “ciencias exactas”, impersonales y positivas, se encuentran a salvo de prejuicios, superaron la metafísica, y que sus conclusiones son tan ciertas como auténticas.
Si a cualquier persona le pidiéramos hoy una definición sobre lo que entiende por “ciencia”, más allá de los matices que pudieran aflorar, es casi seguro que piensan que tiene un objeto de estudio, que se ciñe a un método experimental y que producen conocimiento útil. He aquí esa tendencia tan arraigada, por ejemplo, en nuestra formación escolar, a dar una cierta superioridad a dichas disciplinas por sobre las de las llamadas “ciencias sociales”, no sólo derivada de las complejidades de que arriben a la experimentación tradicional, también muy especialmente por una cierta tendencia al utilitarismo actual, inmediato, que pocos logran advertir en ellas.
Por otro lado, y con una visión proyectiva, se instaló, sin duda que a partir de sus propios logros y del impacto más inmediato en las condiciones materiales de vida, la idea de un “optimismo científico”, es decir, que nada es imposible de resolver para estas “ciencias exactas”, que sólo es cuestión de tiempo para que determinadas personas, “muy especiales” por lo demás, sean capaces de descubrir algo que permita superar hasta los más complejos problemas cotidianos. Hasta hoy, no son pocos, lo que, con un dejo de desprecio por las problemáticas ambientales, viven con la íntima esperanza de que la ciencia y los científicos, terminarán encontrando la solución a todas sus expresiones más delicadas.
Digo personas “muy especiales”, ya que los representantes de estas disciplinas, no sin mérito, fueron elevados a una condición muy especial. Sus aportes e investigaciones los elevaron más allá de la gente común y corriente. La complejización de las investigaciones y de los medios utilizados para desarrollar estos aportes contribuyeron ferozmente a ello y sin bien han impactado sensiblemente en nuestras vidas, han convertido a la ciencia en una especie de nicho muy elitista al que sólo unos pocos, privilegiados, están llamados a contribuir. Esta perspectiva se puede seguir muy fácilmente desde los albores del siglo XVII hasta nuestros días y provocó un tremendo distanciamiento de la producción científica, o al menos de aportar a ella, de la experiencia cotidiana de miles y millones de personas que enfrentamos a diario situaciones complejas y que buscamos, por los medios que podemos tener a nuestro alcance, encontrar nuestras soluciones.
Hace un par de días, un ex alumno, hoy doctor en Historia nos acercó, a un grupo de profesores a una propuesta fascinante que busca comprometerse con el conocimiento científico y, al mismo tiempo, no menospreciar el aporte que personas común y corrientes pueden realizar al respecto. Es lo que se denomina la “ciencia ciudadana”, que busca incorporar activamente al público no especializado en los estudios, y por qué no, en la definición de los estudios, que interesa y puede interesar a los científicos. La idea es incorporar la experiencia, el conocimiento y hasta la ubicación de variados ciudadanos que pueden hacerse parte de proyectos de investigación sobre fenómenos naturales y también en la difusión de estas.
Es un paso fundamental para avanzar en la democratización de la ciencia, en el fin del desprecio del conocimiento que aporta la experiencia, a reconocer que la vida misma y no sólo los laboratorios, son espacios en los que se produce conocimiento científico y que podría, porque no, aportar en acercar también el lenguaje utilizado por muchas de las llamadas ciencias exactas, que lleva a insistir en esa tendencia elitista que estas disciplinas han instalado.
Tal como lo plantea el documento Green Paper on Citizen Science, que se pronuncia sobre lo que se entiende por Ciencia Ciudadana, como “el compromiso del público general en actividades de investigación científica; cuando los ciudadanos contribuyen activamente a la ciencia con su esfuerzo intelectual o dando soporte al conocimiento con sus herramientas o recursos. Los participantes proveen datos experimentales o equipos a los investigadores. Los voluntarios, a la vez que aportan valor a la investigación, adquieren nuevos conocimientos o habilidades, y un mejor conocimiento del método científico de una manera atractiva. Como resultado de este escenario abierto, colaborativo y transversal, las interacciones entre ciencia-sociedad-políticas investigadoras mejoran, conduciendo a una investigación más democrática, basada en la toma de decisiones basada en evidencias informadas surgidas del método científico, total o parcialmente, por parte de científicos amateur o no profesionales.”
En muchos establecimientos educacional se habla hoy de ciencias para la ciudadanía, pero lamentablemente las prácticas que se siguen instalando terminan muy arraigadas en convenciones tradicionales que mantienen consideraciones elitista para dichas asignaturas y, por qué no decirlo, muy discriminadoras de un porcentaje relativamente alto de los estudiantes. La propuesta de la Ciencia Ciudadana puede incluso encontrar el puente, el nexo, para mí indisoluble, entre la vida misma, las personas y la ciencia que aporta a entendernos, comprender nuestro entorno, resolver nuestros problemas sin deshumanizarnos.