¿Final de un proceso?
“Si tú crees que una sonrisa es más fuerte que un arma, si tú crees en el calor y fuerza de una mano que saluda, si tú crees que lo que une al hombre es más importante que lo que divide...la paz vendrá”*
La pregunta surge a raíz de los acuerdos que se firmarán en la Habana entre el gobierno colombiano y las FARC. Así mismo, --adelantándome a los hechos-- surge la pregunta para conocer qué haremos los colombianos precisamente ese día histórico, en el que se estampará la firma para la Paz. El título de mi columna abre inquietudes, interrogantes, como por ejemplo. ¿Qué pasará después de la firma de los acuerdos? ¿Se olvidarán las cifras de los muertos? ¿Se perderá la memoria? ¿Habrá olvido y perdón? ¿Se desatará una nueva “cacería de brujas”? ¿Viviremos realmente en una paz total?
Habrá algunos que ni siquiera sabrán que en la Habana, se han firmado unos acuerdos los cuales, más tarde, se refrendarán con un Plebiscito para votar por un Sí estoy de acuerdo o un No estoy de acuerdo.
La importancia de este día radica en que después de haber vivido 60 años bajo el imperio de la violencia, escuchando de manera permanente las noticias de secuestros, masacres, torturados, encuentros bélicos, desaparecidos, tomas guerrilleras a pueblos indefensos, pescas milagrosas, retención indebida, falsos positivos, constante lucha entre soldados y guerrilleros, se firmarán los acuerdos que terminarán con una parte del conflicto social porque, infortunadamente, quedan otros grupos rondando: ELN, bandas criminales, delincuencia. Es cierto que es una determinación histórica, sensata, propia de seres humanos que busca la paz pero también considero que es la apertura de ese proceso.
Entiendo que con estos acuerdos se vivirá con menos zozobra. Por ejemplo, por parte de la guerrilla no habrá secuestros ni tomas de pueblos a veces indefensos ni ataques guerrilleros a las Fuerzas Armadas de Colombia y estas disminuirán sus incursiones militares; sin embargo, eso no significa que la violencia se acabe definitivamente en este país, porque ya sabemos que existen otros grupos que también son actores violentos tanto en lo rural como en lo urbano. El fenómeno no es fácil de acabar con unas simples rúbricas. Este proceso comenzará y llevará tiempo para cumplir los acuerdos. (Es lo que esperamos todos los colombianos.*)
Surge, entonces, otra pregunta ¿Cuál será el papel de los grandes medios de comunicación ese día? Continuando con mis cábalas, pienso que, así como las cadenas radiales y televisivas se preparan con antelación (un mes antes) para la transmisión de un partido de fútbol de la Selección Colombia y, además, por ser este un gran evento nacional e internacional, en donde se juega el futuro de nuestra paz, ellos deben estar en la Habana, con su equipo de presentadores transmitiendo cada uno de los actos protocolarios que se desarrollen para esa fecha. Me imagino que las grandes cadenas televisivas tendrán locutores en cada una de las capitales de Colombia para conocer la opinión de los colombianos con respecto a los acuerdos.
Si me remonto a los momentos de guerra de nuestro país, me daré cuenta de que “Guerra, peste y carestía andan siempre en compañía”, o sea, que hemos sido siempre un país que ha andado por los caminos espinosos de la violencia, una tierra casi improductiva, una nación envuelta en necesidades que se han agigantado hoy día, la cifra de los muertos de esa violencia están alrededor de los 300.000 muertos, en ese sentido y con ese panorama anterior, me lleno de esperanzas y confío en que se mejorarán la salud, la educación, la tranquilidad y la alimentación del pueblo colombiano. Tener esperanzas, es tener vida digna para el futuro.
No pretendo posar de historiador ni de investigador en este tipo de conflictos, sólo mostrar los nombres de las distintas guerras civiles que han desangrado al país: Guerra civil entre Centralistas y Federalistas (1812-1815), Guerra de los Supremos (1839-1841), Guerra civil de 1851, Guerra civil de (1860-1862), Guerra civil de (1876-1877), Guerra civil de (1884-1885), Guerra civil colombiana de 1895, Guerra de los Mil Días (1899-1902). En cada una de esas guerras por el poder, por la supremacía de un partido político, las cifras de muertos sobrepasaron los 40.000 colombianos que perdieron la vida en estos conflictos los cuales arrasaron el territorio desde 1810. “La guerra, todo lo malo lo trae, y todo lo bueno se lo lleva”, graves consecuencias devastadoras, nefastas, sin dejar nada bueno al país.
A partir de (1948) surge otro conflicto armado colombiano, la llamada época de La Violencia que se intensificó a mediados de 1960 con la creación de varias guerrillas marxistas, originalmente milicias campesinas de autodefensa establecidas para luchar contra los abusos cometidos por los grupos armados y militares conservadores y liberales durante este periodo.
Frente a ese horizonte de guerras cuya solución han sido los pactos, no se puede ser ni ciego ni sordo, así ha sido nuestra historia la cual nos ha dejado experiencias y, por lo tanto, lo que se está haciendo en la Habana, hay que mirarlo con madurez, sensatez, con beneplácito porque serán los primeros pasos que alimentarán este proceso hacia una paz permanente en todos los campos.
En mi novela “Marco y el círculo verde”, describo en un capítulo cómo fue la recuperación de la Paz: “Así aconteció. Ese mismo día, el cielo de Metrópoli Ce apareció limpio. El mar fulguró con toda su intensidad igual que un zapato negro al que se le embetuna con amor. En los puertos, las gaviotas sobrevolaban los barcos y graznaban tratando de saciar el hambre. El sol visitaba las playas con el mismo rigor de siempre, semejaba una lámpara con la luz escandalosa. En la noche, la luna también resplandeció tanto que parecía millones de pabilos sin intermitencia. En los postes y en los balcones, flotaban las banderas de la paz. Los pitos jubilosos de las sirenas les ponían alma a la situación. El tiempo del miedo, de la cobardía, de la timidez se sepultó y resucitó el coraje, la valentía, el arrojo. Y quedó impreso en la retina la marcha de camisas blancas que recorrió las calles para que, por lo menos en mucho tiempo, sobre la faz de la ciudad, no volvieran a reinar los desafueros, los atropellos, la agresividad, la injusticia.”
Finalmente, será una fecha memorable porque es el comienzo de un camino de paz que se empieza a recorrer. Anhelo, igual que todos colombianos, poder exclamar: le hemos ganado este primer partido a la violencia. Pero lo que sí subrayo es que no olvidemos el pasado: las cifras de los muertos que quedan en las estadísticas son escalofriantes: 220.000 muertos por el conflicto, 40.000 en el campo de batalla y Ocho millones de desplazados en los últimos setenta años, cifras presentadas por el Centro de Memoria Histórica
Enero 29 de 2016, año de la Paz.
Santa Marta, cerca del mar.
*Los remito a mi anterior columna periodística: “Paz, hermano lobo”.