En mi Instituto todos son iguales
La única preocupación mía como maestro –decía el viejo Pepe- director del Instituto Rodríguez en los años 60 y 70 del siglo pasado, es que los niños de primero a quinto grado salgan sabiendo leer y escribir bien, saberse las tablas de sumar, multiplicar, restar, dividir y lo mejor respetar a sus padres y prójimo. Lo demás se aprende por añadidura. El Instituto Rodríguez de San Jacinto Bolívar era el centro educativo más importante de Los montes de María. La mayoría de los padres de esa sub región, mandaban a estudiar a sus pequeños porque tenían la esperanza de que a su hijo le aplicaran el eslogan del colegio: “si sale, sabe”.
Y de verdad, todo estudiante de esa casa de estudios que presentaba un examen en un colegio público o privado de la época, en cualquier parte del país, pasaba fácil sus exámenes para cursar estudios de bachillerato.
Entonces para el “viejo Pepe Rodríguez”, educar era un acto heroico de transformación espiritual del educando. Por lo general nadie perdía el año, porque a un niño no se le excluye, como están haciendo algunos colegios religiosos que han caído en la trampa de la competencia. Y competir es exclusión y lo peor, violencia. Dicen predicar la Teoría de la Creación, pero caen en un social darwinismo pedagógico, mal enseñado. Eso conlleva a “la extrema peligrosidad del odio y yace en su capacidad de generar significados y entre ellos- el más letal- el significado de enemigo, que autoriza al cerebro a eliminar al oponente: el gane- pierda en el lugar de la cultura del gane- gane”.
El maestro Pepe Rodríguez nos educaba en el carácter. Por muy cerrado que fuera el niño, lo obligaban hasta con la bara a aprehender lo enseñado y si todavía estaba “cancaneando” en las lecciones o tareas, lo dejaban estudiando con los internos. “El más bruto, aprendía” y salía bien librado en los exámenes para su bachillerato o vocacional agrícola a defenderse en la vida.
Cuando visitaba su hermano Horacio que vivía frente a mi casa, en el barrio Buenavista de San Jacinto Bolívar le decía a mi madre Tilsa Olivera Vásquez, el domingo se va a realizar una reunión de padres de familia y tienes que asistir como acudiente: “Tienes que ir. Y no crea que porque las ricas del pueblo van; usted no va a ir. En mi colegio todos son iguales”.
Lo acusaban de autoritario, pero esa acusación es falsa, porque “la autoridad entendida en sentido educativo no es arbitrario o tiranía. AUTORITAS viene del verbo latino AUGEO que significa ayudar a hacer creer”. Fernando Savater. Los caminos de la libertad. F.C.E, España. 2003.
La autoridad es lo que ayuda a hacer crecer y en ese sentido es lo opuesto a tiranía, porque el propósito de la tiranía es mantener en la perpetua infancia, en la perpetua minoría de edad forzosa a los tiranizados. Por lo tanto autoridad y tiranía son dos cosas opuestas y lo que el “viejo Pepe” quería con su autoridad a flor de piel era que esos niños crecieran espiritualmente para llegar a ser autónomos. Era una labor suicida la que hacia el maestro pepe, porque enseñaba a esos niños a que lo olvidemos, a que piensen por sí mismos y puedan actuar por cuenta propia. A saber leer y escribir sin guía, a contar y sacar cuenta, por muestro propio entendimiento, con un lápiz.
Veo a la distancia que esa educación era una preocupación, una responsabilidad pública que se hacía poco a poco con una disciplina de ejército.
Cuando el “viejo Pepe” le decía a mi madre que en su colegio “todos son iguales”, estaba soñando para el futuro. Un demócrata liberal, un apóstol de la educación que nos recitaba de memoria esta parte del poema de Elías Calixto Pompa: de la cartilla Alegría de leer número 4. Página 17. “Estudia; y no serás, cuando crecido, ni el juguete vulgar de las pasiones ni el eslavo servil de los tiranos”.