En tus noventa y cuatro octubres (Carta a mi madre)
Amada y querida madre Tilsa Tulia Olivera Vásquez. Hoy dieciocho, cumples noventa y cuatro octubres. 94 años Bien vividos.
Todas las mañanas cuando me despierto y bajo a compartir el tinto mañanero para que me refieras tus sueños y al preguntarte: ¿cómo amaneces Madre?
Me contestas: Aquí, todavía viva y dando pendolazos.
No se nota tu vejes. Pareces un roble en otoño. Mi hermana mayor Aura Elena me muestra tus fotos cuando joven y me ha manifestado que fuiste una muchacha muy hermosa de tu tiempo. La más querida del barrio y yo lo creo. Noto que tienes las manos pequeñas y suaves como la piel de las uvas. Sé que secaron mis lágrimas de mi cara y las amo porque las he tocado desde niño y me dan el alimento de la vida. En tus manos madre, encuentro el recuerdo del pasado. Ellas lavaron ropa ajena y cada vez que iba a la iglesia del pueblo con el colegio a escuchar la misa dominical, se me aparecían en las espaldas de las camisas blancas. Ahora me dices que tus manos, están llenas de arena y en la piel de la guayaba me pareció tocarlas.
El mesón de la cocina me trae tu contacto y el arroz ahogado me comunica tu presencia.
En las noches cuando te “sobo” – como tú dices – tu dolor es mi dolor y en ellas encuentro a mis ancestros y noto en ti la dulzura de lo humano. Demasiado humano.
Tus manos madre, vinieron de los Montes de María la Alta, del arroyo, arroyuelos y cañitos que nos cantaron en la infancia desde el fondo de la tierra.
Tus manos madre, me salvaron y sin ellas no existe el mundo.
Al levantarme hoy que cumples años fui a tu cuarto y te tatué un beso en la frente y me dije: un día más. Esos tras otros que son la vida.
Con los bollos o envueltos que has amasado podría hacerte un banquete universal, viga maestra de tu casa, fuego de tu hogar. Tienes ojos claros y con poca alegría por la pérdida irreparable de la hermana Marbel Luz. Tu risa era como un cohete de colores. Nunca había visto reír a nadie como a ti. Soy de tu carne y de tu sangre. Viniste a este mundo y no te has preocupado por saber qué es el mundo. Llegas al final de tu vida y el mundo es aun para ti lo que era cuando naciste: una interrogación, un misterio inaccesible Y así es…
Madre: “tú eres para mí lo único que tengo desde que perdí mi tristeza”. Tu sombra no ha llegado porque tu memoria está intacta y ella es la vida…
Cúmplelos feliz.
Tu hijo: Nago.