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Es como un ratón de biblioteca

La expresión comparativa  “es como un ratón de biblioteca”,  me da pie para reflexionar sobre tres temas de manera sucinta: el lector, el libro y la biblioteca a los cuales  pareciera que la espada de Damocles estuviera colgando sobre ellos  que, en cualquier momento, les caería para herirlos de muerte.

 También el título del artículo puede llevar a estas nuevas generaciones a preguntarse: “¿Qué es  eso de un ratón de biblioteca?”, “¿Será otro ratón  como Mickey?”. O a lo mejor tendrían la definición más inmediata: “dispositivo apuntador utilizado para facilitar el manejo de un entorno gráfico en una computadora”. Sin embargo, los que hemos “comido libro” durante años y años, o aprendimos a leer en aquellos salones atestados de enciclopedias, tenemos otro sentido romántico y productivo de lector: “es aquella persona que disfruta aprendiendo y que se pasa gran parte de su día a día entre libros, ya sea leyendo, estudiando o incluso investigando”. Precisamente, esos ratones de bibliotecas “están desapareciendo”.

En su lugar, pienso que se ha instalado otro lector. Las nuevas generaciones leen textos en cada uno de los aparatos electrónicos que la industria tecnológica ha diseñado, situación que me origina diferentes preguntas: ¿Qué clase de textos leen?, ¿Superficiales?, ¿Complejos?, ¿Sobre qué tratan? , ¿Son de calidad? ¿Es una lectura profunda, documentada, investigada y crítica?

Hay palabras que no me gustaría escuchar ni verlas escritas ya que por su connotación aterran, asustan como el término: desaparecido. Desearíamos que no hubiera existido nunca  ni en la realidad ni en el diccionario. Sin embargo, a pesar de mi “léxicofobia”, debo seguir empleándolo. Desaparecer lo defino como Invisibilizar. Ningunear. O también “Dejar de estar a la vista o de ser perceptible. Dejar de existir o de estar presente en un lugar [una persona, un animal o una cosa]”.

Las palabras son reemplazadas, se dejan de usar y desaparecen. No se puede negar el carácter social, dinámico, evolutivo de la lengua. O sea que las palabras nacen, se desarrollan, se reemplazan,  mueren o perduran. Los avances tecnológicos, en este siglo, son los que más han incidido en la desaparición o el reemplazo de los vocablos o, quizás, se pueda aplicar el verso de aquella  salsa que dice: “Quítate tú pa’ ponerme yo, quítate tú”

Hace años hubo revuelo a nivel mundial por la tesis de algunos eruditos quienes exponían que el libro se iba a extinguir como cualquier especie de la naturaleza. Naturalmente, los grandes capitalistas, por una parte, sacaban sus cuentas y se daban cuenta de que publicar un libro  les salía costosísimo y, por la otra,  estaban disminuyendo los lectores, los compradores de libros y las bibliotecas. Tuvieron, entonces,  la  maravillosa idea de presentar otra forma de libro: el libro electrónico.

Las bibliotecas, (no hay mucha diferencia entre el año 600 a.C y nuestro siglo XXI) esas enormes edificaciones que  desaparecieron bajo las llamas por diferentes razones. En su lugar, en este siglo, fueron reemplazadas por las famosas bibliotecas virtuales. Me voy permitir informar los siguientes datos tomados de Wikipedia, sobre la vida de las bibliotecas a través de la Historia cuyo destino, parecer ser, fue siempre siniestro:

Cuando Nínive es arrasada en 612 a. C., se destruyó la biblioteca real de Asurbanipal, que contenía relatos como: la Epopeya de Gilgamesh, el mito de Adapa, o el pobre hombre de Nipur, precedentes de los relatos bíblicos y de Las mil y una noches.

La Gran Biblioteca de Alejandría, foco de la cultura helénica, promovida por los Ptolomeos, donde intentaron compilar todo el conocimiento de la época, era «la editorial más grande de la antigüedad» según Vitruvio, y sucumbió el año 48 a. C., en el incendio que devastó la ciudad de Alejandría durante el asedio de César.

La Biblioteca de Constantinopla (creada en 315, por Constantino con 7.000 vols. en su inicio), que llega a tener más de 100 mil rollos en la época de Teodosio, es quemada en el siglo VIII d. C. por León III el Isáurico.

Por haberle privado de su amor, la esposa del rico príncipe fatimí Mahmud al Dawla bin Fatik, después de su fallecimiento destruyó su biblioteca, una de las cuatro más admirables de El Cairo. El príncipe, gran poeta, adoraba leer y escribir noche tras noche.

La Biblioteca de Constantinopla es de nuevo devastada por los turcos en el 1453.

La Biblioteca Nacional del Perú en 1943 es consumida casi en su totalidad en un incendio de dudosa procedencia.

La Biblioteca Nacional de Sarajevo fue quemada a finales de agosto de 1992.

En 2003, durante la Invasión de Irak por parte de tropas estadounidenses y británicas, se quemaron alrededor de un millón de libros de la Biblioteca Nacional de Irak (4).

En 2014, en el marco de violentas protestas en Venezuela, un grupo de manifestantes queman la biblioteca de la Universidad Nacional Experimental de las Fuerzas Armadas (UNEFA), en la ciudad de San Cristóbal, estado Táchira.

Finalmente, los resultados en las Pruebas de Estado han sido catastróficos tanto en la educación Primaria, Secundaria como Superior en Colombia. La queja tiene el mismo tenor desde hace años. Es una especie de cantaleta sempiterna: No saben leer. Nadie compra libros. Las librerías las están cerrando por falta de lectores y de compradores (Amanuense en Santa Marta). El estado no invierte dineros en proyectos dirigidos a la construcción de una biblioteca pública. En las escuelas, colegios, universidades parece “¡asombroso!, ¡increíble!, ¡inconcebible!” que haya gente que no quiera leer o no le llama la atención de apasionarse por la lectura.

Pienso que se lee pero ya no con la misma pasión ni vocación de los lectores de antes. Se lee solo para el momento. Por eso no se reflexiona ni se interpreta ni se critica lo que se ha leído sino que se memoriza y se repite literalmente lo que ha dicho el autor. De ahí que volvamos a la misma cantilena, que leer no solo es pasar los ojos por las páginas sino comprender, interpretar, reflexionar, investigar y criticar.

También le sumo a esta  problemática otro factor, el de la escritura, que podría ser  tema para otra columna periodística. De tal manera que si estamos dándonos cuenta de que la lectura anda mal entre los estudiantes quienes han perdido el hábito por la lectura, entonces, es evidente que a los docentes nos toca cambiar de  estrategias, buscar otras formas de motivación para incentivarlos o por qué no pensar en este criterio de los españoles Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz cuando dicen: “De aquí podemos colegir dos cosas: que la organización de la información puede no ser lineal, sino arbórea o en red y que el lector tiene la posibilidad de recorrer el texto a través de variados itinerarios en función de la finalidad de su lectura. ¿Y todo esto a qué nos lleva? A una manera de leer y a un tipo de lector muy diferente del que se necesita para descodificar un texto lineal”. O  este pensamiento  expresado por  Adolfo Bioy Casares (1914-1999), escritor argentino: “Creo que parte de mi amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros. Creo que vale la pena leer porque los libros ocultan países maravillosos que ignoramos, contienen experiencias que no hemos vivido jamás. Uno es indudablemente más rico después de la lectura”.

Dejo abierto el debate de la lectura y la escritura en el siglo XXI.

 

Santa Marta, cerca del mar.